El sonido de aquellos hielos le relaja. Como dos grandes icebergs navegando a la deriva en un mar de ginebra, una y otra vez chocan lentamente, acompasados por el suave movimiento de muñeca de Óscar.  La silla sobre la que se sienta está vieja y destartalada. Todo en aquel bar apesta, y eso le gusta. Desde hace diez años acude allí cada noche a beber, en la taberna ya lo conocen y el dueño siempre le tiene reservada la mesa del fondo, la más escondida, ajena a miradas extrañas. El ambiente del local donde pasa las noches no puede ser más amarrido: cada detalle, cada objeto o persona de aquel tugurio invita a marcharse de allí a no ser que, como Óscar, no tengas un lugar mejor donde perderte. Las luces amarillas de bombillas que resisten al paso del tiempo se hacen agradables al mezclarse con el humo de los cigarros negros o del suave olor a hachís recién liado. Todos fuman, las leyes importan lo justo.  Es normal ver a un viejo inspector de policía todavía en activo y corrupto hasta la médula dejarse caer por allí. Al igual que el resto, no da explicaciones a nadie: simplemente se sienta y bebe. Porque  allí se va a beber, el resto es secundario. Una navaja de palmo asoma en el bolsillo trasero de uno de los hombres que conversan en la barra. Óscar sonríe, se acuerda de tiempos pasados cuando su padre le enseñaba a hacer barcos de madera con trozos de leña, con paciencia y una vieja navaja con el mango de tejo. Pero eso ha cambiado, los tiempos felices hace tiempo se fueron. Suena de fondo la voz desgarrada de Janis Joplin, Summertime. Se acuerda de Eva, una puta de la que está profundamente enamorado. Enamorado de sus piernas, de sus caderas imperfectas, de su sexo vendido al mejor postor en frías esquinas de invierno. Cuando está con ella todos sus demonios se escapan. La quiere y ella le quiere, a su manera. Pasan a veces la noche en su viejo coche. Beben y follan hasta caer agotados y entonces se abrazan, se besan, se miran y susurran despacio cien veces te quiero. Conscientes de que al alba todo se esfumará y volverán a sus vidas son capaces de disfrutar, de aprovechar su momento. Y no ponen freno a sus manos, a sus palabras, a su pasión, a su sexo. Despojados de ataduras, ajenos al mundo que los rodea. No puede haber en el mundo un amor tan puro y sincero. Quizá en otra época. Quizá en otro momento todo habría sido diferente. A quién le importa ahora eso.
 Apura el último trago, se levanta y sale rumbo a ninguna parte. Camina despacio cinco o seis calles abrigado por la oscuridad. Se tambalea, demasiada ginebra recorre su sangre. Cuando cae la noche y salen los lobos siempre regresan los mismos recuerdos. Esa noche de hace diez años llevando a su hijo a la puerta de aquél maldito hospital. La mirada perdida de su mujer tras el accidente y él, ebrio. La sangre que escupe de sus pulmones le avisa: pronto se reunirá con ellos. Se sienta en un banco frente al viejo embarcadero. Saca un cigarro y mientras enciende el mechero, regalo de Eva, escucha el sonido de una guadaña. Sonríe. No tiene miedo.



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