Imaginen la situación. Valencia en Mayo de 1808. España sufre la invasión de nuestros vecinos gabachos. Previamente -un año antes- los franceses nos la habían metido hasta las trancas. Napoleón y Godoy habían firmado el tratado de Fontainebleau, tratado  que permitía a los franchutes pasearse a sus anchas por tierras ibéricas con la excusa de invadir Portugal. Cuando Godoy se dio cuenta del tongo, ya tenía cuarta y media de barra francesa metida por detrás y a todo un ejército imperial invadiendo nuestro país.
Lo  siguiente fue lo lógico a  cualquier invasión; Abusos de  poder, hambre del pueblo Español, impuestos y derechos abusivos por parte de los invasores y un largo etcétera de abusos y tropelías Francesas.
El pueblo Español siempre ha  sido curtido veterano cuando se ha tratado de sufrir injusticias y miserias impuestas por sus propios gobernantes pero claro, si encima el que te quita el pan y te fusila viene de fuera, la cosa pasa de castaño a oscuro.
Esta era, como decía,  la situación de aquel Mayo de 1808 en Valencia –y en el resto de España-. Pasando más hambre que las ratas, sufriendo enfermedades, epidemias, condiciones miserables y teniendo que aguantar las humillaciones constantes de un ejército infinitamente superior al nuestro, el cual se encargaba a diario de dejar bien claro quien mandaba allí.
Y entonces, un 23 de Mayo de 1808, ocurrió en Valencia algo que ya había sucedido veintiún días antes en Madrid. Mientras la clase alta y la gente adinerada no tenían claro si posicionarse o no en defensa de su legítimo rey Fernando VII o del impuesto por los franceses, José Bonaparte -hermano del emperador Napoleón-, mientras aguantaban humillaciones y abusos de sus vecinos gabachos del norte, sucedió un hecho inesperado en Valencia, un reflejo de lo ocurrido en Madrid días antes y que se propagaría como la pólvora por toda España. La gente del pueblo, las clases bajas, los que más habían aguantado y sufrido la invasión Francesa , aquellos que no tenían nada que  perder y mucho que ganar, levantaron la voz y con ella volvieron a demostrarle al mundo entero que los españoles sabemos levantarnos por nuestro propio pie, aún teniendo otro encima pisándonos la cabeza.  
En la placeta de les panses de Valencia, se reunía la gente para leer prensa y correo venidos de Madrid y de otras partes de España y es en dicha plaza donde se enteran que el rey había abdicado a favor del francés José Bonaparte. Imagínense el mosqueo de los allí reunidos. Casi ná. Si no las estaban pasando canutas en ese momento, como un jarro de agua fría echado por sorpresa en la cara, se enteraban que iban a tener franchutes para rato. Y claro, vino el mosqueo de los valencianos allí reunidos. La gente allí congregada empezó a recorrer las calles al grito de “Viva Fernando VII, Muerte a Napoleón” y se plantó en las puertas de la actual Generalitat Valenciana – antes casa de la audiencia- exigiendo al capitán general de la ciudad y a todos los nobles allí reunidos la guerra contra Napoleón, enviando de representante para conseguir tal acuerdo al franciscano padre Rico, acuerdo que no llegaba debido a las dudas de los más acomodados, a la clase alta que temía, indecisa, errar en tal decisión.
Y en medio de todo ese alboroto, de ese momento de exaltación, un humilde vendedor de pajuelas inflamables apodado El Palleter  por su oficio, en un arranque de ira y embravecido por la tensión allí creada, rompe su humilde faja en pedazos repartiéndolos con sus compañeros. Se queda él con el trozo más grande, le pega una estampa por cada lado, una de su virgen y la de todos los valencianos -la virgen de los desamparados- y por el otro, una estampa de su rey, Fernando VII, y haciéndose una bandera con ese retal y una caña, se dirige a la casa de papel sellado donde pide que se lo entreguen. El Palleter sale de la casa y, con un trozo de papel sellado en la mano, se sube a una silla y, rompiendo el papel, le grita a su pueblo, a los franceses y a todo aquel que estuviera delante ese día:
“¡¡ UN POBRE PALLETER LI DECLARA LA GUERRA A NAPOLEÓN: VIVA FERNANDO VII, I MUIGUEN ELS TRAIDORS!!”
(Un pobre palleter le declara la guerra a Napoleón, viva Fernando VII y mueran los traidores).
Imagínense la escena. Todos los nobles en sus casas, la gente humilde en la calle y un humilde vendedor de pajuelas echándole un par de cojones al asunto y declarándole la guerra a los franceses.
El resto ya lo sabemos. Tras el levantamiento valenciano se declaró ese mismo día la guerra a Napoleón y se declaró Rey de España a Fernando VII -guerra en la que la ciudad de Valencia resistió hasta dos asedios franceses, cayendo a la tercera y siendo ésta una de las últimas ciudades en caer en manos francesas-.
Ese día Vicente Domenech, El Palleter, fue el reflejo de una España harta de miserias, de abusos y de humillaciones. Pero también fue reflejo de la capacidad de los españoles de levantarnos cuando la cosa está más cruda, cuando estamos realmente jodidos. Donde otros hubiesen agachado la cabeza, nosotros la levantamos y le dejamos claro, al mundo entero, que estamos hechos de otra pasta. Acostumbrados a sufrir, a hundir a nuestros semejantes cuando vemos la ocasión y a corrompernos hasta la saciedad, si, pero también a pelear por lo nuestro. Hasta el final.   
Por eso siempre habrá esperanza en este país. Con crisis, con tasas de paro desorbitadas y con unos políticos siempre centrados en salvar el pellejo y llenar la faltriquera, siempre tendremos la opción de convertirnos en El Palleter, subirnos a una silla y plantar cara a todo aquel que nos intente pisar la cabeza. Sea del país, religión o partido político que sea.

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