Svetlana llegó al aeropuerto Londinense de Heathrow sobre la medianoche. Bajó del avión y tras tomarse un café rápido, cogió un taxi camino del  hotel que había reservado cuatro horas antes. El cansancio empezaba a hacer mella en su níveo cuerpo del este  –de mediana edad, aún se conservaba magnífica y lo único que reflejaba su vida pasada, todo lo vivido, era su mirada. Si quieres saber la edad de una persona mírala fijamente a los ojos, solía decirle su padre–.
Camino del hotel, sacó el teléfono móvil del bolsillo y comprobó que ya había cambiado el operador y tenía cobertura para hacer llamadas. Abrió el bolso y contó las libras que había cambiado en España previendo el viaje. Volvió a coger el teléfono y llamó a su hijo Sasha pero saltó el contestador. Hinchó los pulmones de aire, apartó los nervios y dejó un breve mensaje.
–Ya estoy en Londres Sasha. No me llames a este número, te llamaré yo mañana. Dile a tu hermana que esté contigo. Os quiero.
Volvió a meter el móvil en el bolso. Cuando estaba cerrando la cremallera, vio una tarjeta que rezaba  el nombre y teléfono de un bar del puerto de Valencia, en España. Sonrió y cerró el bolso. 
Cuando llegó al hotel, pagó por adelantado la habitación, se quedaría cuatro días allí. El hotel era un cuatro estrellas ubicado en las afueras de Londres, con buenos accesos a las principales carreteras del país –un lugar perfecto para escapar si todo no salía según lo esperado–. Subió con su pequeño trolley las escaleras que separaban el hall del hotel del primer piso –no le gustaban los ascensores– y entró en la habitación, dejándose caer suavemente sobre la cama. Así estuvo diez minutos, con los ojos cerrados y la mente en blanco, luego se incorporó, cogió una pequeña botella de tónica y de ginebra del mini bar y con su preparado de urgencia se sentó en el cómodo sofá redondo de la habitación. Volvió a sonreír, esbozando una sonrisa algo mitigada por el cansancio pero aliviada. La parte más dura del camino ya había pasado. Se quitó los zapatos de tacón –una dama es una dama sea cual sea la situación– e hizo balance de todo lo sucedido.
Recordó cuando salió de aquel bar de España escoltada por los dos matones, cómo la llevaron en el coche camino a alguna finca de la costa del sol dispuestos a torturarla para que dijera donde había ido a parar todo ese dinero que había guardado su marido trabajando para la competencia. Recordó cuando, armada de valor y con los dientes apretados, firmes, sacó la pistola marca Beretta robada del bar de aquella mujer y encañonó directamente a la parte trasera del asiento de sus captores. También se acordó del primer fogonazo en el asiento del acompañante –con una increíble sangre fría pensó que primero debía eliminar al acompañante para evitar un accidente con el coche que hiciera invertir la situación y mandarla directamente a algún tanatorio– y como el coche frenó bruscamente ante la mirada asombrada del conductor que con la mano izquierda agarraba el volante mientras el coche deceleraba y con la otra desabrochaba la pistolera ubicada en su costado izquierdo mientras gritaba palabras que ni la propia Svetlana entendía. Recordó que antes de que aquel tipo duro y rapado lograse quitarle la vida Svetlana disparó por segunda vez la vieja Beretta, esta vez en la nuca del ruso, consiguiendo un collage alrededor del coche de sangre, sesos y huesos.
El resto fue rápido. Salió del coche y caminó durante una hora por el viejo camino rural camino a no sabía dónde.   Se cruzó con un estanque de huerta creado para contener el agua de la lluvia y se deshizo de la pistola.  Siguió andando hasta que un coche la recogió llevándola a la capital del Turia desde cuyo aeropuerto cogería un vuelo directo a Londres la noche del día siguiente. El día que estuvo en Valencia hizo las gestiones oportunas, cambiando billetes a moneda británica, llamando a sus hijos, explicándoles lo sucedido y trazando un plan de huida que le permitiera desaparecer para siempre de aquél mundo hostil de la mano de lo único que le importaba en su vida, Sasha e Irina, sus hijos. 
El marido de Svetlana había depositado parte de  sus ganancias en una cuenta suiza a nombre de un testaferro que la mujer sabía que nunca podría rescatar pero otra parte era dinero en metálico contante y sonante que Svetlana, el día que mataron a su marido en Rusia, se había ocupado de coger y que había depositado en una cuenta a su nombre en Nauru, un paraíso fiscal situado en una pequeña isla del océano pacífico perteneciente a Micronesia y con una opacidad total frente a miradas externas y operaciones de dudoso origen que aseguraban su anonimato. También había comprado una parcela en un pequeño pueblo de Panamá con una antigua casa colonial de origen español dominando una verde ladera, alejada de la vieja Europa, alejada de todos sus miedos, de toda esa hiel que llevaba dentro, recuerdos de muertes y odios latentes en la mente y  bolsillo de demasiadas personas que la rodeaban. Necesitaba alejarse de todo y de todos y era ahora, en ese preciso momento, cuando por fin tenía la oportunidad de hacerlo.
Svetlana sabía que nunca iban a dejar de buscarla por lo que debía acabar con la vida de Yuri Vorobiov, el mafioso ruso ex socio y asesino de su marido y también residente en la ciudad británica desde 1999 –afín a Boris Yeltsin, desde que Putin accedió al poder se le habían puesto las cosas difíciles en Rusia por lo que había optado por dirigir su siniestro negocio desde Londres–. Como era muy arriesgado hacerlo acompañada de sus hijos había decidido mandarlos a Panamá a los tres días de su llegada a Londres en un vuelo diferente al suyo, el cual saldría un día después. El único problema era que los únicos vuelos que había podido encontrar hacia Panamá  salían desde Madrid por lo que debía coger a sus hijos y mandarlos a España en tres días y ella regresar al día siguiente si quería coger el vuelo a tiempo para logar desaparecer para siempre. Y para ello necesitaba la ayuda de alguien que llevara a sus hijos a la península ibérica mientras ella cerraba por fin un capítulo de su vida llenándole de plomo la cabeza al asesino de su marido.
*****
Carmen limpiaba la nevera de los hielos detrás de la vieja barra de madera del bar. Había sido un día duro, los pescadores habían regresado a puerto en previsión del temporal que azotaba levante y había tenido que aguantar una jornada exasperante con multitud  de copas, vómitos y peleas.  La ayuda de su joven camarero le había hecho la situación más liviana aunque a la hora de tomar decisiones o enfrentarse a un hombre borracho  siempre era suya. Ella era la única con hígados para invitar a un grupo de marineros ebrios a abandonar su taberna. El chaval aún no estaba maduro y no le apetecía tener que llevarlo a un hospital herido en las costillas por algún navajazo, producto de no haber sabido llevar la situación. Por que como decía la brava mujer, no todo era fuerza en ese trabajo –había que saber usar con extraordinario talento la psicología con los hombres, echarle valor al asunto si se terciaba pero también regalar los oídos al pesado de turno para que se fuera sin montar alboroto y de eso Carmen no tenia carrera pero la universidad de la vida le había licenciado con matrícula de honor–. 
–Agustín, coge lo que te corresponda de la caja y lárgate, que ya no son horas, ya me ocupo yo de cerrar –dijo la tabernera mientras se llevaba a la boca un Chesterfield arrugado sacado del bolsillo de su camisa, símbolo inequívoco de la casa.
–No me importa quedarme Carmen, no tengo ningún plan esta noche y prefiero tener la mente ocupada a quedarme en casa mirando al techo.
En ese momento el sonido del teléfono  interrumpe la conversación entre el joven y la mujer.
–Pues ponte a contar la caja, o barre o haz algo, a ver quien cojones llama a estas horas, seguro que es alguna de tus princesas–le espeta la mujer mientras le da una larga chupada al cigarro y descuelga el teléfono.
–Taberna La  Brava, Carmen al habla.
La mujer mira de reojo al joven camarero que se afana por limpiar el suelo mientras también mira de soslayo a la mujer, esperando la buena noticia de alguna amiga suya que pase a recogerle.
–Me parece que no sabes quién soy –susurra la voz de una mujer en un marcado acento ruso. 
El rostro de Carmen cambia su expresión de forma instantánea. Su cara de hastío se torna en sorpresa por  unos segundos para finalmente adquirir un semblante serio aunque sin ningún ápice de crispación. Durante todo el día de ayer y el de hoy, en los pocos segundos de reflexión que otorgaba el duro trabajo se había acordado de lo sucedido dos días atrás. Al principio con miedo por ignorar el paradero de  la pistola de su barra –Carmen supo por las noticias que con su pistola habían muerto los dos hombres que entraron en su bar  a manos de la rusa pero había decidido por un extraño presentimiento ajeno a cualquier racionalidad no denunciar la desaparición del arma– y luego de una manera más distendida, imaginando las mil y una formas que habría tenido aquella enigmática mujer del este de solucionar ese entuerto.
Tras haber procesado toda esa información en forma de recuerdos, vuelve a darle una breve chupada al arrugado Chesterfield y contesta.
–Pues claro que sé quién eres. No me tomes por una imbécil por el simple hecho de trabajar detrás de una barra. Hay muchas cosas que me gustaría escuchar de ti. Empezando por dónde está mi pistola.
–Veo que ese carácter no fue exclusivo de ese día –le dice la rusa en un tono relajado–, quizá te sirva más adelante. Tu pistola está bien, o mejor dicho ya no está, si es lo que querías saber. Ahora cálmate y escucha con atención. Acabo de reservar un billete de avión a tu nombre con destino a Londres. Sales esta misma noche.  Sales mañana por la mañana, a las siete y cuarto para ser exactos. Volverás a los dos días. Acompañada. Ahora vete a casa, haz la maleta y descansa. Cuando llegues aquí te estaré esperando.
La cara de Carmen era un poema. Le costaba asimilar todo lo oído. Quién era realmente esa mujer y por qué pensaba que iba a hacer algo así. Respondió rápidamente en un tono más duro.
–Mira Rusa, no sé quién coño eres ni lo que pretendes pero ya me pillas vieja para estas chorradas. Osea que no me vengas jodiendo, haz el favor de explicarte mejor o cuelgo ahora mismo el teléfono.
–Mis hijos están en peligro. Yo estoy en peligro. Quiero que vengas a Londres, los recojas mientras yo me encargo de un asunto personal y vuelvas con ellos a España. Allí cogerán un avión y no volverás a saber de nosotros jamás.
– ¿Por qué iba a hacer semejante cosa? ¿Crees que yo cojo aviones todos los días para sacar a la gente de apuros? Te dije que te explicaras mejor no que me complicaras la vida. No tengo tiempo para estas cosas, lo siento. 
Carmen se dispone a colgar el teléfono cuando la rusa dice algo que lo cambia todo de perspectiva.
–Trescientos mil euros en una maleta, en billetes de cien y doscientos, sin marcar. Haz lo que creas que debes de hacer. Te esperaré mañana en el aeropuerto a la hora prevista. 
El pitido intermitente en el auricular del teléfono da por finalizada la conversación. Un breve silencio, otra chupada al cigarro y finalmente la mirada directa a Agustín, el joven camarero.
­–Muchacho, me parece que vas a estar dos días a cargo del local. Espero que te portes como un hombre. Esta vieja tabernera se va dos días a Londres.
*****
Los tres botellines de ginebra del mini bar ya estaban vacíos. Siempre se quejaba del mal equipamiento de los hoteles occidentales Volvió a sonreír, esbozando una sonrisa algo mitigada por el cansancio pero aliviada. La parte más dura del camino ya había pasado. Esto en Rusia no me habría sucedido –pensaba mientras se acababa de calzar el par de zapatos con vertiginosos tacones–, jamás me dejarían sin bebida en un hotel. 
Svetlana cogió el bolso, bajó a recepción y con una agradable sonrisa solicitó al empleado del hotel que le pidiera un taxi. La noche se iba a hacer larga sola en ese hotel y Carmen no vendría hasta la madrugada por lo que tenía toda la noche para intentar apartar a un lado todo lo que estaba a punto de acontecer. Para intentar, aunque fuese por unas horas, cortar ese cable rojo alojado en su cabeza que conectaba todos los sentimientos y peligros vividos con su  vida. 
Salió del hotel bajo la atenta mirada del empleado y del taxista que le abría la puerta. Estaba realmente hermosa esa noche y de no ser por sus ojos, por su fría mirada, hasta el ángel más duro de los cielos habría bajado para raptarla. Se dirigió al barrio londinense de Shoreditch aconsejada por el taxista, con el cual había entablado una pequeña charla en la que Svetlana le había solicitado ir al barrio de moda  de la ciudad. 
Al llegar a Catch, discoteca de moda en la veintidós de Kingsland, Svetlana levantó las miradas de los guardias de seguridad y, una vez más, del taxista que se despedía de ella con la sonrisa anclada en la boca y su mirada clavada en su falda. La rusa pidió subir al sitio privado de la discoteca, apartado de miradas inquisitorias, de galanes de medio pelo. Se pidió un Gin Tonic con Martin Miller’s, como le gustaban a ella y se sentó en la barra a dejar que aquel brebaje destilado por dioses recorriera su faringe inundando de puro placer, de pura sensualidad su boca, su garganta, el ambiente que la rodeaba y el universo entero si fuera preciso. 
Esa noche Svetlana no quería ser la presa, quería cazar. Quería elegir, morder, disfrutar y vivir. Quería dejar correr su mente y liberar su alma, oler a sexo, a miel de colmena, y lo consiguió. Bebió, bailó y sonrío por primera vez en mucho tiempo. Dentro de unas horas su infierno particular volvería a hacer acto de presencia pero en esas escasas horas retuvo en su boca el placer, se desfogó con un joven al que no preguntó ni el nombre  ni la edad,  abrazó y besó a diez más y durante unos instantes fue dueña de ella misma. Eligió. Pudo volver a darle a su mente esa tranquilidad que necesitaba y confirmar  con una amplia sonrisa la causa por la que iba a luchar. Porque siempre que recordaba a sus hijos sonreía y esa fría mirada, por unos instantes, se relajaba.
*****
Carmen bajó del avión y se fue directa a la salida. Hacía frio en aquella dichosa ciudad. Acostumbrada a la humedad de Valencia pero no al frio del norte, había sido precavida y había cogido una chaqueta larga que le protegía de forma elegante del clima inglés. Al pasar por el control de policía le pidieron abrir la maleta –una española con billete de ida y vuelta a los dos días acompañada de dos personas más y con una maleta minúscula llamó la atención de los agentes de aduanas– aunque no encontraron nada más que unos pantalones, otra chaqueta y un bolso color camel que siempre llevaba a todas partes.
Al salir del aeropuerto Carmen se puso nerviosa. Miró hacia los lados y no vio a nadie. Por un momento vinieron  a la mente cruzados pensamientos. Ay Carmen, que te la han liado –pensaba mientras empezaba apretar las manos, más de ira que de frío. De repente, justo enfrente de ella un taxi paró. La puerta se abrió lentamente. Primero una pierna, larga como una alfombra de palacio, luego la otra y finalmente esa cara color de hielo. Por fin se encontraban. Su misteriosa compañera se hallaba delante de ella y la miraba fijamente a los ojos, esperando quizá una reacción de la española para actuar de similar manera. Carmen le mantuvo la mirada. Sus sentimientos eran encontrados, por un lado sentía desconfianza ante la mujer que le había convencido de dejar Valencia y volar a Londres, por otra parte le inundaba una profunda alegría de ver a aquella mujer viva y entera –la última vez que la vio en su taberna estaba segura de que no la volvería a ver–. Finalmente se acercó y, cogiendo el brazo de Svetlana, besó su mejilla y la observó.
–Hueles a tabaco y alcohol, te imaginaba con más modales –le insinuó Carmen esbozando media sonrisa.
–No confundas la clase de las mujeres con la diversión –le susurró Svetlana devolviéndole el gesto–. Deberías saberlo.
La rusa abrió la puerta del taxi a Carmen y ambas regresaron al hotel donde se alojaba. Por el camino, Svetlana detalló todos los pormenores de aquella operación que debían realizar las dos. Le contó a Carmen que debía reunirse con sus hijos la madrugada del día siguiente y regresar al aeropuerto para volar rumbo a España. La idea parecía sencilla pero Carmen que de tonta no tenía ni los pelos de las cejas, sabía que allí ocurría algo más. El interés de la rusa por quedarse al margen del viaje con sus hijos hizo deducir a la tabernera que Svetlana iba a hacer algo peligroso, algo en lo que no quería involucrar ni a sus hijos ni a ella.
–Me importa una mierda lo que vayas a hacer –le espetó la española mientras subían las escaleras del hotel­–. Sólo te pido que tengas cuidado. Por ti y por tus hijos. Y por mi dinero.
–Tu dinero lo tienes arriba. No quiero confusiones. Si te llamado es porque me has infundido confianza y a estas alturas no voy a andar con dobles juegos. Si quieres coger el dinero y largarte hazlo ahora. Si no, te quiero con la mente centrada este día y medio que nos queda.   
La española volvió a sonreír. Hacía tiempo que nadie confiaba en ella, aquello le hacía sentirse valorada, útil. Svetlana tenía razón, jamás la traicionaría.
A las siete de la tarde –habían llegado al hotel por la mañana y ambas mujeres necesitaban descansar– las dos mujeres, tras haberse duchado y recogido la habitación, bajaron a la recepción del hotel y pagaron. Ambas llevaban vaqueros y un suéter cómodo. Algo que les permitiera moverse rápido y con comodidad por las calles de Londres. Aun así Svetlana, fiel a sus principios, se había puesto unas botas con algo de tacón, detalle que no había pasado inadvertido para Carmen que la miraba seria.
–Algún día tantos tacones te van a dar problemas –le dijo Carmen mientras subían al taxi.
–Llevar tacones te puedo asegurar que en estos momentos es el menor de mis problemas –le respondió la rusa sonriendo brevemente. Le empezaba a coger el ritmo a la española.
El taxi las dejó en una cafetería donde se pidieron un té con limón y unas pastas.
–Ya sé que no son horas pero era algo que siempre había querido hacer –le dijo la española mientras daba breves sorbos de té y degustaba con placer una pasta.
–Hasta aquí ha llegado nuestra compañía –le cortó Svetlana mientras buscaba en el bolso dinero para pagar aquel tardío desayuno–. Recuerda como hemos quedado. Te vas a dirigir a por  Sasha e Irina, te estarán esperando los dos en casa de Irina. De allí os iréis al aeropuerto, es el lugar más seguro. Y mañana partiréis rumbo a España. Yo me reuniré contigo al día siguiente, una vez los hayas mandado a Panamá. No os preocupéis por mí, estaré bien. Y por favor, cuida de mis hijos.
Carmen besó nuevamente en la mejilla a la rusa y la observó como se marchaba decidida, con paso firme, calle abajo. Antes de llegar a la cafetería habían hecho una parada con el taxi en una vieja casa y la española había descubierto que Svetlana había comprado un arma. Aún así, no quiso hacer preguntas. Su trabajo era sencillo, el dinero abundante y no quería complicarse la vida más de lo que lo estaba haciendo. Por otro lado, para prever cualquier imprevisto, ella también se había traído un arma de España.
*****
Yuri Vorobiov descansaba plácidamente en el jardín de su casa de Londres. La ausencia de problemas desde que había dejado de frecuentar las oscuros despachos y burdeles de su Rusia natal le había hecho bajar la guardia, prescindiendo de escolta durante su tiempo libre. Yuri era un tipo solitario y el silencio no le era desagradable. Más bien le gratificaba sentir la ausencia de problemas, esa pequeña tregua que le brindaban las paredes de su casa cuartel. La única compañía de la que a veces gozaba en esos momentos era la de dos putas o algún subordinado que le traía unos gramos de cocaína o una buena botella de Vodka de importación. Ese día las visitas ya se habían marchado. Como prueba, seis rallas pintadas en la mesa de cristal, una botella de Absolut y dos vasos de cristal, el de Yuri lleno, el otro vacío. 
La entrada al jardín de una mujer esbelta, blanca como la  nieve, con porte firme y mirada fría como el acero le dejó estupefacto, sin embargo su templanza y experiencia ante situaciones complicadas le hizo no moverse del sofá, transmitiendo seguridad en sí mismo. 
–Por fin nos volvemos a ver –Svetlana le apuntaba con su arma, mirándole fijamente a los ojos–. Ha pasado mucho tiempo.
Los ojos de Yuri se abrieron por un instante como dos grandes platos al caer en la cuenta que tenía delante suya a la mujer de su ex socio, a la persona que llevaba años intentado localizar y matar.
–Tantos años buscándote y el desenlace a todo esto va a tener lugar en mi casa. La vida es jodidamente curiosa –le dice Yuri mientras apura el último trago al vaso de vodka. 
La sonrisa del mafioso ruso saca a relucir una dentadura de oro. Svetlana observa ese oro, observa los tatuajes que asoman por debajo de las mangas e instantáneamente salen a la luz de su mente recuerdos pasados, recuerdos de experiencias que se niega a repetir, de largas estancias en la cárcel, de asesinatos, extorsiones y mucho odio. Eso era lo peor, el odio. La rabia acumulada en la mente de personas que no han conocido otra forma de ganarse la vida que no haya sido robando, matando, luchando por hacerse hueco en este mundo tan hostil. 
–Esta vez las tornas han cambiado maldito hijo de puta. Acábate esas rallas, van a ser el último placer que tengas en esta vida.
–Ahora no me…
–He dicho que te hagas las puñeteras rallas –le ordena Svetlana  con los ojos llenos de ira, encendidos de rabia y de dolor.
El mafioso liaba con un billete el rulo mientras Svetlana daba un paso hacia adelante para encañonar mejor la cabeza del ruso poniéndose a escasos centímetros de él.
Todo sucedió muy rápido. El paso en falso de la rusa. Esos tacones que le traicionaron por primera vez ­­–Svetlana recordó las palabras de Carmen advirtiéndole sobre los tacones– y la brutal embestida del mafioso hacia la rusa, tan rápida como la de un jabalí herido, habían cambiado por completo la situación para desgracia de Svetlana que se encontraba ahora tendida en el suelo con Yuri Vorobiov apuntándole con su propia arma.
­–Los cuentos de hadas no existen Svetlana. No siempre  gana caperucita –le espeta el mafioso a la mujer mientras sonríe como una hiena y amartilla el percutor de la pistola.
–Dispara ya hijo de puta –le dice la rusa cargada de ira e impotencia por saber que va a morir a manos del asesino de su marido y de la persona que, probablemente, mate luego a sus hijos.
La sonora explosión del arma al disparar hace cerrar fuertemente los ojos a la rusa mientras toda su vida pasa por delante. Sin embargo, no es ella la que está yaciendo en el suelo. Cuando vuelve a abrir los ojos descubre que el mafioso ruso está de rodillas delante de ella, palpándose el pecho ensangrentado y con la cabeza girada, mirando incrédulo a aquella extraña mujer de la que nada conoce y que le acaba de quitar, en ese preciso momento, la vida. Svetlana tampoco da crédito a lo que ve. Detrás, Carmen se encuentra de pie con el arma aún caliente. Svetlana sonríe mientras dos lágrimas se deslizan suavemente por sus mejillas.
–Creo que nunca me cansaré de conocerte –le dice la rusa mientras se levanta y, apartando el cadáver ya inerte del mafioso, se acerca a abrazar a la española.
–Jodida rusa –le dice Carmen a Svetlana mientras se guarda la pistola en el pantalón–, sabía qe no podía dejarte ir sola con esos tacones.
Las dos mujeres sonríen.
– ¿Dónde están mis hijos? ­–Pregunta Svetlana angustiada repentinamente.
–Tranquila, están camino de España. Una vez lleguen allí, Agustín, mi chico de confianza, les llevará a Madrid donde cogerán tal y como me pediste, el vuelo a Panamá. Ya no debes preocuparte, supongo que ya no corren peligro.
–Bueno, me parece que aquí se separan nuestros caminos –dice Svetlana mientras sonríe y agarra con fuerza los brazos de Carmen–. Jamás te podré pagar lo que has hecho por mí, vieja tabernera.
–Toda esta maleta –Carmen agarra con fuerza la mochila llena de dinero– creo que es un buen comienzo. Cuídate rusa, ya estamos en paz. 
Las dos mujeres se despiden con un rápido abrazo, dándose la espalda y emprendiendo cada una caminos diferentes. No son mujeres de despedidas, no son mujeres de lágrimas, abrazos e inútiles te quieros. Son mujeres duras, curtidas por el viento de la vida que ha imprimido en sus caras otras cualidades, otros valores diferentes, más sólidos, más honestos y leales. 
Empezaba a llover esa tarde en Londres.
*****
Agustín recogía las mesas del fondo de la taberna mientras Carmen limpiaba como cada noche antes de cerrar la vieja barra de madera. Habían pasado dos años desde aquella curiosa aventura y Carmen había decidido tapar las deudas que tenía y seguir trabajando en aquella taberna de puerto. 
–Se me ha olvidado decírtelo antes  –comenta Agustín bayeta en mano sin darle demasiada importancia al asunto–, te ha llegado esta mañana un paquete a tu nombre. El remitente es de Panamá, me ha dicho el cartero. Lo he dejado al lado de la caja donde guardas la pistola esa que te trajiste de Inglaterra.
Carmen abre pacientemente el paquete, con cuidado, mientras un Chesterfield arrugado humea en su boca. Del interior saca una botella de Ginebra marca Martin Miller’s y una nota que reza: “Aprende de una vez a beber, española”.
Carmen le da otra calada al cigarro, esboza una sonrisa y sigue ordenando botellas y cajas. Al fin y al cabo no ha sido tan mala su vida, detrás de la barra.
Continuación del relato escrito en Junio: Detrás de la barra. http://desdegaleras.blogspot.com.es/2012/06/detras-de-la-barra.html

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