El teléfono no paraba de sonar al fondo del local. Una y otra vez, casi marcando el paso de las cervezas  tiradas con gran habilidad por Carmen, la dueña del local.
-No lo cojas –le dice Carmen al joven Agustín, camarero, albañil y electricista si hiciese falta del viejo local del puerto.
En la última mesa, dos hombres conversan, taciturnos, mirando de soslayo a su alrededor. Pobladas barbas y ropa desgastada evidencian que acaban de llegar a puerto después de haber pasado unos días durmiendo entre mamparos y escotas. Probablemente ajusten cuentas de viejos oficios o simplemente conjuren contra la subida del crudo que les hará quedarse en puerto si las capturas no mejoran. Sea lo que fuere, a nadie le importa. 
Una mesa más adelante, otro barbudo –quizá de la misma nave– duerme placidamente apoyando los brazos encima de la mesa de madera con los cuatro primeros botones de la camisa abiertos y un olor amargo como la hiel que emana de sus ropas y probablemente, de su viejo petate, escondido bajo la silla y enlazado a su tobillo para evitar desagradables sorpresas.
Una densa capa de humo envuelve el sórdido local, flotando en el ambiente, dejándose llevar por las graves y atenuadas voces de los pocos que hablan, atrapando y solapando de blanco roto las miserias humanas, las tristezas y desventuras de los que forman tan peculiar paisaje.
Una canción de Toni Braxton de fondo, tranquila, pausada, le acaba de dar a aquel tugurio el ambiente  preciso, necesario para los que acuden allí. Porque a ese local no se va a ligar, ni a vender. Se  va a olvidar. Y a beber.
Carmen hace una pausa y sin salir de la barra se sienta en la vieja silla de madera a fumarse un Chesterfield doblado. Maldita costumbre de llevar los cigarros sueltos en el bolsillo –piensa por un instante. Luego, casi de manera mecánica, repasa una a una todas las mesas de su local, intentando confirmar que todo está en orden. Lo hace rápido, casi de manera desinteresada, aunque su cerebro en la fracción de segundo que dure su mirada en cada mesa analiza de forma precisa la situación de cada cliente, advirtiendo necesidades o peligros.
Al fondo del local, junto a la mesa de los dos marineros, una mujer está siendo atendida por el joven camarero. Carmen le dedica un tiempo extra. No sabe bien dónde ubicarla, dentro de los estereotipos de personas que suelen frecuentar el bar.
La mujer es rubia pero no es teñida como la mayoría de las mujeres que vienen a buscar a sus maridos entrada la madrugada. Es rubia natural, probablemente de algún país del este. Tampoco es puta, las putas compran tabaco y se sientan al lado de algún hombre solitario esperando volver acompañadas o, en el peor de los casos, beber a costa de alguien. Y desde luego ninguna puta se pide una ginebra Martin Miller’s –La afición de Carmen por los Gin Tonic le hizo una vez comprarse un libro donde se indicaba que la Martin Miller’s era una de las mejores ginebras del mundo–.
Lógicamente, aquella dama misteriosa se acabaría tomando una Beefeater. Ni había otra marca ni ningún paladar de los allí presentes iba a saber apreciar algo mejor.
De la silla cuelga un bolso de piel con unas marcas que hacen presuponer a Carmen que se trata de un bolso caro. En la mano, un mechero no para de girar entre los dedos de la extraña. Un mechero envuelto en una pequeña funda de cuero.
–Quién cojones será esta tía, se pregunta mientras aspira una honda calada al Chesterfield arrugado.
En ese preciso momento, mientras Agustín se guarda la libretilla de notas en el bolsillo de la camisa, la extraña mujer cruza una fría y penetrante mirada con Carmen. Unos ojos azules como el hielo se cruzan con la dueña del local, sin embargo la mirada no es desafiante, ni siquiera de advertencia. Más bien es una mirada clara, lúcida, de resignación. De alguien que sabe a ciencia cierta que algo va a suceder y lo asume sin más. Y mira a Carmen sabiendo que en aquel local, quizá sea la única persona capaz de entenderla.
Carmen se levanta de la silla y lanza una mirada fugaz a la caja de madera que hay bajo la barra, donde se encuentra la vieja Beretta 92 calibre 40, para comprobar que todo sigue en su sitio. Una caja que le proporciona siempre seguridad ante situaciones complicadas, aunque jamás ha tenido que usarla. Luego se acerca lentamente a la extraña. En la mano, el  cigarro va llegando a su inexorable final mientras de su boca salen las últimas bocanadas. Anda firme, decidida y se siente frente a aquel enigma del este. Los marineros de al lado, borrachos como cubas, miran extrañados a la dueña del local. No suele salir mucho de la barra y mucho menos para sentarse con algún cliente. Carmen les lanza una mirada de advertencia, peligrosa, de perra vieja y los dos hombres se giran y siguen bebiendo. La mujer del este deja escapar una pequeña sonrisa ante el atrevimiento de Carmen frente a los dos corpulentos marineros borrachos y vuelve a dirigir la mirada hacia su anfitriona.
–Me llamo Svetlana. Soy rusa.
–Me importa una mierda tu nombre, qué has venido a hacer aquí. No quiero problemas en mi local –Le dice Carmen en tono amenazante.
La mujer vuelve a sonreír de manera tímida por segunda vez, luego saca del bolso una fotografía y se la enseña a Carmen. En ella aparece Svetlana con un hombre mayor, de ancha espalda y con toda seguridad, del mismo origen que ella.
–Este quién es, ¿tu chulo? –Pregunta Carmen.
–No soy puta. Ese señor es mi marido. O mejor dicho, lo era. Lo mataron hace cuatro días.  En mi país era un importante comerciante de pieles pero teníamos también relaciones con personas digamos, complicadas. Hace unos días se enteraron que mi marido había estado trabajando para la “competencia” y eso se paga caro. Le pusieron una multa que no quiso pagar. Le amenazaron con matarle a él y a su familia, pero para ese cabrón su dinero era más importante que su familia. De nada sirvió. La semana pasada cuatro encapuchados entraron por la puerta trasera que da a la piscina y le pegaron cuatro tiros a mi marido, uno de ellos en la cabeza que lo mató en el acto. También mataron a la ama de llaves, no querían testigos. Yo escuché los disparos, salté por la ventana y conseguí huir y venirme a España. Hace dos días contactaron conmigo. Me ofrecieron dinero por silencio, Yo sé que es mentira, vienen a matarme. Pero me niego a estar siempre huyendo. Tengo dos hijos viviendo en Londres y ahora mismo escondidos y no voy a pasarme la vida mandándoles cartas postales sin remitente. He quedado con ellos aquí, dentro de media hora. Te juro que no sucederá nada en tu local. No les gusta llamar la atención.
–Basta. ¿Por qué me cuentas esto? –pregunta Carmen asombrada por lo que acaba de escuchar.
–Porque eres la única persona con la que hablo de una manera sincera desde hace años. Por eso vine a este local, porque no hay mentiras. Porque solo hay verdades, realidades sin tapujos. Y si me voy de este mundo no me quiero ir con otra puta mentira. Mi marido no nos quiso jamás y no estoy dispuesta a hacer lo mismo con mis hijos. O estoy con ellos, o no lo estoy. Pero sin mentiras.
–Sabes que vas a morir.
–Probablemente. Ponme otro Gin tonic de esa basura que vendes, por favor.
–Los por favores déjatelos para tus amigos del este.  Y haz el favor de parar de girar ese mechero. Me estás poniendo nerviosa.
Carmen se levanta de la mesa y le hace una señal al joven camarero, indicándole que prepare otra copa de lo mismo para aquella mujer. Se vuelve a sentar y se saca del bolsillo otro Chesterfield arrugado. Le ofrece el cigarro a la rusa pero esta declina la invitación haciendo un educado gesto con la mano. Carmen se enciende el cigarro y vuelve a mirar aquellos ojos azules como el mar más puro. Te van a matar y lo sabes, mucho debes querer a tus hijos o muy cansada de todo debes de estar –se dice Carmen a si misma sin abrir la boca–. Svetlana sonríe como si hubiese adivinado lo que piensa la dueña del bar.
Agustín se acerca con la copa de ginebra y tónica y lo pone delante de la mujer rusa. Carmen aspira una honda calada y, mientras se levanta, vuelve a mirar a Svetlana.
–Suerte  –le dice  Carmen mientras exhala el aire de sus pulmones y regresa a la barra.
La mujer no responde, pero sonríe otra vez. Una sonrisa de gratitud. Una mirada templada, serena, la misma mirada de aquellas personas que no tienen nada que perder porque lo han perdido todo. De eso Carmen sí que sabe. De miradas perdidas y rotas. Mientras se vuelve a sentar detrás de la barra observa que el joven camarero discute con dos hombres en la puerta. Son enormes, dos moles que contrastan con el cuerpecillo del camarero.
– ¡Déjales pasar, Agustín! –grita Carmen desde la barra.
Acto seguido los dos hombres entran en el bar. La música sigue sonando tenue, tranquila. Nadie se gira ni se sorprende por la corpulencia y el buen vestir de los dos hombres. A nadie le importa algo así. Otra breve mirada se cruza entre Carmen y uno de ellos pero enseguida la mujer rusa sentada en la mesa levanta la mano y los dos hombres se dirigen a ella para sentarse a su lado.
Carmen continúa sentada en la silla, detrás de la barra, observando la situación. Ya es tarde y sólo quedan en el bar los rusos y la mesa de al lado con los dos marineros borrachos que ya no pueden ni articular palabra. Y humo, como siempre. Mucho humo.
La rusa Svetlana habla con los dos hombres tranquila, serena, con la misma templanza con la que miraba a Carmen minutos atrás. Los hombres también hablan con ella. Se les nota algo más nerviosos, uno de ellos mira hacia los lados de vez en cuanto, aunque tampoco expresan mucha intranquilidad. De repente la rusa le entrega su móvil a uno de ellos y los tres se levantan. Mientras se dirigen hacia la puerta Carmen se da cuenta que uno de ellos tiene a la rusa agarrada por el brazo.
–Un momento –le dice la rusa a uno de ellos mientras suelta su brazo de la mano que la tiene asida.
El hombre no opone resistencia. La rusa se dirige a Carmen y, entrando detrás de la barra, abraza a esta mientras la dueña del local devuelve aquél abrazo, sorprendida.
–Me has ayudado más de lo que piensas, gracias –le susurra la rusa al oído.
Mientras se está girando, Svetlana saca algo del bolso pero se le cae al suelo. Se agacha a recogerlo y sin querer golpea unas botella que rompe contra el suelo estallando en mil pedazos. Uno de los rusos le dice algo en su idioma a la mujer y esta le responde rápidamente, pidiéndole un segundo. Recoge del suelo lo que se le había caído, un detalle que quería tener con Carmen.
–Toma, quédate el mechero, se que te acordarás de mi cuando lo veas.
–Gracias. Y suerte. –le dice Carmen por segunda vez a la rusa esa noche.
La mujer rusa vuelve a sonreír. Esta vez más abiertamente. Luego, el mismo hombre de antes la vuelve a coger del brazo y los tres desaparecen por la puerta del local.
Carmen se saca el último cigarro del bolsillo, arrugado y retorcido como el resto. Se lo enciende y mientras le pega dos caladas seguidas, intenta comprender y ordenar todo lo que acaba de suceder en su cabeza.
–Esa mujer va a morir, piensa con una mezcla de asombro y tristeza.
Le había cogido cariño y por alguna extraña razón, no deseaba que le ocurriese nada malo. A lo mejor por ser consciente de que era madre o simplemente por aquella mirada serena, tranquila. Pero sabía que no tenía muchas probabilidades frente a aquellas dos torres humanas. Que vida más perra –piensa–.
Acto seguido, se agacha a recoger los cristales del suelo y sonríe. La vieja Beretta ya no se encuentra en la caja.
Al día siguiente, el periódico abre la sección de sucesos con una noticia violenta. Han sido hallados dos rusos muertos en el interior de un coche con sendos tiros en la espalda. Se piensan que ha sido un ajuste de cuentas.
Carmen sonríe, incluso deja escapar una carcajada.
 Deja el periódico, se sienta detrás de la barra y se enciende un Chesterfield arrugado. 
Mientras, de fondo, vuelve a sonar una canción de Tony Braxton.

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