Suelo ir a comprar los viernes por la tarde o sábados por la mañana al mercado que tengo detrás de casa todo lo necesario para sobrevivir todas las semanas. Una de las primeras cosas que aprendí cuando dejé de vivir con mis padres fue que si a uno le gusta comer bien debe aprender a cocinar y eso pasa por dedicarle algunos minutos al carro de la compra todas las semanas. En mi caso esto lo hago con mi pareja, como miles de hogares en el mundo. 
Como es normal en los mercados, tienes de casi todo pero existe algún tipo de producto que no lo puedes encontrar por lo que es necesaria –casi obligatoria– la visita al supermercado de confianza más cercano. Permítanme que la palabra confianza la ponga en cursiva e incluso se me escape la risa. Supermercado de confianza. Tiene guasa la frase.
La cuestión es que el otro día voy al supermercado de turno  –me es indiferente la marca– a buscar diversos productos para el baño, lavavajillas y demás necesidades que un servidor tiene que cubrir y empiezo a pasearme cual robot  autómata  de fábrica envasadora por los pasillos de aquel templo de la comida. Un escándalo. Productos de todo tipo con descuentos irresistibles especialmente diseñados para satisfacer a sus queridos clientes. Para darles las gracias al salir y cantarles un bolero por las mañanas, como poco. Pero de repente, a medida que voy paseando pasillo por pasillo sin dejar un estante  libre de mi vista, esa sensación de júbilo inicial empieza a tornarse en un soberano mosqueo seguido del recordatorio de todos los muertos del dueño, hijos y familiares de tan considerado supermercado.
Decido que ya que estamos en el palacio de la comida, aprovecharemos para comprar algo de carne, verdura y pescado, poniéndole los cuernos a Paco el de la carnicería, Felipe el de la frutería y Lola la de la pescadería del mercado que hay en la acera de enfrente. Y de esta manera empiezo mi particular odisea.
Resulta que al llegar a la pescadería el género está todo preparado. Sepias limpias con un peso de unos 2 kilos, o congeladas, nada de sepias de playa sucias. Doradas de piscifactoría y calamares traídos del norte de marruecos. Todo muy fresco, niño –me dice la pescadera guiñándome un ojo y observando la cara de idiota que se me ha quedado al ver las opciones que tengo para  comer buen pescado. Le devuelvo el guiño dándole complicidad al asunto, compro diez gambones congelados y me voy cabizbajo a la verdulería aún con algo de esperanza, pensando que es una pena no haber podido comprar ingredientes frescos para el arroz de marisco que tengo pensado hacer el domingo.
Al llegar al apartado de verdulería resulta que miro el origen de la naranja –viviendo en Valencia no cuesta mucho imaginar cual sería el origen más lógico para esta fruta– y se me abre la barbilla como un caimán al leer asombrado que la naranja es procedente de Marruecos.  Esta sí que es buena. Tengo que comprar naranjas de Marruecos viviendo en Valencia.  Y encima me la tengo que poner yo en la bolsa y pesármela dándole a la tecla. En mi supermercado de confianza. Joder con la confianzapienso en mis adentros.
Resignado, doy por perdida la compra en la frutería y a marchas forzadas entro en el pasillo de la carne. Me queda un hilo de esperanza de poder comprar la carne que necesito para poder cenar esta noche ­–dos pechugas y cuatro o cinco chuletas, no necesito más–.  Ya me empieza a mosquear que por arte de magia ya no queda ni un solo carnicero en la sección de carnes. En lugar de un gran mostrador con terneros colgados y un hombre o mujer cortándome amablemente lo que necesito, me veo invadido de bandejas de todos los tipos y clases que mi querido supermercado de confianza ha decidido colocar en esa sección sustituyendo al carnicero de toda la vida. –Para que todo te sea más fácil reza el Slogan. Resulta que yo quiero comprar sólo 300gr de pechugas de pollo y 200gr de chuletas de cordero pero me veo obligado a comprar una bandeja de 600gr de pechugas o medio kilo de chuletas envasadas si quiero cenar ese día. Valientes sinvergüenzas. Se cargan puestos de trabajo eliminando a trabajadores cualificados, me obligan a comprar cantidades superiores a las que necesito para comer y además con unas calidades que distan mucho de las que puedo encontrar en cualquier mercado, carnicería, frutería o pescadería de barrio. Le pregunto a un trabajador que si no hay ninguna manera de comprar menor cantidad, pasado mañana me voy de viaje y no necesito más carne. Con una sonrisa me indica que no, las bandejas son lo único que hay o tengo la opción de comprar comida preparada. Le miro con cara de pocos amigos, giro levemente la cabeza hacia la comida preparada –de la que otro día hablaré– y decido que si ahora mismo no salgo de allí mi supermercado de confianza me demandará por alteración del orden público.
 Voy a por mi novia que husmea ajena a todo los geles de baño en la sección de perfumería, pago rápidamente mi bolsa con diez gambones congelados y cruzo rápidamente la acera en busca del trato amable de Paco, Felipe y Lola, los cuales me reciben con una sonrisa que me hace poner los pies en el suelo de nuevo, relajarme y comprar tranquilamente  la carne, fruta y pescado que necesito para ese día.  Cuánto valéis –pienso mentalmente– mientras camino hacia casa con una sonrisa en la boca que contagia a mi novia y le hace sonreír también.
Mi supermercado de confianza se llevará de mí lo justo, las cosas imprescindibles que no pueda comprar en otro lugar. Ni un euro más.
Aún viviendo en una sociedad que cada vez nos obliga a consumir de una manera más rápida, a disponer de menos tiempo para comer adecuadamente y cuyo ritmo de vida nos empuja a acabar consumiendo inevitablemente comida basura preparada con cantidades ingentes de colesterol –luego nos reiremos de los Americanos–, yo intentaré en la medida de mis posibilidades y siempre que el tiempo me lo permita, cruzar la calle e ir a comprar al mercado de detrás de mi casa, a los puestos de toda la vida de Paco, Felipe o Lola. Ellos sí se lo han ganado,  no mi supermercado de confianza.

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