(Por @_DorianGrey)
Doctor, sabe que no puedo apreciarlo, pero siempre le he encontrado útil. Por eso voy a contarle tres historias que a su vez forman una introducción, un nudo y un desenlace.
En la primera historia me encuentro delante de un caballero de cincuenta y dos años. Son las once de la noche y estoy en su despacho, sentado frente a él. Me pregunta el motivo tan importante para quedar a esas horas pero yo no le respondo. Lo miro y sólo puedo pensar en si tendrá mujer, hijos, si será bueno con ellos. Después los imagino con el corazón destrozado, víctimas de una profunda tristeza o incluso de la depresión… Imagino a su esposa llorando y soltando gritos desgarrados mientras se abraza al ataúd de su marido. No lo puedo evitar y comienzo a llorar por la imaginaria familia destrozada, pero a la vez saco mi SiG-Sauer 9 mm convenientemente envuelta para mitigar el ruido y le suelto tres disparos en el pecho.  Le reviento varias costillas, perforándole un pulmón recién hinchado de aire por el sobresalto, lo que hace que parte de la sangre cargada de oxígeno salga expulsada por el agujero. Me mancha. Un desastre. ¿Quién será este caballero? Ni idea. Me da igual. No siento nada al matarlo, y sin embargo no puedo soportar el sufrimiento de su familia. Fin.
 La siguiente historia espero que le resulte cuanto menos curiosa. Hasta ahora usted no ha sabido nunca, creo, que cuatro o cinco veces al año recibo una carta en la que está el nombre cifrado de una persona, a la que tengo que encontrar y matar. Pues al día siguiente del encuentro con el caballero, es decir, esta misma mañana, me encuentro otra carta con otro nombre. Mi mujer. Imagínese la situación. Yo, asesino con un trastorno psicótico que me impide sentir nada mientras mato a una persona, pero que a la vez, y hoy por hoy pienso que también es un trastorno, tremendamente empático con el sufrimiento ajeno. Y leo la carta mientras la tengo delante. Lo primero que hago es, obviamente, sonreír por lo fácil y rápido que va a ser este trabajo: nada de averiguar quién es, seguirlo, encontrar el momento…perfecto, ahí mismo. Por otra parte comienzo a pensar en el marido de la mujer… ¡que soy yo, doctor! Pienso en lo que sufrirá, en los años que llevan juntos, los momentos vividos, viajes y cosas por hacer, planes, ilusiones… me pongo en la piel de su marido ¡que soy yo, doctor! y no puedo evitar ver la soledad que le espera, los días vacíos, una vida sin sentido… y rompo a llorar por él…
– ¿Qué te pasa, nene? ¬-me pregunta en ese momento, sorprendida…
– Nada, que lo siento por mí -le respondo, mientras me acerco a ella y comienzo a estrangularla.
Aprieto fuerte, pero lo justo para no romperle el cuello, para que sea un ahogamiento lento por falta de oxígeno en el cerebro. Cae al suelo y yo sigo sin soltarla. Me mira horrorizada, no entiende nada, no quiere morir. Y yo mientras, llorando, no siento nada al matarla. Cuello amoratado, rostro violeta, ojos desorbitados sin vida. Acabado. Vuelvo a sentarme donde estaba y mientras intento enjugarme las lágrimas que no paran de salir ¡doctor, pobre marido! recuerdo que hay más cartas. Abro otra y comienzo a leer…
Parece, como todas, una inocente publicidad de una compañía telefónica. Leo, releo, aplico un código de cifrado, luego otro, y al final lo veo. Y ahora viene la tercera historia, el desenlace.  Durante las dos historias anteriores usted, doctor, ha cambiado de postura seis veces, se ha llevado la mano derecha a la frente cuatro, ha mirado a la puerta en dos ocasiones, ha palpado con su mano izquierda el móvil que está en su bolsillo dos veces también, justo hace dos minutos ha empezado a sudar, a temblar ligeramente, y ha hecho un amago de levantarse hace treinta segundos. No sé, quizá tenga prisa y no deba entretenerle más. Pero permítame preguntarle una cosa antes, ¿usted no tenía familia, verdad?
Texto escrito por @_DorianGrey. Mil gracias por invertir tu tiempo en esto, colega.
Podéis seguirle en twitter: @_DorianGrey

 

Y por supuesto, en su fantástico Blog: nosoydorian

Compártelo

Comparte este post con tus amigos