Corría el año 1585. Era diciembre y hacía un frío que helaba hasta al más recio de los hombres. José Cebrián Mazarrón, arcabucero, natural de Castilla, descansaba acurrucado, con los ojos entornados, junto a un dique flamenco. El hambre y las guerras vividas habían definido su cara: sus dientes desgastados y ocres, reflejo de la poca higiene del que es habitual en un campo de batalla; su mirada franca, directa como la de un lobo que se prepara para devorar a sus presas y esa media sonrisa peligrosa que avisa al que está cerca de que debe andar con cuidado. El abundante mostacho unido a su piel cetrina, su estatura mediana y unos brazos fuertes como robles, delataba a los ojos del que lo observase su lugar de procedencia: España. Su condición de soldado viejo a las órdenes de su rey, Felipe II, le hacía formar parte del mayor ejército conocido jamás. Y del más temido. Todos los que formaban parte del Tercio de Bobadilla –llamado así por su maestre de campo, Francisco Arias de Bobadilla– eran soldados viejos. Infantería curtida en mil batallas a lo largo de toda Europa que se había ganado el respeto del resto de ejércitos a costa de su propia sangre y esa capacidad innata que tanto caracterizó a los Tercios españoles de resistir hasta el final en las batallas, incluso siendo conocedores de la derrota cercana y una muerte casi segura.
Llevaban aislados varios días. Sin ropa seca ni alimentos, asediados por todos aquellos buques que rodeaban el único trozo de tierra en el que habían podido refugiarse. Era fácil predecir el final de aquello. El agua, maldita agua que inundaba y pudría todo en aquél lugar alejado de la mano de Dios. Tenía la ropa calada, desde las botas hasta la capelina cuya ala, debido al peso del agua que la empapaba, no levantaba con el mismo arrojo y bravura que si de un sitio seco se tratase, quedándole un aspecto triste y desangelado. El blanco de la camisa acuchillada con cuello a la valona que lucía siempre radiante, se había tornado del color de la tierra sobre la que había podido dormir a duras penas, turnándose el sueño con el resto de compañeros en intervalos de dos horas ante una posible encamisada, sorpresa a la que eran muy aficionados los Tercios y que, en el caso que acontecía, intentaban prever a toda costa.
 
Todo había empezado en el verano de ese mismo año. Alejandro Farnesio, tercer duque de Parma, tras tomar Amberes decidió concentrar sus esfuerzos en tomar las islas de Holanda y Gelanda, dominadas por los rebeldes protestantes. Puso al frente de su ejército a Carlos de Mansfeld, ordenándole acudir a Brabante, justo en el límite de los territorios enemigos. A las fuerzas de Mansfeld se unieron las del Tercio de Bobadilla, llegando a finales de Noviembre a la orilla del río Mosa. Bobadilla cruzó el río con casi cuatro mil hombres y ocupó la isla de Bommel, turnando a sus hombres en guardias ininterrumpidas para proteger los diques de contención, los cuales evitaban que la isla se inundase. Por su parte, Mansfeld se alejó de Bobadilla al ver todo bajo control y comenzó a levantar un fuerte en la ribera del Mosa. El conde de Holac –Felipe de Hohenlohe–, general de las tropas protestantes, se enteró de la ocupación de Bommel por parte del Tercio de Bobadilla y, siendo conocedor de la zona, dispuso un ejército compuesto por infantería y cien embarcaciones de fondo plano –ideales para navegar en aguas de poca profundidad– con la intención de romper los diques de la isla de Bommel y borrar de la faz de la tierra a todos los soldados españoles. Lo consiguieron a medias ya que no lograron, debido a la férrea resistencia de Bobadilla, romper el dique principal del Mosa, lo que habría supuesto la inundación total de la isla de Bommel y un final instantáneo para los españoles. El agua de los diques rotos entró con la fuerza de mil ejércitos y Bobadilla se vio obligado a ordenar a sus hombres refugiarse en un castillejo junto a la iglesia de Empel, en la parte más elevada de la isla. Aislados y rodeados de barcos enemigos descargando fuego de artillería sobre ellos, el futuro del Tercio de Bobadilla se tornaba más negro que un tizón.
 
 
5 de diciembre. La situación era desesperante. El frío iba calando en los huesos de los soldados a medida que se sucedían las horas. La humedad hacía imposible mantener seco el cuerpo, ni siquiera el jubón abrigaba y la idea de encender un fuego se tornaba imposible debido a la falta de madera seca.  José intentaba permanecer activo para no entumecer sus miembros, lo cual no era difícil ya que hubo que organizarse de manera precipitada ante el asedio constante del enemigo: cavar trincheras, preparar y limpiar arcabuces, afilar espadas y racionar la escasísima comida que les quedaba, amén del agua potable. También habían otros problemas que doblegaban a las tropas más que cualquier miseria: cuando todo se pone en contra, quizá lo más complicado de manejar es la mente. Mantenerla entretenida era esencial para evitar caer en errores tan comunes como robar algo de alimento o ropas, errores que, en circunstancias especiales y bajo una férrea disciplina militar como era la de los Tercios, se podían pagar con la vida. En momentos desesperados recordaba a su padre, Fernando Cebrián de Tolosa, soldado viejo de los Tercios –al igual que él lo era ahora– a las órdenes de Carlos I, predecesor de su rey. Desempeñó el empleo de doblesueldo, los mejores pagados en el combate como bien dice su nombre. Y los más respetados. Equipado con espada ancha y pesada, coselete, yelmo y gorjal, cuando los dos ejércitos entraban en combate el doblesueldo se adentraba en medio de las formaciones de picas enfrentadas, blandiendo su espada una y otra vez con la finalidad de romper cuantas picas enemigas le fuera posible y causar el mayor número de bajas. El valor de estos hombres era incuestionable y gozaban de gran reputación entre sus compañeros. José lo recordaba perfectamente, con su cara ancha y barba cerrada, siempre serio, callado. Jamás había sido amigo de las caricias ni de los cariños. Sin embargo, había aprendido de él palabras tan valiosas como honor y respeto, palabras que había hecho suyas y que marcarían su vida y forma de comportarse hasta su muerte. Imaginar a su padre luchando valientemente en medio de una maraña de picas y cuerpos atravesados le infundía ánimos y le ayudaba a sobrellevar mejor los malos tragos. Y este era, probablemente, el peor trago de su vida. Había una cosa clara como el agua de los ríos de Castilla: si no morían de frío lo harían de hambre o  sed y él, llegado el momento de despedirse, prefería hacerlo en combate, como los hombres de honor. Este mismo pensamiento, fruto del arrojo y arraigo con que los Tercios encaraban a la muerte, había llevado a un gran número de soldados a barajar la posibilidad de darse muerte ellos mismos antes que caer en manos enemigas o claudicar. Por supuesto, dicha locura suicida fue inmediatamente desestimada por los mandos y todo quedó en otro intento desesperado por encontrar una salida honrosa a tan penosa situación.
 
6 de diciembre. La noticia de que Mansfeld estaba a escasos kilómetros de Bobadilla trajo un soplo de esperanza a los desmoralizados hombres que aguardaban una intervención divina que los sacase de aquél infierno. Para ello habían ideado un plan que consistía en encender unos fuegos en lo alto de una iglesia: aquello sería la señal para el ataque de Mansfeld. Las tropas lo sabían y José, al igual que el resto de compañeros, se agarró a esa esperanza como a un clavo ardiendo.
 –Anímate, manchego. En breve saldremos de aquí. Vive dios que esto lo contaremos.
Las palabras de Juan Cortés, jienense con muy malas pulgas y gran corazón, arrancaron una leve sonrisa de la boca del arcabucero.
–Vive dios que sí –respondió José mientras daba pequeños bocados a un trozo de pan duro, única porción de comida que se llevaba a la boca ese día.
La espera se hizo larga y Bobadilla, al no ver señal alguna  y ante el temor de que no se pudiera poner en marcha la operativa, envió a un mensajero. Una vez más, el temor a un fracaso se confirmó: los holandeses habían quemado las embarcaciones que Mansfeld tenía dispuestas para llevar a cabo el rescate. El cielo entero se derrumbó sobre las cabezas de aquellos hombres. La desesperación de saberse perdidos se unió a la desaparición completa de víveres y provisiones. Los vecinos de la población de Bolduqe, aterrorizados ante tal escena, clamaron al cielo un desenlace para los sitiados, una intervención divina que los salvara por fin de tanto sufrimiento. José rezó a dios pidiendo, al igual que el resto de los soldados, extenuados, un final temprano para él y sus compañeros, aunque ese final significase la muerte. Bobadilla reunió a sus hombres y les advirtió que el final era inminente y probablemente recibirían martirio por parte de sus atacantes, por lo que les encomendó confesarse a todos. El arcabucero pasó dos largas horas arrodillado en el fango, apretando con fuerza entre las manos un viejo rosario regalo de su difunta madre. Pidió perdón por sus pecados y recordó, una vez más, a su padre. Recordó aquellos versos del capitán Diego de Acuña, que tanto valor inspiraba a su padre:
 
“No os preguntarán por mí,
que en estos tiempos a nadie
le da lustro haber nacido
segundón en casa grande;
pero si pregunta alguno,
bueno será contestarle
que, español, a toda vena
amé, reñí, di mi sangre.
pensé poco, recé mucho,
jugué bien, perdí bastante
y por esta empresa loca
que nunca debió tentarme,
que perdiendo ofende a todos
que triunfando alcanza a nadie
no quise salir del mundo
sin poner mi pica en Flandes”
Por España,
y el que quiera defenderla,
honrado muera;
y el que traidor la abandone,
no tenga quien le perdone,
ni en tierra santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos.
El sufrimiento dio paso a la aceptación de lo acontecido. Ya nada se podía hacer, rodeados de agua y siendo acechados por los holandeses que esperaban, como lobos hambrientos, a que su presa se desgastara. Estaban todos preparados y listos para abrazar la guadaña que los portase lejos de aquél lugar. Los ojos del arcabucero se cerraron, agotados.
 
7 de diciembre. Los ojos de José se abren, ha escuchado gritos y rápidamente empuña la vizcaína y agarra con otra mano el arcabuz, pensado que ha llegado la hora. Sin embargo, el tumulto viene seguido de gritos de júbilo de sus propios compañeros.
–¡Milagro, milagro! ¡Dios está de nuestro lado! –gritaba alborotado un pica seca, emocionado.
 Los ojos incrédulos de José observaban asombrados cómo todos los soldados se abrazaban unos a otros. Enseguida fue informado por un compañero de armas de la noticia: un soldado, cavando junto al dique un refugio improvisado donde guarecerse, había encontrado una tabla pintada con una imagen de la Inmaculada Concepción, con tan vivos colores, tan limpia que parecía haberse creado ese mismo día.
José no daba crédito a lo que había escuchado. En siete de diciembre, víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción, aquella tabla había emergido de la tierra, intacta, con la imagen de aquella virgen rompiendo en mil pedazos la desesperación de todos los hombres que la observaban. El viejo soldado atribuyó aquél hallazgo como una señal divina y se sumó al júbilo del resto de compañeros. Henchidos de vitalidad, los soldados acordaron, por orden de Bobadilla, hundir el armamento para que no cayese en manos enemigas y cargar con todas sus fuerzas y la ayuda de dios, contra el enemigo. El ataque se haría esa misma noche, no quedaban fuerzas para aguantar más tiempo ni ganas de seguir más tiempo escondidos, agazapados como conejos. Esa noche plantarían cara a los lobos, asumiendo el peor de los desenlaces que no haría sino encumbrarlos al más alto honor que puede asumir un soldado de los Tercios: morir en el combate.
El Conde de Holac, consciente de la situación de los desgraciados españoles que aguantaban como almas en pena su última batalla, envió por medio de emisarios multiples ofertas de rendición, ofreciéndoles una salida honrosa a situación tan penosa. De nada sirvió. Todas las propuestas del enemigo fueron desestimadas. La palabra capitular no entraba en los planes de aquellos hombres: preferían morir luchando que  aceptar una rendición, más aún después de su encuentro con la virgen Inmaculada.
Al caer la noche, el milagro se obró. Las temperaturas comenzaron a caer en picado, empujadas por un viento gélido que comenzó a helar las aguas. No recordaban los más viejos del lugar helarse las aguas en aquellas fechas, muy alejadas de los meses de enero y febrero cuando comenzaba a formarse el hielo. Y desde luego, no de manera tan rápida; aquello requería de varias semanas y el hielo se hacía cada vez más denso a medida que pasaban las horas. José, emocionado, no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Sus compañeros, al igual que él, empuñaban sus armas nerviosos, ansiosos por batirse contra el enemigo lo antes posible.
 
8 de diciembre. Día de la Inmaculada Concepción. La artillería de Mansfeld atacó desde la lejanía los barcos rebeldes. Los soldados de Bobadilla salieron de su refugio y atacaron al enemigo, que observaba asombrado la escena, no dando crédito a lo que estaba sucediendo. El hielo se formaba a medida que los soldados españoles avanzaban, permitiéndoles cruzar las aguas como si del mismísimo Moisés se tratase. José se sentía más vivo que nunca, envalentonado por lo que estaba viviendo disparaba su arcabuz una y otra vez mientras observaba como las picas avanzaban impertérritas, dispuestas para el combate. El ejército enemigo, atónito, temiendo quedar atrapado en el hielo se batió en retirada, corriendo a las embarcaciones para intentar escapar a través del río Mosa, aún sin helar. La imagen era sobrecogedora: cientos de soldados españoles caminando sobre el agua helada, intentado dar caza a los rebeldes holandeses, los cuales gritaban desconcertados que “no era posible sino que Dios era español”, ya que quién iba a ser sino Dios,  el único en librarles de una muerte segura.
José continuó avanzando junto al resto de compañeros, cargando y disparando su arcabuz lo más rápidamente que le permitía su cansado cuerpo y aquél frio salvador. Una bala de arcabuz enemigo le alcanzó en el pecho, haciéndole caer de rodillas casi al instante. Su compañero Juan Cortés presenció lo sucedido y le tendió la mano intentando que se volviera a incorporar, pero José la apartó al tiempo que lo miraba. Sobraban las palabras para aquello. Eran ya muchas batallas libradas, muchas heridas y muertes presenciadas. Había llegado su hora y lo sabía. El jienense le dedicó una última sonrisa, sincera.
–Nos vemos, compañero –parecía decirle mientras continuaba con los demás intentando dar caza a los rebeldes rezagados.  
El viejo soldado observó por última vez la escena. Sus compañeros daban caza a los rebeldes rezagados mientras el grueso de ellos huía con sus barcos fuera de aquella trampa de hielo. Cuerpos de ambos bandos teñían de rojo el frío elemento. Jamás sabría que Bobadilla, su capitán, dando ejemplo a sus hombres fue el último en salir del lugar. Ni que Alejandro Farnesio, duque de Parma y gobernador general de Flandes, acudió en persona a Bolduqe para felicitar a los victoriosos hombres, orgulloso del valor que habían demostrado.
 
 
José Cebrián Mazarrón, soldado de los Tercios de España, nacido en Castilla, hijo del doblesueldo Fernando Cebrián de Tolosa, cerró por última vez sus ojos, cayendo inerte sobre el hielo de Bommel. Aferrado a su arcabuz y a un viejo rosario dejó por fin este mundo, pasando a engrosar la gran lista de soldados que dieron su vida al más impávido ejército jamás conocido.

 

A José Miguel. Un gran amigo.






Compártelo

Comparte este post con tus amigos