El sacapuntas trabajaba a una velocidad de vértigo. Una y otra vez la mina del lápiz, afilada como un florete, perfilaba los folios blancos del viejo escritor. Los momentos de inspiración no debían desecharse. No eran eternos, tenían un límite indefinido y en cualquier momento desaparecían para volver sabía dios cuando.  Ideas, cientos de ideas, miles de ideas descendiendo por su mente  como ráfagas de hierro cayendo del cielo procedentes  de morteros disparados por lo más profundo de su cerebro, allí donde nadie llega, donde se produce esa chispa perfecta que precede a la palabra, a la letra, atravesando su cuerpo de arriba abajo hasta llegar a las yemas de los dedos, últimos eslabones artífices de la escritura que transforma en palabras aquello que piensa, acercando al lector a lo más profundo de él, una comunión perfecta, simbiosis perfecta de ideas y letras, como si de sexo se tratara.

Abstraído por el torrente de emociones piensa una y otra vez los principios, perfila como experto cirujano los bordes del camino, los dota de una o más soluciones, engaña al lector, lo persuade para obligarle a ir por donde él quiere llevarlo. Se adentra en su mundo el que abre su libro y se somete a sus reglas. A veces suaves líneas onduladas, a veces cortantes rectas o perversos lazos que anudan la mente una y otra vez como un perfecto lazo a quien devora sus letras. Y se sabe libre, rey de su mundo, emperador de sus símbolos que lleva con perfecta maestría guiando al lector, cogiéndolo de la mano como a un niño, indicándole cuando debe sentir, cuando debe llorar o gritar de odio por dentro. Avanzan las páginas con velocidad de vértigo. Las verdades se van intuyendo, falta poco para el final  y los personajes creados por él se van quitando el disfraz, la máscara que han llevado durante el relato, su relato. Él decide cómo, cuándo y dónde. Él decide el momento en el que deben romperse los cristales, cuándo se disipará el vaho de la trama y el que lo lee podrá darse cuenta del engaño si lo hay, porque a veces no existen engaños y su obra solamente contempla a través de los ojos de sus personajes el tiempo, sus vidas sin más. Sin misterios.

Llega  el final. Llega el momento clave, descubre su antifaz y expone su mensaje, mensaje que quizá ha estado latente durante toda la lectura, agazapado como un animal, esperando el momento exacto en el que lanzarse sobre el lector mordiéndole en la yugular de sus ojos de pleno. Arrancando un sentimiento final, una última lanza que clavar en lo más profundo del pensamiento. Su egoísmo le impide regalar a veces sonrisas, sentimientos de satisfacción. Prefiere dejar claro su mensaje sin tapujos, sin miedo a la represalia de caer en el olvido, de no producir ese efecto laxante de quien cierra un libro satisfecho. Prefiere abrir las manos y desnudarse ante sus lectores aún a sabiendas de que a veces no es hermosura lo que ofrece sino desesperanza, desazón y desaliento. Pero es libre cuando sus ojos perforan el papel, cuando sus letras dibujan su mente y no piensa cambiar eso. No quiere renunciar a aquello.

Por fin las últimas palabras concluyen su historia y justo al alcanzar exhausto el final, en ese momento,  un largo escalofrío recorre su mente abocándole a la nada, al vacío más absoluto. Otra vez su inspiración se ha marchado. Ha volado como pájaros que emigran sabiendo que en algún momento volverán. O no.  El sol vuelve a inundar aquella habitación. Los ruidos, el sonido de los coches, las puertas, el teléfono. Otra vez lo ha conseguido. Esta vez por los pelos.

Cierra su viejo cuaderno y se sienta a fumar un cigarro satisfecho.




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