A menudo, mientras leo sentado algún libro sobre barcos, batallas navales, terrestres o episodios históricos de esos que a un servidor le ponen la piel de gallina –existen infinidad de historias reales del pasado que desconocemos, dignas de la mejor novela de acción–,  imagino poder presenciarlos de cuerpo presente. Observar con mis propios ojos a Cosme Damián Churruca dirigiendo al San Juan Nepomuceno a la batalla de Trafalgar, a Napoleón visitando impotente esa España que jamás conseguiría domar, al gran Blas de Lezo –uno de los mejores marinos que ha dado este país y al que hemos condenado al olvido– luchando contra los ingleses por aguas del mar Caribe, a Luis Daoiz, Pedro Velarde o a otros muchos que tan buenos momentos, a los aficionados a la lectura histórica o naval, nos han dado. Y de repente, descubro que pequeños fragmentos de esas y otras muchas historias se encuentran debidamente ordenados en un fantástico lugar: el Museo Naval de Madrid. Tuve la suerte de visitarlo no hace mucho acompañado de una amiga y creo que es uno de esos lugares a los que siempre recomendaré su visita.
 
Al entrar en el Museo Naval uno tiene la impresión de haber viajado en el tiempo: maquetas de barcos españoles de diversas épocas –sobre todo de los siglos XVII a XIX–  están presentes a lo largo de todo el recorrido, algunas de ellas de dimensiones enormes y otras tan diminutas que cabrían en la palma de la mano. Cuadros con acontecimientos importantes como la conquista de las Indias o la batalla de Trafalgar –incluso uno donado al museo por el conocido pintor de batallas Ferrer Dalmau­– se alternan con otras pinturas y estatuas de conocidos personajes como los anteriormente nombrados Blas de Lezo, Churruca, Federico Gravina o Antonio Barceló. Quizá lo que más me llame la atención sea que al leer el nombre de Museo Naval, uno llega al lugar con la idea preconcebida de encontrarse únicamente con objetos relacionados con el mar y, si bien es cierto que por todas partes encuentras referencias navales, a lo largo del recorrido uno descubre cientos de objetos curiosísimos que nada tienen que ver con la navegación. De esta forma, podemos observar objetos singulares como un águila imperial de un estandarte del ejército francés –de las pocas que existen ya que los franceses las tenían en mucha estima y perderlas en el campo de batalla significaba una gran deshonra, por lo que daban la vida, si fuera necesario, con tal de no entregársela al enemigo–, una medalla masónica o la mesa donde, dicen, firmó Murat los fusilamientos del tres de Mayo que tan bien retrató Goya después y que podemos visitar en el  Museo del Prado.
 
Cuadros, mapas, estatuas, barcos, medallas, exposiciones permanentes y otras pasajeras, una gran escalera de mármol –preciosa, de visita obligada–, hasta la recreación de la cámara de un comandante del siglo XIX, todo es posible en el Museo Naval. Si uno quisiera verlo en profundidad, observar y apreciar todos sus tesoros, necesitaría horas, días enteros para verlo por completo. En mi caso no contaba con todo el tiempo que me hubiera gustado tener por lo que me hice la firme promesa a mí mismo de regresar a esos pasillos repletos de historias sorprendentes, de pedazos de vidas pasadas, de recuerdos de personas que dieron hasta su vida cuando fue necesario y que, de no ser por este museo y las personas que día a día lo mantienen, habrían caído en el olvido.
 
En una época donde la ausencia de cultura es el pan de cada día, donde anteponemos las prisas a la paciencia, el Museo Naval resiste, como puede, el paso del tiempo. Dispuesto a mostrarle a todo aquél que se interese por la historia de nuestro país, por la historia de nuestros antepasados, un pedacito de lo que fuimos y a comprender hacia dónde vamos y en qué nos estamos convirtiendo. Los museos son los grandes olvidados de nuestra era y quizá, si dedicásemos unas horas de nuestra vida a visitarlos, descubriríamos que las puertas a mundos fantásticos, al infinito universo de nuestra imaginación, los tenemos a la vuelta de la esquina y eso, por suerte, no se puede comprar con dinero.
 
 
Os recomiendo seguir en Twitter a @Museo_Naval. Os hará pasar muy buenos momentos.
 
 
Luis Sans.
Twitter: @kikolo777
Estatua de Blas de Lezo
Mesa donde supuestamente Murat firmó los fusilamientos del tres de Mayo

 

Pistolas regalo de Napoleón a Churruca
Águila del ejército imperial francés.
Recreación de la cámara de un comandante en un navío del S. XIX
Antonio Barceló.

 

Sala central.

 

Maqueta del Santísima Trinidad, buque insignia en la batalla de Trafalgar.
Cosme Damian Churruca

 

Entrada al museo.

 

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