El rostro redondo de aquel hombre que reía con fuerza junto a seis contertulios aceleraba sus pulsaciones y provocaba un extraño temblor en sus dedos, mezcla de miedo y fallos musculares, resultado de las torturas continuadas a las que había sido sometido. Mientras le oía alardear de la redada efectuada la noche anterior, en la que se había detenido a tres comunistas y cuyo saldo final había sido la nada desdeñable cifra de diez ingresos en el hospital por golpes y contusiones de diversa consideración –al entrar la policía política en el local donde se hicieron las detenciones, un grupo de estudiantes que solía acudir al centro se interpuso entre los detenidos y los grises, llevándose la peor parte aquella noche–, su garganta se secaba y el oxígeno llegaba a ritmos inconstantes. Debía alejarse de allí o  acabaría matándolo. Sin embargo, el motivo de su visita a ese bar era precisamente lo contrario, pretendía impedir un asesinato del que se sabía capaz, intentar borrarlo de su mente. Quería verlo por última vez, cruzar una última mirada con el que había sido su torturador, su cazador particular, el cual, en lugar de matar a su presa, había empezado devorándole el alma, dejándola viva para que observase su propio ocaso, utilizando como arma el más oscuro y sórdido de los miedos.
 
–Otro Chacolí, por favor.
 
La cara de Iñaki se mostraba descompuesta. Una mezcla de amargura e impotencia dibujaban sus ojos, como si hubiera visto al mismísimo diablo.
 
–Son tres pesetas –dijo el camarero, mirándolo a los ojos preocupado–. ¿No es de por aquí, verdad?
 
–Aquí tiene, sus tres pesetas –sentenció Iñaki.
 
El camarero no preguntó más y siguió a lo suyo, dando por zanjada la conversación. Tras muchos años trabajando detrás de la barra del Bar Regio, conocido en San Sebastián por albergar cada tarde al brazo derecho del gobernador civil y sus compañeros más cercanos, había aprendido que en boca cerrada no entran moscas y que, cuanto menos sabe uno, menos tiene que hablar.
 
Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político Social de San Sebastián, seguía riendo y fanfarroneando, ajeno al particular invitado que ocupaba, a escasos tres metros suyos, la misma barra de bar sobre la que descansaba su brazo.
 
–Este país lo vamos a limpiar de rojos antes de lo que os pensáis –dijo en voz alta, dando una palmada sobre la barra.
 
La voz era grave, varonil. También era autoritaria, reflejo de un hombre acostumbrado a mandar y a ser escuchado aunque para ello fuera necesario emplear la fuerza, lo cual ocurría con relativa frecuencia.
 
Los seis policías que acompañaban a Manzanas elevaron sus copas, brindando sonrientes tras lo dicho por su superior.
 
–Que así sea –gritó uno de ellos, haciéndose oír en todo el local.
 
Al autor del último grito, Iñaki lo conocía bien. Era Eloy Palomo. Trabajaba a las órdenes de Manzanas y había torturado –junto con el propio Melitón– a María, una mujer bellísima que había conocido tiempo atrás, durante una asamblea comunista convocada, de manera clandestina, en el sótano de una librería del casco viejo de San Sebastián.
 
Por un momento, Iñaki imaginó a aquella mujer en manos de aquel hombre que alzaba la copa sonriente, henchido de orgullo. Recordó las palabras entrecortadas de la joven comunista al relatar su paso por la comisaría. Cómo la habían desnudado, sometiéndola a toda clase de humillaciones. Agresiones verbales y físicas que, seguramente, habrían salido a relucir en los comentarios jocosos y desairados de aquel grupo de animales –era incapaz de llamarlos hombres– que tenía ahora mismo a escasos metros. Aquel día, después de la narración de María, los dos terminaron borrachos, abrazados en la puerta de la librería. Llorando.
 
 
***
 
 
 
Iñaki apuró el vaso de chacolí y sin levantarse de la silla se giró descaradamente hacia Melitón, que seguía riendo y elevando la voz junto a sus compañeros. Lo observó durante unos minutos que parecieron años. El policía era un hombre hosco, ceñudo, de frente despejada y grandes orejas curvadas hacia delante. Era ancho de espaldas, estatura media y brazos poderosos. En sus manos se podían apreciar desde lejos algunos cortes, arañazos. No quiso detenerse a pensar cuál habría sido la causa de esos signos en su piel, aunque olían a desesperación, a intentar zafarse del diablo. Melitón vestía una gabardina blanca y una boina negra, lo que le imprimía un aire muy peculiar y siniestro. La misma gabardina que solía dejar pausadamente en una percha de madera antes de comenzar sus interrogatorios en la comisaría de Irún. Iñaki fue torturado en Irún, antes de que Melitón fuera destinado a San Sebastián. Recordaba  con toda profusión de detalles cada segundo en aquella mazmorra y las palabras de Melitón cuando comenzaban los interrogatorios. También recordaba cómo cada mañana, los cinco días que pasó en aquella sala, se repetía de idéntica manera el mismo ritual llevado a cabo por su interrogador.
 
Melitón llegaba siempre a las ocho de la mañana, puntual como un reloj suizo. Previamente a Iñaki lo despertaban con un cubo de agua fría y esposaban a la silla de la sala de interrogatorios de la comisaría, en calzoncillos y completamente descalzo –jamás olvidaría ese frío húmedo que recorría su cuerpo ascendiendo por la planta de sus pies–. Al llegar a la sala, en absoluto silencio, Melitón caminaba directo a la percha de madera situada en la esquina derecha, se quitaba la gabardina y con mucho esmero la colgaba en uno de los ganchos. Luego se quitaba la gorra y repetía la operación con idéntico cuidado. Quien hubiera visto a ese hombre tratar de esa manera su ropa jamás habría creído que fuera un torturador. Todo formaba parte de  una estrategia psicológica, una forma de impresionar al detenido, de desconcertarlo hasta quebrar su voluntad, de eso se trataba. Una vez había dejado su ropa colgada, el policía se sentaba sobre la mesa metálica que había frente a Iñaki y hablaba al joven con un tono pacífico, amigable.
–Buenos días, Iñaki. Ya sabes por qué estás aquí.
 
Melitón miraba fijamente al joven, el cual tiritaba a causa del frío. La verdad es que Iñaki no sabía bien cuál era la causa de su detención. Por su cabeza pasaban fugazmente todos los actos que podían haberlo llevado allí pero ninguno tenía la importancia suficiente, al menos para él. Había hecho alguna pintada en la calle y participado en una asamblea clandestina sin importancia con sus compañeros de universidad, donde habían tratado temas banales sobre progresismo y libertades. El motivo de que la reunión fuera clandestina era evitar miradas ajenas, las cuales desembocaban siempre en problemas, derivados en su gran mayoría de envidias y odios internos, de rencillas y venganzas tan en auge en aquellos tiempos de posguerra.
 
–La verdad es que no sé por qué estoy aquí, se lo juro.
 
La voz temblorosa de Iñaki contrastó con el sonido seco de la mano del policía impactando sobre su cara. Una sonrisa se dibujaba en el resto de policías que presenciaban la escena.
 
–Muchacho, como comprobarás la paciencia no es una de mis virtudes –Iñaki levantó la vista hacia su interlocutor, horrorizado–. Necesito los nombres de tus amigos. Está en tus manos colaborar o pasar un tiempo aquí el cual, te aseguro, se te va a hacer muy largo.
 
 
Al segundo bofetón, el miedo sustituía al aire en aquella sala de los horrores. Se respiraba miedo, se exhalaba miedo, se palpaba el miedo y el miedo te tocaba a ti. Porque el miedo era, en su máxima expresión, el comisario Melitón Manzanas.
Iñaki se había meado encima. Una gran mancha de orina se dibujaba en la ropa interior del joven que, asustado, no paraba de repetir una y otra vez las mismas palabras: no sé qué hago aquí, no he hecho nada. Las risas de los funcionarios en aquél oscuro lugar contrastaban con los débiles lloros del joven vasco que, golpe tras golpe, se derrumbaba. Melitón conocía el método y lo dominaba a la perfección. Conocía perfectamente las consecuencias y estados que atravesaba una persona ante los golpes, gritos e insultos continuados, cómo doblegar y anular a una persona. Sabía diferenciar las fases que cualquier hombre o mujer atravesaban y repetía una y otra vez esos pasos para lograr su objetivo, sin el menor remordimiento.
 
En la primera fase el torturado mostraba cordialidad, intentaba razonar con su inquisidor, el cual seguía golpeándole hasta que el terror se apoderaba de la persona. La segunda fase era la ira, la desesperación: el interrogado negaba con violencia, se defendía, proclamaba su inocencia hasta llegar a la extenuación, atenazado por el miedo y los golpes infligidos. Tras múltiples desmayos, humillaciones y vejaciones llegaba la última fase, la más reveladora. Se quebraba por completo la voluntad de la persona: si sabía algo seguramente lo diría y si no lo sabía, en la mayoría de los casos, se inventaría algo –nombres, lugares, hechos– con tal de conseguir frenar aquél infierno. Melitón sabía que en la mayoría de los casos esos nombres eran fruto de la desesperación, pero no le importaba. Era más trabajo. Más medallas.
Iñaki se encontraba en la última fase. Cigarros apagados, bofetones, gritos e insultos habían sido la única moneda de cambio con las personas que le mantenían en aquél agujero. Estaba desesperado. Lo despertaban a mitad de noche con un cubo de agua fría, le preguntaban, luego le metían en la celda y le mantenían despierto con tres grandes focos de luz que impedían que conciliase el sueño. Llevaba cuatro días allí y parecían años. Sólo quería salir. Lloraba, susurraba palabras sin sentido. Y finalmente, habló.
 
–Malditos fantasmas –susurraba con los dientes apretados Iñaki, recordando al joven Andoni Arraiza.
 
Había dado el nombre de aquel joven a Melitón  Manzanas. Lo había mandado directamente a los brazos de un monstruo, algo que no se perdonaría jamás. Conocía a Andoni de vista, había hablado con él dos o tres veces pero fue su imagen la que surgió de los abismos de su conciencia cuando la desesperación le empujaba a decir un nombre, el que fuera. Podría haber sido cualquiera, pero fue él. Sabía que Andoni estuvo varios años con tratamiento psicológico –igual que él– intentado superar lo vivido aquellos días, los peores días de su vida. Jamás fue capaz de contárselo. Jamás fue capaz de, cuando lo observaba con la mirada perdida sentado en el banco de un parque, acercarse y decirle la verdad, por qué había acabado allí, quién era su verdadero verdugo. La vida, a medida que pasan los años, va señalando con marcas de fuego acciones que no tienen marcha atrás, grandes espinas alojadas en lo más profundo de nuestra alma, indelebles. Aquella sería la espina más grande de Iñaki.
 
 
***
 
 
Melitón apuró el último trago, dejó el vaso vacío sobre la barra y se enfundó su gabardina y gorra, dispuesto a marcharse del local. Estrechó con fuerza las manos de sus compañeros, que seguían bebiendo, y abandonó el local en compañía de Eloy Palomo. Iñaki se puso la chaqueta y siguió los pasos de los dos hombres, que giraron por la calle Erripidea. Continuaron por la calle Andia hasta llegar a la plaza de Cervantes, donde el inspector se despidió de Eloy Palomo, que dio media vuelta y subió calle arriba hasta un patio cercano, cruzándose con Iñaki que les seguía desde unos cincuenta metros.
 
Fue sólo un instante, un simple cruce de miradas que mantuvieron por unos segundos, aunque a Iñaki le parecieron años. Un frío temblor atravesó el cuerpo del joven al pensarse descubierto. Sin embargo, Eloy Palomo había mirado al joven con el mismo gesto de desconfianza con que miraba a cualquier desconocido que se cruzase en su camino. Pintadas deseando su muerte por algunas paredes de San Sebastián le mantenían siempre alerta cuando paseaba por las calles, más aún en compañía de su jefe. Medio San Sebastián conocía su trabajo y, aunque el miedo era el arma más poderosa de aquellos hombres, se empezaban a fraguar conatos de violencia por la opresión policial que indicaban la llegada de una nueva guerra contra ideas contrarias al régimen.
 
Iñaki continuó calle abajo hasta llegar a la plaza de Cervantes y giró a la izquierda, al igual que el inspector. Los dos se internaron en el Paseo de la Concha, cuya playa estaba desierta por el frío. Iñaki siguió al inspector a cincuenta metros hasta que éste se paró sobre la barandilla del paseo, observando el mar. Visto desde lejos Melitón parecía un bohemio, un hombre que amaba su ciudad. La candidez de su mirada cuando observaba la playa, el mar, poco tenía que ver con esa sonrisa cínica, de hiena, que regalaba a los torturados tras los primeros golpes.
 
Iñaki frenó en seco a unos diez metros del hombre, que ajeno a su presencia continuaba mirando al infinito. Por fin lo tenía delante, a solas. Había esperado ese momento desde hacía años, había soñado con ese momento. Tenía delante al hombre que había arruinado su vida, lo tenía a escasos metros de él, indefenso. Iñaki había imaginado cientos de veces qué hacer llegado el momento. Por su cabeza habían pasado infinidad de cosas; secuestrarle y tenerle retenido durante varios días, torturándolo, matarle, hacer daño a alguien de su familia e incluso quitarle la vida con él. Sin embargo todas estas ideas desaparecieron pronto de su mente. Sabía que era ponerse en su lugar. Sabía que eso significaba convertirse en el mismo monstruo del que había estado huyendo toda su vida, además del pretexto perfecto, la excusa con la que todos sus compañeros y partidarios le alzarían al lado de los mártires, a los cielos,  y jamás se perdonaría semejante regalo. No quería matarle, quería mirarle a los ojos, tenerle frente a frente en igual condición. Quería ver a la persona, no al monstruo, explorar esa alma oscura y buscar algo que le revelase la presencia de humanidad, por poca que fuera. Algo que demostrase que cualquier ser humano podría ser Melitón Manzanas bajo las mismas circunstancias sociales, cultura y educación. Sólo así podría comprenderlo. Sólo así podría perdonarlo.
 
Iñaki se acercó al inspector. Tenía las manos frías, tensas. Una gota de sudor se formó en segundos. Los nervios obligaban al joven a apretar la mandíbula con fuerza, sin embargo todo ese desasosiego se disipó al instante al frenar en seco junto a él.
 
–Señor –dijo Iñaki con voz firme y serena.
 
Melitón se giró y observó al muchacho, que lo miraba fijamente a los ojos. Al contrario que Eloy Palomo, la mirada del inspector no era de recelo, todo lo contrario. Melitón no solía desconfiar porque se creía dueño y señor de San Sebastián y, por qué no, de todo el País Vasco. Se creía una especie de libertador a las órdenes de Francisco Franco y sabía que cualquiera que osara a pensar de manera contraria encontraría la muerte o, en el mejor de los casos, una visita a su comisaría, lo cual no era tampoco muy buena alternativa. Observó durante unos segundos a Iñaki de arriba abajo. El joven le sonaba de algo, aunque no lograba recordar muy bien de qué. Descartó rápidamente la opción de que fuese un torturado, se había cruzado varias veces con algunos de ellos y rápidamente cambiaban de acera asustados, por lo que se relajó aún más y finalmente respondió.
 
–Dime, muchacho.
 
Iñaki se estremeció. Melitón no era capaz de reconocerlo; el hombre que había plagado su vida de miedos y fantasmas estaba frente a él y no lo reconocía. Pensó fugazmente cuantas personas habrían pasado por sus manos para no recordarlo. Sin embargo, mantuvo el tipo.
 
–Disculpe, me gustaría hacerle una pregunta. Me gustaría que contestase con total sinceridad, por favor. Es muy importante para mi.
 
–Dispare –dijo Melitón sonriendo, esperando alguna pregunta profesional,  relativa a su oficio como policía.
 
Iñaki respiró hondo y preguntó al inspector, mirándolo fijamente a los ojos.
 
– ¿Es usted feliz, señor?
 
Los ojos de Melitón atravesaron a Iñaki. Por un momento fugaz pasaron por su mente las decenas de hombres y mujeres que habían pasado por sus manos. Ese miedo que había infligido a tantas almas y que, poco a poco, había ido apoderándose también de la suya. Ahora sabía quién era Iñaki. Y le aterraban los ojos serenos de aquél hombre, su mirada tranquila que no pedía venganza, sino sinceridad. No era necesaria la respuesta, ya estaba dada. El tiempo empleado en responder, la ausencia de palabras y aquella mirada perdida: Melitón claudicaba ante aquella pregunta. Ante aquella flecha sincera y directa contra su alma.
 
–Lárgate, muchacho.
 
Iñaki se alejó sonriendo. Tranquilo, relajado. Era una tarde fría y sin embargo, aquella paz interior que hacía años que no sentía, por fin le confortaba. Siguió andando por el paseo, admirando la belleza de aquella playa mientras Melitón, cabizbajo, observaba cómo se alejaba.
 
 
Al cabo de tres días, Melitón Manzanas fue asesinado por la organización terrorista ETA, convirtiéndose en la primera víctima de la banda terrorista.
Iñaki se enteró ese mismo día de la noticia. El etarra Izko de la Iglesia había acabado en Irún con la vida del inspector y casi acaba con la de su mujer. Iñaki confirmó una vez más esa idea que sostenía después de ser torturado, y que también  volvió a confirmar tras sus breves palabras aquél día en San Sebastián con el inspector: todos podemos convertirnos en Melitón Manzanas.
 
 
 
Enero de 2001.
 
Iñaki Aztua Sekornati abre el periódico como cada mañana desde hace veinte años. El gobierno de Jose María Aznar ha decidido conceder la medalla del mérito civil a Melitón Manzanas, a título póstumo. Cierra el periódico, coge su coche y acude al bar Regio, en San Sebastián. Se apoya en la barra y pide un chacolí, mientras mira con ojos cansados al viejo camarero. Sonríe. Serán dos euros.
 
 
 

Este relato es de ficción. Sin embargo, algunos de sus personajes existieron y algunos hechos narrados son ciertos.


Este relato está dedicado a María Mercedes Ancheta, Joxe Mari Quesada, Marcelo Usabiaga, José Miguel Calvo Zapata, José Ignacio Huertas Miguel, Víctor Lecumberri, Roberto Cámara, Jesús María Cordero Garmendia, Jerónimo Gallina, Pedro Barroso Segovia, Javier Lapeira Martínez, Regino González Moro, Jorge González Suárez, Francisco Parra, Gaspar Álvarez Lucio, Manuel Mico Bartomeu, Nicolás Txopitea Paradizabal, Esteban Huerga Guerrero, Victoria Castan del Val, Mario Onaindia Natxiondo, Jone Dorrondoso, Ramón Rubial, Timoteo Plaza, Amanci Conde, Juan Agirre, Auspicio Ruiz, María Villar, Carmen Villar, Luis Martín Santos, José Luis López de Lacalle, Xabier Apaolaza, Ildefonso Pontxo Agirre, José Ramón Recalde, Julen Madariaga, Rafa Albizu, María Jesús Muñoz, Félix Arrieta, Juan José Sainz y a todas las personas que fueron torturadas por Melitón Manzanas durante la dictadura. 

Este relato está dedicado a todas aquellas personas que en algún momento de su vida han sido torturadas, violentadas o han visto mermadas sus libertades en su defensa por un derecho fundamental de cualquier hombre o mujer de este mundo: la libertad.

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