Septiembre de mil novecientos ochenta y seis. Aquel callejón está hecho una puta basura, como siempre. Como cada día, Mateo pasea a su perro mirando constantemente al suelo, evitando pisar alguna de las cientos de jeringuillas que pueblan el asfalto de aquel sórdido paisaje de hormigón, formado por el muro trasero de la finca donde vive y otro enfrentado que abriga un descampado poblado de maleza y cuatro troncos mal apilados. Ha estado lloviendo toda la tarde y parte de la noche. La oscuridad, propiciada por la ausencia de luna, hace más difícil todavía aquella tarea pero Mateo ha logrado, con el paso de los años, distinguir en las sombras –con una habilidad pasmosa, digna del más sofisticado busca metales– cualquier artilugio utilizado por los miles de yonquis que inundan las calles de su ciudad. Y del mundo. En todas partes se cuentan historias relacionadas con las malditas jeringuillas y de cómo el hijo de fulano o mengano se ha infectado con esa nueva enfermedad que, según decían en todas partes, era sólo de homosexuales y al final ha resultado ser de todo el mundo, sin distinciones de sexo. Ya lo decía su padre antes de morir: vamos encaminados a compartirlo todo, y eso incluye nuestras miserias y enfermedades.
 
Mateo vuelve a casa, deja al perro y se pone una parca dispuesto a bajarse al bar. Una voz que proviene de la sala de estar interrumpe su salida a la calle.
 
–Baja la basura y no vuelvas muy tarde –le dice en voz alta su madre, que cose una bufanda de lana pacientemente, como si el tiempo se hubiera parado para ella.
 
Regresa a la cocina, coge la bolsa de basura y al pasar por la sala de estar mira a su madre, la escruta detenidamente intentando adivinar en ella algún sentimiento, un ápice de alegría que le haga pensar que aquella mujer que le dio la vida no dedica sus años a esperar su muerte, sentada en aquél sofá sin más compañía que un ovillo de lana blanca y dos agujas. Sin embargo, no logra encontrar nada que le haga pensar lo contrario. Enfila el camino a la puerta y se despide justo antes de cerrar. 
 
–Descuida. No me esperes despierta.
 
El joven atraviesa nuevamente el callejón, esquivando aquellas lanzas siniestras portadoras de una lotería de enfermedades. Observa en un patio a dos chicos de su edad preparándose una chuta, que es como se llama en la jerga de la calle a la preparación de la heroína, lista para inyectarse. El más joven le mira con recelo para, acto seguido, fijarse en sus nuevas zapatillas. Deja el mechero en el suelo y con dificultad se levanta. Se dirige hacia Mateo dispuesto a decirle algo mientras mete su mano en el bolsillo.
 
–Oye chaval, acércate un…
 
Es inútil. Mateo ya se ha alejado a paso ligero, poniendo tierra de por medio, la distancia suficiente para conservar su honor intacto y no acabar volviendo descalzo a casa.  
 
 
***
 
 
Él jamás se ha drogado, ni está en su mente hacerlo. Demasiados amigos están ya enganchados. Uno de ellos, hace tres semanas subió hasta su piso con la excusa de tener que contarle algo importante. Al abrir la puerta Mateo no se encontró a su amigo, se encontró un zombi. Había adelgazado unos veinte kilos, la mirada perdida y una sonrisa arruinada por miles de arrugas impropias de un chico de veinticinco años. Juan Esteve –que así se llamaba– le contó a Mateo que estaba pasando por una difícil situación económica pero que en breve se recuperaría. Los pantalones ajados y las zapatillas rotas evidenciaban que hacía ya tiempo que su amigo dormía en la calle. Un ligero temblor de manos –negras de suciedad– le daba un aspecto siniestro.  Llevaba en un maletín unas cajas de bombillas –probablemente robadas– que intentó venderle a Mateo a precio de oro.  La situación era muy dura para ambos; Mateo sabía para qué quería el dinero y Juan sabía perfectamente que Mateo era consciente de ello. Sin embargo, Mateo siguió con la farsa evitando una humillación mayor para su amigo, que continuaba apoyado en el marco de la puerta de entrada.
 
–Si quieres, te puedo hacer un bocadillo –dijo Mateo intentando cambiar el rumbo de la conversación y dejar de hablar de dinero. No quería que su dinero fuera destinado a matarlo más, pero tampoco provocar una discusión con un desenlace inesperado.
 
Juan se limitó a afirmar mientras entraba en la casa sin la invitación de su amigo. Mateo lo condujo hasta la cocina y le puso una barra de pan abierta por la mitad y rellena de fiambre encima de la mesa. Juan la devoraba. Mientras el joven comía sin apenas hablar, Mateo lo observaba y pensó en cuántos días podría llevar aquel muchacho sin comer, gastando absolutamente todo lo que tenía en la maldita mierda blanca que empezaba a hacer estragos a su alrededor, llevándose el alma y la dignidad de aquellos que aceptaban dejarla entrar en sus vidas. Al acabar, Juan agradeció el bocadillo a Mateo y abrió el maletín que llevaba encima de la mesa.
 
– ¿Cuántas te quedas, Mateo? Necesito dinero, amigo.
 
Mateo decidió zanjar aquello y, con el corazón encogido, le compró todas las bombillas. La última vez que supo de él fue la semana pasada, en una esquela del periódico local.
 
 
 
***
 
 
 
Al entrar en el bar, Mateo deja la chaqueta en la percha que hay en la entrada, se dirige a la barra y se sienta, uniéndose así a un curioso dominó de personas y botellines de cerveza.
Tras darle un largo trago al tercio de Águila que le han servido, cuenta lo que le acaba de suceder minutos antes en el callejón. Enseguida se forma un revuelo alrededor de él: todos han vivido una situación similar o conocen a alguien que la ha vivido. La conversación pasa de los atracos a las drogas, de las drogas a las jeringuillas que pueblan el barrio y de ahí, otra vez, a esa nueva enfermedad que está haciendo estragos.
 
    El viejo Basilio, dueño del bar y antiguo miembro de la Policía Armada –los grises, que así les llamaba todo el mundo según dice su padre– insiste siempre, entre gritos interrumpidos por toses, en que esa enfermedad la han traído a España “maricones y comunistas, que son los verdaderos causantes de todo lo que ocurre en este jodido país”. Mateo no cree las palabras del viejo policía, que ve mermada su capacidad para alzar la voz debido a las cinco cajetillas de Ducados que se fuma al día y, sobre todo, a un cáncer de pulmón en fase terminal que se lo está comiendo por dentro.
 
–Se lo tiene merecido, por hijo de puta –le susurra Francisco el tendero, que sufrió las consecuencias de ser comunista durante la posguerra y de las que aún guarda cicatrices por toda su espalda y brazos, a modo de recuerdo–. Aquel cabrón y el padre de tu amigo Juan Esteve, el del concesionario, me tuvieron cuatro días encerrado en el calabozo dándome de cenar una buena ración de hostias todas las noches. Cuando salí de allí había perdido tres kilos y cuatro tonos de piel. Esa gente debería estar muerta.
 
–El padre de Juan Esteve ya ha tenido suficiente castigo –se limita a decir Mateo mientras da un último trago a la cerveza.
 
Harto de aquella conversación, deja la botella vacía encima del cristal que guarda la comida en la barra y se dirige a por la chaqueta. Vuelve por última vez la vista antes de salir del bar y ve que la discusión ha subido un par de tonos. Francisco el tendero se ha puesto en pie y discute con Basilio, el cual mira de reojo la porra de madera que descansa colgada de la pared.
 
–Mierda de país, mierda de drogas, mierda de personas –se dice a sí mismo Mateo.
 
 
Se enciende un cigarro y emprende el retorno hacia casa. Se fija en un póster que anuncia un concierto el próximo mes de Radio Futura. Le han hablado bien de ese grupo y le gustaría ir pero la idea pronto se aleja de su cabeza al recordar que no tiene ni un duro. Las  putas bombillas que compró a Juan Esteve –ahora muerto– le habían dejado pelado el resto del mes. No tiene ni para un jodido concierto.
 
Al entrar en el patio descubre a Carlos, su mejor amigo, sentado en las escaleras con su novia Clara.
 
–Te estábamos esperando pero afuera hace un frío terrible. Esta noche nos vamos al dique del puerto, deberías venirte.
 
–Esta noche no tengo ganas de nada. Ni de veros, ni de emborracharme. Estoy harto de emborracharme en el puerto y hoy, concretamente, de todo.
Carlos sonríe a Mateo.
 
–No me has entendido. Deberías venirte porque vamos a probar algo que le ha quitado Clara a su hermano. Observa, idiota.
 
Clara abre la mano y muestra una papelina con heroína. Mateo mira a su amigo a los ojos.
 
–Si tengo que probar esta mierda marrón, hoy es el día perfecto.
 
Es medianoche en el dique del puerto. Entre dos enormes piedras de hormigón, Clara y Carlos permanecen tumbados, con los ojos cerrados. Mateo muerde su cinturón, atado al brazo izquierdo, mientras se inyecta con la mano derecha la jeringuilla usada antes por sus amigos en una vena hinchada por la presión. Un escalofrío recorre su cuerpo. De repente, una explosión. Mateo se tumba junto a sus amigos y cierra los ojos en un estado de placer absoluto que jamás había experimentado. Sonríe. Se acabaron los problemas, aquella mierda es magnífica. Se abre una nueva puerta en su vida. Bienvenido al infierno.
Luis Sans.
Twitter: @kikolo777

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