Una nueva pila de libros comenzaba a formarse junto a la mesa que partía en dos el salón de su casa. Cientos de libros abrigaban su hogar desde hacía décadas; desde simples cuadernos de fotografía hasta ensayos, escritos propios o novelas. Como cualquier ávido lector tenía sus preferencias, en su caso el género que más solía comprar eran los libros de historia. Aquellos relatos de tiempos pasados le solían transportar a épocas donde palabras como honor, pasión o principios gozaban de un valor e importancia mucho mayor a la época que le había tocado vivir. Disfrutaba sumergiéndose en las calles del Madrid de mil ochocientos ocho, recorriendo con la turba enfurecida las calles, defendiendo Monteleón de la mano de Luis Daoiz o viendo la frustración de un ilustrado Bonaparte al que se le escapaba de las manos ese maldito carácter de aquellos cetrinos hispanos a los que ni el miedo ni la sangre hacían entrar en razón. Surcaba los mares a bordo del Príncipe de Asturias observando emocionado  desde sus páginas a Federico Gravina darse estopa con los ingleses en Trafalgar, conquistaba nuevos mundos de la mano de Bernal Díaz del Castillo ­–fiel soldado de Cortés al cual acompañó en todos sus viajes y dejó constancia en su magnífico libro Historia verdadera de la conquista de la nueva España– o simplemente caminaba expectante por el camino español junto a los tercios de Flandes, camino de Pavía, Bicoca o Rocroi. Tampoco le era ajena la historia contemporánea: fiel devoto de la generación del veintisiete, devoraba versos de Lorca, Guillén, Cernuda o Dámaso Alonso e incluso viajaba, sentado en su viejo y gastado sofá, por la formidable mente de María Zambrano. Así pasaba los días, comprando libros, amontonando libros. Y viéndola a ella.
Carlota colocaba pacientemente en la estantería de su librería los nuevos ejemplares que había recibido por la mañana. Metódicamente ordenaba por géneros cada uno de ellos, colocando en la parte central, más visible, los que pensaba que podían tener más repercusión entre sus clientes. Solía leer el prólogo de cada libro antes de ubicarlo en su lugar, de esta manera descubría volúmenes que pasaban sin pena ni gloria a los ojos de los lectores pero que ella degustaba como manjares exóticos traídos de los cinco continentes y servidos directamente en la mesa de su pequeña librería. Casada desde hacía ocho años y con dos hijos, su vida pasaba tranquila, feliz, sin mayores sobresaltos de los que podían significar alguna reclamación por un pedido que no llegaba o  pequeños hurtos de algún descuidero que aprovechaba los frecuentes momentos en los que absorta a todo, se sumergía en la lectura de algún ejemplar recién arribado.
Desde hacía tiempo había entablado amistad con Fernando, un hombre mayor que ella que pasaba con frecuencia a comprar libros de todo tipo, con especial interés por los de historia. Solían sentarse a menudo en el patio interior de su pequeña librería a comentar los títulos recién adquiridos y leídos por ambos. Desgajaban y extraían uno a uno, como expertos cirujanos, los entresijos y momentos formidables de todos los ejemplares que caían en sus manos y entre cafés y cigarros liados, reían o lamentaban según la opinión que cada uno tenía de lo vivido tras la lectura. Se fueron sucediendo los días y cada vez las visitas se tornaron más frecuentes; al principio semanales, luego se sucedían cada dos días y finalmente, diarias. Carlota esperaba anhelante que Fernando cruzase la puerta de su librería al caer la noche, siempre a la misma hora, las ocho de la tarde. Había comprado una cafetera más grande para evitar un gasto innecesario en el bar y una vieja estufa de butano –regalo esta última de Fernando– para las frías noches de invierno. Habían convertido sus reuniones en un rito secreto, mágico, donde todo debía estar en su lugar adecuado para que nada ni nadie les interfiriera. Durante aquellas largas conversaciones ambos desnudaban su alma, sus pensamientos, sin atisbos de censura, entregados el uno al otro con total confianza, sabiéndose escuchados y disfrutados de manera recíproca, sintiéndose los guardianes de un oculto tesoro en forma de libros y sentimientos  al que el resto del mundo era totalmente ajeno.
Aquellas reuniones diarias dieron paso a caricias de manos, a miradas furtivas a unos ojos que brillaban como luceros sintiéndose observados, a besos robados, a largas jornadas de sexo a puerta cerrada, tumbados en el suelo, apoyados entre montañas de libros, en cuartos de baño.  Fernando recorría despacio su cuerpo, saboreando cada centímetro de aquella librera menuda, de pelo alborotado y ojos almendrados. Al finalizar sus encuentros, cerraban la tienda y dos besos en sus mejillas sellaban sus despedidas hasta el día siguiente.  Se fueron sucediendo los días y con ellos sus encuentros, siempre a la misma hora. Se divertían formulando hipótesis, teorizando sobre qué habría sucedido si se hubieran conocido años antes, cuando ella no estaba comprometida y él aún no había pasado por su matrimonio y posterior divorcio. A veces simplemente leían y se besaban, otras veces el olor a sexo inundaba la estancia e incluso esa complicidad que les abrigaba conducía a sacar su fuerte carácter que les había llevado, en más de una ocasión, a mantener acaloradas discusiones por diferentes motivos en las que se habían jurado y perjurado no volverse a ver nunca más. Todo era en vano: al día siguiente, a la hora señalada, Fernando volvía a cruzar la puerta de la librería y todo volvía a empezar, como si de una primera visita al paraíso se tratara.
Tras diez meses viéndose a diario Carlota, consciente de su situación y temerosa de perder a su familia y con ella su vida perfectamente ordenada, decidió en la última visita de Fernando hablar con él  y cesar sus encuentros. Los dos eran conscientes de que algún día debía llegar el momento y Fernando, con la mejor y más falsa de sus sonrisas, aceptó sin pedir explicaciones a la librera su decisión. El alma de ambos se desgarró cuando se despidieron, negándose a girar la vista, a intentar, quizá por cobardía, quizá por el absoluto respeto que se profesaban,  convencer al otro de romper con sus vidas y terminar sus días juntos.  Un último tren cruzó la puerta de la librería por última vez y sus vagones marcharon vacíos, como vacías quedaron sus almas.

Se sucedieron los años. Fernando siguió adquiriendo y devorando libros y apilándolos en su casa. Viajó por cientos de países, se casó y divorció nuevamente. La gente que lo conoció dice que siempre sonreía pero su mirada no reflejaba su cara. Un ademán de melancolía siempre le acompañaba.
Por su parte, Carlota tuvo menos suerte. Tuvo un hijo más y durante quince años siguió regentando la librería; luego, una enfermedad degenerativa le fue dejando sin movilidad y finalmente postrada en una cama. Al cabo de dos años, Carlota murió. Su marido jamás comprendió porque hasta su muerte la vieja librera llevó en su muñeca un reloj detenido hacía veinte años en una hora: las ocho de la tarde.
Todos los años, en el aniversario de su muerte, un anciano que nadie conoce se acerca a la misma hora exacta a su tumba y deja allí un libro usado con sus páginas ocres por el paso del tiempo. Siempre a las ocho de la tarde. Todos los años, en la tumba de Carlota, un libro se abre empujado por el viento.




Compártelo

Comparte este post con tus amigos