Los tiempos cambian, de eso no hay duda. Y cuando un servidor empieza a cumplir años se da cuenta de aquello que decían sus padres de que el tiempo pasa muy deprisa, qué buenos fueron aquellos tiempos y demás nostalgias del pasado es algo totalmente cierto. A veces los tiempos cambian para bien, mejorando las costumbres o escenas del pasado. Otras veces –por desgracia, las más numerosas- las cosas cambian a peor. O aún cambiando a mejor uno prefiere la manera antigua de hacerlas, porque no siempre lo moderno o lo más cómodo es lo preferible. Como diría Jorge Manrique – poeta Español enterrado en el monasterio de Uclés,  patria chica de mi abuela y donde voy siempre que puedo – cualquiera tiempo pasado fue mejor.
En definitiva, las cosas a veces es mejor no tocarlas. Y esta sensación de nostalgia, de ver como el paso del tiempo borra recuerdos y lugares, la sufrí hace poco viendo imágenes de otro sitio donde he pasado muchos y muy buenos momentos.
Desde pequeño he tenido la gran suerte de viajar en numerosas ocasiones. Con mis tíos por toda España,  con mi padre he aprendido a querer Castilla la Mancha, a beber de sus colores y olores. De la mano de mi madre y mi padrastro por Europa, Andalucía e incluso he tenido el gran privilegio de vivir unos años en Melilla. Ya independizado he recorrido Europa, Méjico y a todos los sitios donde he podido ir – o mi bolsillo me ha permitido-.
De todos estos sitios, el otro día recordaba con nostalgia La Virgen de la Vega. Es –o era- una pequeña población a las faldas del municipio de Alcalá de la Selva donde yo he veraneado muchísimos años con mis tíos.
Recuerdo cuando era pequeño lo que era veranear allí. Para llegar desde valencia recorríamos una tortuosa carretera por la que, en determinadas épocas del año –en invierno, cuando llegaba la nieve- era casi imposible pasar. Recuerdo llegar con el coche –un ciento treinta y uno supermirafiori- a la casa que teníamos y tener que hacer hueco en la nueve con una pala para llegar  la puerta. Casa, por cierto, con una gran chimenea en el salón que hacía de punto de  reunión  a la gente que allí hubiere. El motivo es fácil de adivinar. En el resto de la casa hacía un frío que se helaban hasta las ratas. Esa vieja chimenea eficaz como la más moderna de hoy en día, servía además de entretenimiento en los días de lluvia a todos los niños de la casa. Allí se asaban castañas. Se fundía plomo recogido de las tuberías de alguna casona abandonada para hacer figuras o se echaban piñas cerradas para dar algún susto a los mayores.
También recuerdo que al ser un sitio de alta montaña las posibilidades para un niño de doce años eran infinitas. Bajar al rio cercano a coger truchas a mano –aún hay gente que esto no lo cree-, escalar la montaña cercana, vaciar la charca donde pastaban los animales de alguna masía o capellanía cercana con el único objetivo de coger ranas, hacer cabañas de madera con los cientos de troncos que se apilaban en las casas, lanzar piedras a los toros que pastaban en algún campo cercano y correr como alma que lleva el diablo si te veía el ganadero. También recuerdo las peleas con los hijos de algún vecino, coger serpientes y todo bicho superior a dos centímetros, tirarse con un plástico en invierno por los cortafuegos practicados en el majestuoso monte Peñarroya o venderle palomitas a las señoras que salían de misa –aquí ya apuntaba maneras de comercial-.
Como es normal, todas estas actividades tenían daños colaterales y se saldaban de vez en cuando con alguna brecha en la cabeza, algún brazo partido u ojo morado. Pero no nos preocupaba, éramos niños. Y nuestros padres eran conscientes de esto. Por supuesto, ningún tipo de videoconsola u ordenador nos quitaba el sueño. Entonces, lo que le quitaba el sueño a un chaval de mi edad era ver nevar, cenar por la noche un bocadillo con los amigos o hacer excursiones en bicicleta.
Alguna vez tuvimos que pedir a algún labrador que pasaba con el tractor el favor de llevarnos a casa. Como salvoconducto utilizábamos el nombre del padre o de la madre –en mi caso de mi tío- y, una vez identificado el familiar, nos llevaban a nuestra casa en el medio de transporte que se pudiera utilizar. Y por supuesto, con total confianza.
Por desgracia, al hilo de lo que afirmaba al principio del artículo, los tiempos cambian.
 Uno ya no puede fiarse de dejar que su hijo se suba al coche de un desconocido. Coger animales está prohibido porque casi todos son especies protegidas –gracias, como es costumbre, a la acción del hombre-, los niños ya no pueden vaciar charcas porque casi no quedan ranas en ellas ni pueden coger serpientes o caerse de la bici sin que sus padres corran el riesgo de enfrentarse a una demanda por imprudencia temeraria. Ni qué decir tiene de las peleas con los hijos de los vecinos. Esto ya no se resuelve con un café –o varias copas- en casa del vecino, ahora se resuelve en los juzgados. Y si se puede rascar algo, mejor que mejor.
Los ríos ya no tienen truchas que coger, no hay plomo en las tuberías y las chimeneas funcionan con gasoil y si son con leña, modernas y cerradas para que los niños no metan la mano. Las carreteras están en perfecto estado y nieve, llueva o truene, se pasa con extremada facilidad por ellas, gracias al buen asfalto y a los buenos coches.

Hoy en día la Virgen de la vega es un lujoso pueblo cuna de los deportes de esquí de la provincia de Teruel y donde acuden miles de personas al año a esquiar por las flamantes pistas del vecino monte Peñarroya. Aquel monte mágico por el que yo me tiraba de pequeño, sorteando pinos y sentado en un plástico. El pueblo ha tenido una gran expansión y donde antes había toros pastando ahora hay hoteles y lujosas urbanizaciones. Los niños no se alejan de sus padres y se sientan en algún banco cerca de sus padres a jugar con sus ordenadores portátiles y sus consolas de juegos. Los campos donde corría valen millones de euros y los dueños de las casas no se pueden permitir grandes terrenos anexos a las mismas. Por las carreteras donde antes corría solo con mi bicicleta esperando la ayuda de algún labrador ahora pasan grandes autobuses llenos de turistas ávidos de practicar algún deporte de nieve y comprar en las tiendas cercanas ropas de las mejores marcas.

Soy consciente que el desarrollo de los pueblos contribuye a un mayor beneficio económico de los mismos. Que el fomentar el turismo aumenta los ingresos y la calidad de vida del lugar en cuestión. Que todo se construye de manera ordenada y homologada y existen leyes para protegernos de casi todo –o todos-.  También admito que todos tenemos derecho a disfrutar de los bellos parajes que ofrece nuestro país con todas sus comodidades.

No me gustaría volver a la Virgen de la vega. No quiero verla así. Sé que es un gran pueblo conocido por su turismo invernal y con grandes expectativas de futuro. Me da igual. Me reservo el derecho a recordarlo a mi manera. Pequeño. Aislado. Seguro. Con esos pequeños detalles que lo hicieron tan especial para un chaval de doce años. Quiero que siga así en mi cabeza. Y que los demás disfruten de cómo es ahora. Yo prefiero, en esos momentos, saborear mi pasado. A fin de cuentas, eran otros veranos.

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