Tengo la sensación de perseguir siempre, inconscientemente, al mar. Cuando echo la mirada atrás me doy cuenta que en la mayoría de mis viajes necesito en algún momento el contacto con el agua salada.  Probablemente el vivir en una ciudad costera siempre ayuda mucho a que uno se enamore del mar aunque no es requisito indispensable ni mucho menos.  Grandes marinos y navegantes han nacido tierra adentro, como Vasco Núñez de Balboa, nacido en tierras extremeñas y descubridor del océano pacífico. Ni más ni menos.
Ese interés me lleva a escaparme siempre que puedo a estirar las piernas y dejarlas en remojo en mi cercano y cálido Mediterráneo, hacer alguna jornada de pesca  –que no es que se pesque mucho-  o sacarme el título de patrón de barco como hice hace unos meses.
La cuestión, como decía, es que en casi todos los viajes que suelo hacer –o me puedo permitir- me gusta perderme por pueblos costeros alejados de turismo de masas con el único atractivo de un pequeño puerto o una pequeña tasca donde saborear una cerveza bien fría oliendo a salitre y a mar.
Y en estos pueblos costeros, en puertos y tabernas de todo el mundo, siempre están ellos. Los marineros.
No me refiero a los tripulantes de lujosos yates ni barcas de recreo que se divierten en la costa con lanchas rápidas y sus correspondientes esquíes o churros atados, que disfrutan del mar los días soleados y en invierno poco o nada asoman la nariz por la costa  –que por otra parte, en dicho gremio también se pueden encontrar grandes amantes del mar, como un servidor-. 
Me refiero a los marinos de verdad, aquellos que viven del mar. A los que no les quedan más cojones que embarcarse haga sol, llueva o granice, a no ser que el tiempo esté tan complicado que les sea imposible salir a la mar. Esos que pasan semanas enteras alejados de sus familias, dejando a menudo mujeres con paciencia infinita esperándoles en tierra, jugándose el tipo y dependiendo de la suerte para cobrar sus salarios. Una suerte mermada, por otro lado, con capturas cada vez más restringidas para barcos europeos en beneficio de los grandes cargueros japoneses que esquilman los mares en busca de sus preciados tesoros en forma de atún rojo u otro pescado al alza. Aunque eso es otro cantar. 
Desde tiempos inmemoriales los ha habido.  Tipos duros para un trabajo duro. Gente con agallas acostumbrada a no derrumbarse, con nervios de acero para realizar su trabajo en condiciones en las que muchos de nosotros probablemente meteríamos la cabeza bajo la tierra como un avestruz esperando que pasara el temporal  de turno.  Ancianos en dique seco mirando ya retirados, con una vieja caña en la mano y sentados sobre el noray de algún puerto,  al mar. Con una mezcla de añoranza de tiempos pasados y rabia, clamando al cielo y al infierno por las malas pasadas que le jugaron los mares y océanos ahora tranquilos. Por todos los compañeros que perdieron en ellos.
De vez en cuando los veréis salir en las noticias. Barcos hundidos. Hazañas de supervivientes. Viudas llorando desde la costa da Morte hasta el Cabo de Gata por sus maridos desaparecidos. Esperando al menos un cuerpo al que enterrar.
Muchos de ellos son esos ancianos de los puertos. Viejos pescadores, borrachos de tabernas o educados padres de familia.  Todos tienen algo en común: el mar.
A menudo, cuando los veo, me los imagino en sus trabajos. Celebrando grandes capturas, jugando a las cartas en su poco tiempo libre o fregando la cubierta de algún barco pesquero.  Me imagino a los marinos de las antiguas fragatas, goletas, galeras, bergantines y demás embarcaciones, arriando jarcia ante la venida de un temporal, trepando como monos al palo mayor bajo la lluvia y pasando más frío que las ratas en invierno  por unos salarios escasos e injustos para la labor que desempeñan.
Y todos ellos son héroes. Héroes del mar. Héroes para sus familiares que les ven marchar para no volver durante semanas. O meses. También para sus compañeros de trabajo, sabedores del riesgo que corren todos. Y en algunas ocasiones, más escasas, para nosotros. Los que no vivimos del mar. Los que, de vez en cuando, oímos la noticia de barcos hundidos donde algún marino con agallas y suerte ha salvado su vida y la del compañero. Hombres que arriesgan su vida diario para darle un buen futuro a su hijo, pagar hipotecas, mantener a sus familias y cuya única recompensa llegada la hora de retirarse, es una mísera jubilación.
Casi nada. Jugarse el tipo por cuatro duros. Y si palmas a veinte millas de la costa, esquela en las noticias, pensión a tu viuda y dos palmadas en la espalda a tus hijos. Si es que los tienes. Que alguien me diga si son héroes o no. Héroes del mar.

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