Una a una fue pasando las páginas de aquel libro. Todos los primeros de mes, Martín repetía el mismo ritual. El olor que desprendían las hojas al desplazar el aire era único, algo mágico. Olían a recuerdos, a historias desgarradoras y a alegrías. A músicas de otros tiempos y a épocas doradas donde la gente compraba libros, regalaba libros. Leía libros.
A sus noventa años era el único ejemplar que le quedaba de papel y lo guardaba como un tesoro. De hecho lo era. De tapas duras y páginas amarillentas por el paso del tiempo, se trataba de una primera edición de una novela muy conocida de su autor, que no era otro que su padre. Esto le daba una importancia adicional al hecho de poseer un libro de papel, objeto por el que, en esa época, se pagaban auténticas fortunas.
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Todo se había acabado setenta años atrás. La fuerte crisis económica unida a la gran deforestación de árboles, el cambio climático y al avance de la electrónica había ayudado a que se promulgara, durante una cumbre mundial sin precedentes, aquella polémica ley por la cual ningún país estaba autorizado a crear cualquier artículo hecho de papel, derivado de un árbol. Y eso incluía libros. Todo quedaba reducido a libros electrónicos, ordenadores que acercaban a través de cualquier página web los contenidos de miles de escritores al salón de su casa.
Al principio hubo grandes revueltas. Medio mundo se puso en pie y rechazó de forma enérgica aquella prohibición. Pero la grave situación ambiental –creada por el ser humano– a la que se veía sometido el planeta era una excusa más que razonable para no talar más árboles. 
Los problemas económicos de todos los países del mundo y las posteriores guerras y épocas de carencias fueron solapando poco a poco esta tragedia hasta que finalmente, con el paso de los años y las decisiones políticas de  personas nacidas al abrigo de la electrónica, los libros habían pasado a convertirse en objetos de coleccionismo, de culto, para aquellos escritores que podían permitirse comprarse algún ejemplar y guardarlo en alguna vitrina del salón o para algún amante de artículos vintage.
El padre de Martín se lo dio, contando él veinte años, antes de irse a la guerra.  
Esta es mi herencia, hijo. Guarda este libro y siempre me llevarás encima.
Aquellas palabras de su padre, escritor de renombre obligado a alistarse en aquella injusta guerra, era lo último que recordaba de él. Eso y su silueta perdiéndose en aquella fragata de guerra.
Después de aquella despedida, se fue a vivir a Barcelona con su pareja. Semanas más tarde llegó la dolorosa noticia. Aquella fragata se había hundido en aguas del Atlántico y había más de quinientos desaparecidos. Entre ellos su padre. La persona a la que más había querido había sido engullida por el océano de la guerra. Y tan sólo le había quedado ese libro.
Con el paso de los años, ejemplares de todo el mundo fueron desapareciendo, robados por su valor, quemados por sus contenidos, cada ejemplar que desaparecía era una pieza única que jamás volvería a existir. Martín recibió varias ofertas millonarias por aquella novela que le regaló su padre pero no la vendió. Incluso en momentos difíciles en los que peligraba incluso su sustento diario, jamás pensó en la idea de deshacerse de él.  
Más adelante la vejez le abrazó y cogió, desde su retiro en aquella casa de campo, la bonita costumbre de abrir el libro una vez al mes y pasar las páginas, leyendo siempre un nuevo capítulo.
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Acarició las páginas del último capítulo del libro, el que ese día le tocaba leer. Deslizó suavemente las yemas de sus dedos por aquellas páginas, despacio, saboreando su textura, una textura que ningún libro electrónico podría ofrecerle nunca. Las olió nuevamente, aspirando hondo, hinchando sus pulmones de recuerdos. Y leyó.  
 Sus viejos ojos gastados le dieron una última tregua dejándole leer las últimas palabras escritas en aquella novela. 
A mi hijo Martín, siempre te querré  –rezaban.
Una lágrima se deslizó por su mejilla diluyéndose lentamente por los surcos de sus arrugas. Cerró el libro y lo apretó contra su pecho. Las manos firmes y una sonrisa dibujada en su cara. 
Martín exhaló por fin el aire de sus pulmones. Y con él, su vida.
Feliz día del libro.

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