Si algo había aprendido con el paso del tiempo era que no todo es blanco o negro. La moneda no sólo podía caer del lado de la cara o la cruz, el canto también existía y quizá era el más frecuente de los desenlaces. La enorme escala de grises que formaban los devenires de la vida era tan amplia que resultaba imposible calcular u ordenar los diferentes desenlaces que se podían dar en cualquier acto. En su caso la respuesta había sido, una vez más, inesperada.
Había aprendido a buscarse la vida desde pequeño. Hijo de un marino mercante y una ramera del puerto de Barcelona a la que ni siquiera llegó a conocer. Si hubiera tenido dinero aquella mujer habría abortado pero ni eso. Al poco de nacer lo dejó con su padre y simplemente desapareció. Se esfumó. El padre era un buen tipo pero no tenía tiempo para mantener él solo a un crío por lo que delegó aquella responsabilidad en su hermana que había hecho el papel de tía y de madre. Su infancia la había pasado en las Ramblas. Chico listo, rápido, ingenioso. La ausencia total de cualquier fuente de ingresos y el demasiado tiempo libre con que contaba lo habían despertado desde muy pronta edad. Su único objeto de valor era una medalla de oro de Sant Jordi que guardaba pegada al pecho, abrazada a su cuello por una vieja cadena chapada en oro.
Las diez menos cuarto de la mañana. La celda donde había pasado las últimas dos noches era fría como cualquier calabozo de comisaría. La cercanía del mar incrementaba la humedad de aquel espacio lúgubre donde descansaban cuerpos cansados, sueños rotos e ilusiones truncadas.
A través de los fríos barrotes advertía la mirada del policía que custodiaba la celda. Un chico joven, a lo sumo treinta y cinco años, más o menos su edad. Alto, bien proporcionado y fuerte, podía olerlo desde la mugrienta banqueta donde descansaba. Olía bien aquél policía. A perfume, a espuma de afeitar, a sexo por las mañanas. Sentía una mezcla de alivio por esos olores que tanto le gustaban y envidia. Y rabia. Siempre soñaba con haber sido un tipo apuesto y  con dinero. Haber conducido un deportivo, haber tenido una casa con cinco habitaciones y una mujer guapa y cariñosa que le preparase el desayuno por las mañanas y le diera los buenos días desnuda, con una piel del color de las olivas resultado de eternos días al sol. Pero el destino le había deparado otra vida, otros planes. Le había cambiado sus sueños por otros bien distintos colmados de hambre, frío y miedo, mucho miedo. Miedo a no saber qué pasará mañana. Miedo a no querer saberlo.
La celda se abre y la voz firme de aquél funcionario que lo custodia le da una intrigante noticia: su fianza ha sido pagada. Al fondo del pasillo, junto al mostrador de la entrada a los calabozos una mujer de apenas cincuenta años espera apoyada junto a la pared. Podría ser mi madre, piensa. Una tímida sonrisa ilumina por un momento aquella piel dura y renegrida. La esperanza es buena y fiel compañera.

 

Ana María espera la salida del calabozo del chaval al que acaba de pagar la fianza. El viejo marinero con el que había pasado la noche anterior le había pagado el doble de lo que ella solía cobrar con la única condición de acudir por la mañana a comisaría y pagar la fianza para que dejasen libre a aquél chico que sale en esos instantes por la celda. No sabía si era su hijo ni le importaba. Qué iba a importarle a ella, si lo único que había conocido eran días colmados de hambre, frío y miedo. Mucho miedo.
 
 
 
 
 

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