Hace unos días, mientras hablaba con mi abuela Remedios -noventa y cuatro años de sabiduría corriendo por sus venas y una de las personas que logran hacerme sonreír cada vez que la tengo cerca-, no pude evitar encontrar cierta semejanza entre las personas y los libros.

En la misma línea, la vida sería un libro en blanco el cual va siendo escrito por nuestros actos, nuestras  vivencias y experiencias ocurridas a traves del tiempo, llenando de esta forma páginas del mismo.

A mis treinta años ya soy dueño de un pequeño pasado, ya tengo escrito parte de mi libro y aún me quedan -si Dios, Ala o la divinidad de turno quieren- algunas páginas más por escribir.
Pero mi abuela tiene noventa y cuatro años y eso significa disponer de un libro bastante más grueso que el mío. En su libro habrán páginas leídas – o escritas- ya por mi y otras muchas, muchísimas, que yo ni he escrito ni he leído. Por esto mismo, siempre que la tengo a mi lado le dejo hablar. No hay mayor placer que escucharla. Da igual el tema. Cosas triviales, a veces. Otras veces, temas más serios. Sea cual sea la conversación, siempre aprendo. A modo de gran enciclopedia, voy leyendo en ella sucesos históricos, hechos cotidianos que nadie sabía explicar mejor que quien los ha vivido. 

Hace un tiempo, hablándole de la insurrección contra los Franceses en ese mayo de mil ochocientos ocho, me contaba que había escuchado a su abuela decir que en Requena -tierra del vino y la almendra, donde ha nacido y que tanto ama- a los Franceses no los quería nadie y que, cuando pasaban en formación bajo las casas, la gente  lanzaba desde los balcones jofainas de agua a los soldados imperiales. Otras veces me cuenta historias de la guerra civil o de hechos cotidianos como antiguas recetas de cocina o costumbres antiguas en las grandes casonas referentes al campo, a los animales y un largo etcétera. Cuanto más la escucho, más me gusta. Más aprendo. Podría pasarme horas leyendo en sus labios, disfrutando de esas viejas historias. Alguien cercano al siglo de edad es un pequeño tesoro. Un magnífico libro que todos deberíamos leer, si tuviésemos al alcance. De esta manera haríamos los nuestros más interesantes el día que nos toque mostrárselos a otros.

Día tras día veo a gente de distinta edad tratar a ancianos con cierta condescendencia. Más bien, a veces adivino lástima en sus actitudes, no respeto.
Y me imagino a esos mismos ancianos riéndose en sus adentros. ‘Qué me vas a enseñar tú a mi, chaval, de lo que es la vida, a ver si tú llegas adonde he llegado yo’ deben pensar.
Y vuelvo a tener la amarga sensación de que no prestamos la atención suficiente a esos viejos libros. A nuestros abuelos, padres, ancianos que pasean por los parques, o viejos pescadores que miran al horizonte en los puertos, quizá añorando otros tiempos. Porque si lo hiciéramos, seríamos más humanos. Y lo que es mejor -algo cada vez más escaso-, seríamos más sabios.

Que nadie se olvide. Todos, ricos o pobres, de la condición que sea, podemos aspirar, como mucho, a hacernos viejos. Esos ancianos que vemos sentados en los parques alguna vez fueron grandes luchadores, mujeres hermosas -o no-, bomberos, policías, bandoleros, conductores de autobús, labradores y, en definitiva,  testigos de épocas decisivas para este país que tienen, sin lugar a dudas, una opinión, como poco, interesante al respecto.
Si logramos dejar a un lado por un instante todas nuestras preocupaciones, si nos tomamos la libertad de dedicar unos momentos a esas personas, dispuestos a escuchar lo que nos dicen ,si lo conseguimos, en esta historia de paralelismos, habremos escrito un gran libro.

Yo nunca me cansaré de escuchar a mi abuela. De quererla. De admirarla. Y siempre le agradeceré que haya engrosado el libro de mi vida con sus palabras.

Ojala pueda hacer yo lo mismo, llegado el momento.

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