Los Españoles siempre nos hemos distinguido por un buen número de cualidades a lo largo de la historia. En ocasiones somos envidiosos. Tambien somos conocidos por ser algo gandules, alegres, con caracteres menos serios y rectos que gente de paises más nórdicos donde la falta de sol – que todo lo regula- propicia que tengan un carácter más recio y ordenado. Esta forma de ser  algo anárquica nos ha hecho perder a lo largo de la historia múltiples batallas, aunque también otras tantas ganadas, en parte gracias a una gran cualidad que nos ha caracterizado a lo largo del tiempo: El sentido del honor, el orgullo que nos emerge de dentro de nuestras entrañas cuando no vemos otra posibilidad, otra salida mas que poner los cojones -o los ovarios- encima de la mesa. Y vaya si los ponemos. A veces. Y no todos.
Porque el hecho de poner los cojones u ovarios -no enfademos a la sra. Aído- encima de la mesa, de ser un héroe a escala, alguien que va con la cabeza bien alta en esta vida, no esta reservado únicamente a los que ganan batallas de forma heroica, a los reyes o dirigentes -los cuales, por cierto, nunca se han caracterizado por esta virtud- sino a las personas de cualquier clase social, sexo  o ideología que en algún momento de su vida se ve en una situación en la que, sin salida aparente, decide no doblegarse y tirar “pa lante” sin mirar atrás, llevandose por delante lo que haga alta, que nadie diga nunca que él -o ella- fueron cobardes llegados ese punto.
Me refiero al padre -o madre- de familia que, hipotecados hasta las cejas, con hijos y abuela enferma en casa, deciden no tirar la toalla y sacar adelante todo eso, aunque el coste de ello sea hechar a perder sus propias vidas trabajando fuera de su pais y a veces de sus hijos . O al guardia civil que se quita la capucha ante las cámaras sabiendo que en determinados lugares eso significa encontrar al dia siguiente su casa llena de pintadas y amenazas. O al navegante que aproa el temporal con templanza, sin llorarle al canal 16 una lágrima porque sabe que cualquier distracción  haría que él y los suyos pudieran ahogarse. O al Nicolás Marrajo de Cabo Trafalgar -A.P.Reverte- que decide sorprender a amigos -los pocos que quedaban- y enemigos. O al minero asturiano que vuelve a meterse en la mina a la semana de haber perdido un compañero.
Porque a veces la verdadera templanza de un hombre o mujer se adivina en ese tipo de situaciones.


No siempre esta actitud es recomendable y, visto desde afuera por otros, resulta de una gran falta de sentido común que siempre lleva a que el fulano en cuestion – o fulana- salgan perdiendo. Aunque también hace que esas personas ganen respeto y admiración por esos observadores.
Y sino preguntarle a los ingleses por Trafalgar. O a los alemanes que pagan sueldos a españoles. O a los que vieron luchar a legionarios. Tenemos ejemplos por todas partes, todos los dias.
La recompensa de esas personas es poder ir por la vida con la cabeza bien alta, sabiendo que cuando llegue la noche o el dia, de dormir o de morir,  lo harán del tiron, con la tranquilidad del trabajo bien hecho, trabajo al que en alguna etapa de su vida le hecharon dos cojones.

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