Dolores Cortés Hernández. Treinta y tres años. Natural de la provincia de Córdoba. Condenada por homicidio en primer grado a dieciocho años de cárcel. La condenada asestó trece puñaladas a su pareja sentimental delante de la hija de ambos…”.

Dolores leía una vieja revista que guardaba en su cajón donde se relataban los pormenores de  su condena. Reía entre dientes, con esa risa nerviosa que la caracterizaba. Esa risa peligrosa, alegre y cruel a la vez, una de tantas herencias que le había dejado esa vida. Esa perra vida. Encima de la mesa tenía una taza de té muy caliente que saboreaba con cada trago, dejando un profundo aroma  dulce con sabor a cereza en su paladar, dando un instante de alivio a su garganta, oxidada de  alcohol y humos. 

Cada tarde tenía la costumbre de subir temprano a la celda, después de comprar en el economato a primera hora de la tarde lo indispensable para su higiene personal y algún que otro capricho que solía permitirse, como algún bollo o refresco sin alcohol. Los sesenta y cinco euros que el centro penitenciario descargaba todos los jueves en su tarjeta eran deducidos de su peculio, rellenado éste todas las semanas y sin faltar nunca a su cita por su hija Gabriela.  Al subir a la celda solía encenderse un pitillo y, tumbada en su catre, leer algún libro –una de las pocas buenas costumbres que le quedaban- u hojear alguna revista del corazón.

Ese día era diferente. Había decidido abrir la vieja revista que hablaba de su condena quince años atrás, resucitando con cada palabra que leía fantasmas de su pasado. Pasado que, por otra parte, estaba más vivo que nunca.

–Delante de la hija de ambos y de quien hubiese estao delante en ese momento –pensaba Dolores riéndose  nerviosa mientras pegaba otro sorbo a la taza de té y agarraba con fuerza la vieja revista. Al lado, la fotografía de aquel hijo de puta que había arruinado su vida le estremeció todo el cuerpo. Dejó la revista en el suelo, cogió la  cajetilla de Camel que había encima de la mesa de madera y se encendió un cigarro, hinchando de humo sus castigados pulmones y exhalando lentamente, recuperando así  el pulso. Entonces miró fijamente la foto de su hija Gabriela, sujetada con celo al pilar que tenía enfrente, y empezó a recordar.

*****

Dolores se había criado en Córdoba desde pequeña. Hija de un cantaor gitano sin mucha fortuna y de una vendedora ambulante de lencería, había pasado su infancia entre tablaos flamencos y mercados callejeros, aprendiendo lo que era la vida y saboreando la amargura que  deja el no tener nada que llevarte a la boca.

Su madre le dejó en herencia una boca de dientes perfectamente alineados –pa no pagar dentistas, habría dicho ella– y unos labios carnosos como el membrillo que perfilaban en ella una sonrisa sincera, el cebo perfecto para cualquier pardillo adinerado o cualquier alemán que pisara el tablao donde trabajaba su padre con unas copas de más.  De su padre había heredado esos ojos, verdes como las olivas que invadían las tierras que frecuentaban, y esa piel tersa y morena que, combinada con aquellas esmeraldas, recordaban al que osaba mirarla que no todo era dulzura en aquella joven, allí había también raza y astucia para lidiar con el toro –o el torero– más bravo. 

Desde muy joven se bebió a mares las calles de Córdoba.  Ese fuerte carácter le hizo pisar en más de una ocasión reformatorios de la ciudad, centros de los que salía con demasiada facilidad –siempre encontraba la forma de escaparse¬– y a los que entraba con demasiada frecuencia. Las largas noches con su padre en el tablao y las jornadas maratonianas con su madre en los mercados le habían despertado una soberbia habilidad para engañar a las personas.  Esto a sus padres – trabajadores infatigables los dos–   nunca les gustó pero trabajaban demasiado para enseñarle a la niña que era lo bueno y lo malo y, por otra parte, nunca venía mal algo más de dinero en aquella casa.

Fueron pasando los años y Dolores empezó a moverse por otros ambientes. Su condición de merchera le cerró algunas puertas, no a todo el mundo le gustaba tener al lado a alguien con sangre gitana, aunque sólo fuera por parte de padre. La misma sociedad le empujaba de una manera totalmente injusta hacia ambientes que cualquier otra chica de su edad, con su belleza y su inteligencia, jamás hubiese pisado. Aún así, nunca renegó de su familia. Al revés, llevó sus apellidos y la imagen de sus padres con un orgullo y dignidad que ya quisieran muchos haber llevado.

Al cumplir los veintiséis años empezó a trabajar como camarera en el local de copas del Tío Joaquín.  Como toda Córdoba sabía en aquel local no sólo servían copas. Los huevos de chocolate y las papelinas de gramos de cocaína estaban a la orden del día. Aquello a Dolores no era lo que más le gustaba hacer, de hecho la única afición que tenía Dolores por aquel entonces era fumarse un porro en las escaleras del local al acabar la faena, después de haberle rendido cuentas al Tío Joaquín  de lo que se había ganado esa noche.

El tío Joaquín no era alguien al que se pudiera engañar. No era tío suyo, ni de nadie, era un portugués llamado Joao–Juan era su nombre–  con muy malas pulgas al que los cordobeses habían apodado el Tío Joaquín. Empezó con dos muchachas traídas de su país con pasaporte falso y acabo metido en el negocio del chocolate y la coca hasta las cejas. Se había hecho con el control de la mitad de barrios de Córdoba, tratando con otros clanes a base de talonera y algún que otro secuestro, si la cosa se ponía tonta. En los bajos fondos de la ciudad Andaluza circulaba el rumor de que había mandado deshacer en ácido a Antoñito Heredia por unos miles que el muchacho había sisao al portugués, quizás para comprarse ese coche que lucía en la puerta de su casa o, lo más probable, porque se los había metido por la nariz –todo el mundo sabía de la adicción de Antoñito a la cocaína–.

Una noche de verano, llevando Dolores ya dos años trabajando para el Tío Joaquín, entraron en el local unos tipos con muy malas pintas –de esos con caras serias y ojos como marrajos, que diría Dolores– a hablar con el jefe de tú a tú. Por los trajes que lucían aquellos hombres, no eran gente de poco dinero. A los dos que iban detrás –eran cuatro los que entraron–, Dolores vio como asomaban sendas culatas plateadas del interior de sus chaquetas. La cosa no acabó bien. Tras un pequeño careo del tío Joaquín con el que parecía ser el jefe de aquellos y cuatro gritos en ambas direcciones, aquellos se fueron amenazando con volver – ¡La próxima vez no vendremos a hablar! –Gritó el más bajito mientras salían del local.

Desde aquel día, su jefe decidió contratar un seguridad para el local, alguien que les protegiese de verdad si las cosas se ponían feas de verdad. De esta manera Dolores conoció al que más adelante sería su marido, José Segura alias el Collarines.

José Segura era un tipo alto y corpulento. Sus habituales idas y venidas de la cárcel le habían granjeado cierta fama en Córdoba de tipo duro. Su metro noventa de alzada y sus noventa y cinco quilos de peso los sabía emplear muy bien, como había demostrado en varias peleas por los locales de Córdoba. El apodo del Collarines probablemente se lo pusieron los que presenciaron esas peleas y vieron como José mandaba al hospital a más de uno por cuatro palabras mal dadas. Eran muchos los que le tenían ganas pero era un hombre respetado y eso, en los bajos fondos, vale mucho.

Tras haber pasado dos años en prisión por varios delitos acumulados, José había salido de la cárcel con el carácter algo templado y sin muchas ganas de volver a entrar allí. Sin embargo, el Tío Joaquín pagaba bien y no pudo rechazar la oferta que le hizo el dueño del local. O eso, o volver a su mísera vida y verse rodeado de mierda como había estado hasta ese día.

De esta manera el Collarines entró a trabajar en ese local a jornada completa. Al principio Dolores y él casi ni hablaban. José parecía entretenerse más con las putas del local, a las que asombraba con su fuerza y sus viejas historias, y ella no era una persona que se dejase llevar por el primer tipo duro que pasara ante sus ojos. Sin embargo el roce hace el cariño. Pasaron los meses y el Collarines dejó de entretener a las putas para fijarse cada día, cada mañana y con el paso del tiempo, cada momento, en Dolores. Esa mirada de la joven, esa piel tersa y morena y ese pelo largo, lacio, negro como el mismísimo universo, hicieron que aquella bestia de metro noventa cayese rendido a los pies de aquella princesa cordobesa –así la llamaba su padre–. Aunque Dolores al principio fue reacia, quizás por el miedo que daba aquél hombre, el trato con el que el Collarines la trataba hizo surgir esa magia necesaria para que, cinco meses después, Dolores  se casara con él.

Al principio todo fue magnífico. Dolores pronto quedó preñada de la que sería su hija –Gabriela– y José, al principio de la relación, se deshizo en halagos y cuidados hacia su mujer. Todo marchaba bien. El Tío Joaquín les había regalado un coche nuevo y les había dejado el dinero para comprar la casa en la que vivían –José no tenía familia y los padres de Dolores nunca pudieron pagarle nada a su hija debido a su precaria situación–, el local iba viento en popa y los negocios sucios del dueño parecía que iban mejor aún –por el dinero que la muchacha veía entrar y salir–.

Un día, cambiándose en el trabajo la joven vio a su marido tontear con una puta rubia del local. Era la primera vez que veía a su marido hablar como hacía un par de años, cuando entró a trabajar en el local. No le dio mayor importancia, le llamó y se fueron juntos a cenar a casa. Esa noche era el séptimo mes de embarazo  y Dolores había preparado una cena especial a su marido.

– ¿Está buena la cena? –preguntó Dolores cuando iban por el segundo plato, sabedora de que la pasta era lo que más le gustaba a José.

–Ni buena ni mala. Está y punto. Y la próxima vez la cena la pones caliente, está demasiado fría. Sólo nos faltaba que además de estar gorda como cerda preñada no supieras cocinar.

Dolores se quedó inmóvil. Nunca había escuchado hablar así a su marido, con aquella crueldad y aquella tranquilidad que le daba un aire cruel, frío, al rostro del collarines. Enseguida la joven, que también tenía carácter y no se amilanaba ante poca cosa, reprendió la actitud del otro.

–La próxima vez te haces tú la cena. O mejor, que te la haga tu padre, si es que sabes dónde está. Pero a mí no me vuelvas a hablar así en tu puta vida, José, que esta gordura es tanto mía como tuya. Y si no te vas a descargar con las putas del  local, igual que hacías esta noche.

La respuesta a aquello fueron seis días de internamiento de Dolores en el hospital de Córdoba. José se había levantado de la mesa y sin mediar palabra le lanzó un puñetazo que partió en tres pedazos la mandíbula de la joven. –Las cosas van a cambiar aquí, a mi no me chulea nadie y menos una puta como tú –fueron las palabras del Collarines después de partir la cara de su mujer –y si dices algo en el hospital, te mato –finalizó.

A partir de ese día los vientos cambiaron de rumbo en aquella casa. En cuanto Dolores salió del hospital las palizas y las humillaciones se fueron haciendo cada vez más frecuentes. El Tío Joaquín intentó mediar en varias ocasiones pero cada uno barre para casa y acabó haciendo oídos sordos a los visibles moratones que la muchacha lucía en el local por las noches. Dolores siempre se preguntó si su marido no la quería por su físico, por su embarazo, pero después del nacimiento de la pequeña Gabriela –el día del nacimiento José pasó la noche con la puta rubia del local– comprobó que las palizas siguieron y desechó cualquier intento de comprender. Simplemente, aguantó. Aquella joven hermosa, inteligente, que podía haberse llevado al hombre más apuesto de Córdoba, había metido en su propia casa al mismísimo diablo. El carácter con las mujeres del Collarines fue, de puertas para afuera, igual de encantador que había sido siempre. Pero al entrar en casa, aquel hombre se transformaba en una auténtica bestia capaz de vejar a su mujer hasta límites insospechados.

Fueron pasando los años y la relación cada vez más frecuente de José con la bebida dio paso, además de las palizas, a las violaciones. La pequeña Gabriela siempre lloraba cuando oía a su madre suplicar que, al menos, no la tocase en presencia de su hija. Nunca hubo piedad.

Una noche, saliendo de trabajar, Dolores fue a un supermercado abierto las veinticuatro horas para comprar cena para la pequeña Gabriela y ella. Esa noche llovía a mares en Córdoba.  Sabía que su marido no cenaría. Le había visto salir de la habitación de aquella puta a la que solía visitar, botella de whiskey en mano, riendo y tambaleándose mientras se sentaba en la barra a esperar que su jefe le diera la orden de cerrar –Dolores se iba antes pero el Collarines  estaba obligado a quedarse hasta que su jefe se fuera del local, por motivos de seguridad–. Le hizo a la pequeña la cena y juntas se quedaron viendo una película en el sofá.

A la hora y media, el Collarines apareció en la casa, borracho. Se fue derecho al baño a descargar parte de lo que había bebido aquella noche. Dolores, anticipándose a lo que sabía que venía, se fue a decirle a su marido que la cena estaba lista y caliente, como a él le gustaba. El otro, sin mediar palabra, agarró a Dolores  de la nuca y estampó la cara de la joven contra el mueble del cuarto de baño.  Intentó violarla allí mismo pero logró escapar hacia la cocina mientras la pequeña Gabriela lloraba sin parar. El Collarines empujó a la pequeña para que se callase haciendola caer al suelo de espaldas, mientras se dirigía a la cocina donde estaba su mujer. – ¡Deja a mi hija maldito hijo de puta! ¡Déjanos  a las dos! –Le espetó Dolores mientras intentaba bloquear la puerta de la cocina–. José empujó la puerta con tal fuerza que la otra calló de espaldas estando a punto de desnucarse contra el mármol. La niña no paraba de llorar.

El resto pasó muy deprisa. El Collarines agarró el cuello de Dolores y golpeó con tal fuerza la cabeza de su mujer que esta quedó por un instante sin sentido. Cuando lo recobró, su nariz chorreaba sangre lo cual hizo deducir á Dolores  que tenía el tabique roto. Su marido la había girado y le estaba bajando los pantalones a la joven y todo hubiese sucedido como tantas otras veces si Dolores no hubiese visto la mirada de su hija. Una mirada de miedo. De rabia. La misma rabia que aquella mujer llevaba tantos años guardada. Dolores agarró con todas sus fuerzas un cuchillo del primer cajón, que había conseguido abrir debido a la distracción de otro con sus pantalones y sin mediar palabra se giró bruscamente hacia su marido, mirándolo a los ojos con una frialdad, una templanza que hizo que el marido dejase por un momento de desabrocharle el pantalón para escuchar, sorprendido, las palabras de su mujer.

–Delante de mi hija no, hijo de puta –fue la única frase escuchada en aquella cocina.

Dolores empezó a apuñalar a José. Una tras otra, cada puñalada sobre ese hombre descargó la ira, la rabia, la impotencia contenida en aquella mujer. Una rabia acumulada en cada violación, en cada paliza, en cada humillación sufrida a diario por aquel hombre que había arruinado su vida, había partido su alma de una manera tan cruel que nunca hubiese deseado ni a su peor enemigo.

José Segura murió desangrado a causa de las trece puñaladas que le había asestado su mujer. Cuando aquel cuerpo dejó de moverse, Dolores miró a su hija. Había dejado de llorar. Cogió a su niña de la mano y se dirigió a la comisaría más cercana, entregándose a la policía. Hacía años que no sentía una calma, una seguridad tan grande como la que sentía esa noche. Sabía que pasaría años sin poder estar con su hija, pero había alejado a su hija, y a ella misma, de un infierno que sólo aquellas mujeres conocían.



*****

Llovía a mares afuera. Dolores apagó el cigarrillo. El funcionario de prisiones le indicó que ya había llegado la hora. Despegó la foto de su hija del pilar, se puso las zapatillas y salió a la galería del centro por última vez. Una a una se fue despidiendo de las que habían sido sus compañeras de celda durante tantos años, incluida una vieja funcionaria de prisiones con la que había entablado cierta amistad –toda  aquella que podía esperarse entre una presa y una funcionaria–. Recogió una caja con sus efectos personales y se dirigió a la puerta del penal. Se giró y miro mientras las puertas se abrían por última vez aquella cárcel, los barrotes de su celda, aquél patio triste y frío por el que había paseado tantas veces, tantos años.

Afuera, su hija Gabriela esperaba apoyada en un viejo coche. Se había convertido en una adolescente  preciosa, con unos ojos verdes oliva  heredados de su madre que brillaban como dos luceros.

La joven se acercó, besó a su madre y ambas se dirigieron hacia el coche. Había dejado de llover.


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