Las ocho menos cuarto en el reloj. Sale de la caseta de obra donde le acaban de comunicar que está despedido. El noveno despido en lo que llevamos de año, piensa. Se ha acostumbrado a que prescindan de él cuando no hay faena. Siempre pensó que el sector de la construcción era un valor en alza, algo seguro; ¿cómo podía frenar ese sector si estaban construyendo edificios todos los días en todos los lugares? Estaba equivocado: frenó. Y millones de jóvenes como él se vieron abocados a la precariedad laboral, al oscuro mundo de los trabajos pagados en B, a las chapuzas, a los contratos de mierda de una semana o un día de duración. O unas horas.

Camina lentamente por la acera, no tiene  ninguna prisa. A menudo, los lentos paseos le ayudan a relajarse, a esparcir su mente, sus pensamientos. Le gusta zambullirse en esa atmósfera de libertad, divagar por su mente con total albedrío montado a lomos de su propia imaginación. Es un soñador. Como cualquier otro que haya probado el amargo sabor de la vida, esa hiel creada a base de reveses económicos, amorosos y personales,  sabe perfectamente que el único refugio posible se aloja en uno mismo, en sus propios sueños, en su imaginación. De ahí saca su sonrisa diaria, su ánimo. Y su fuerza.

Suele imaginar qué haría si le tocase la lotería. Es el recurso más utilizado por todo aquel que anda jodido de dinero, pero no por ello menos efectivo. Siempre  comienza su sueño repartiendo el dinero entre sus familiares más cercanos. A su padre le compraría una moto, siempre quiso tener una moto tipo Harley, aunque duda si podría llevarla. Estaba enfermo de asbestosis, tras haber perdido treinta años de su vida trabajando en una fábrica de fibrocemento cuyos directivos, al enterarse que estaba enfermo por inhalación de fibras de amianto, lo pusieron de patitas en la calle con una indemnización vergonzosa. Le costaba respirar y andaba con dificultad, pero aun así le compraría una moto, era lo que siempre había querido. A su madre, una casa con vistas al mar; cuando era pequeño recordaba los baños en la piscina de plástico que montaban en el jardín de la casa, durante el verano. Recuerda que su madre siempre le decía que cuando fueran mayores vivirían en una casita con vistas al mar, aunque aquellas vistas nunca llegaron. Ni la casa. A su hermana le pagaría un viaje alrededor del mundo, no había nada que le hiciera más ilusión. Se había quedado embarazada hacía unos meses de un tipo que no era muy de su agrado, y aunque le hiciera ilusión ser tío, sabía que su hermana no iba a viajar, no iba a cumplir con todas esas promesas que hizo de vivir en mil sitios diferentes; su vida a estar muy limitada, no tanto por su embarazo como por su nuevo compañero de viaje. Una vez acomodada toda su familia, buscaría a Jimena y recorrerían el mundo entero juntos, durmiendo en un lugar diferente cada día. Porque, en sus sueños, Jimena sigue viva. En sus sueños, no ha discutido todavía con él, ni ha cogido ese maldito coche bebida.

Una lágrima recorre su mejilla y lo devuelve a la descarnada realidad. Se enciende un  cigarro, observa los buques atracados en el puerto y gira la esquina para enfilar la calle donde se encuentra su hogar, junto a un grupo de prostitutas que patrullan la calle en busca de clientes. Las conoce a casi todas, son muchos años viviendo junto a ellas. Alguna vez ha tenido que ayudar a alguna que precisaba de ayuda médica, en otras ocasiones su intervención se ha limitado a separarlas en una pelea o sacarlas del patio cuando entran a drogarse, menos cuando es invierno, que es incapaz de tirarlas aunque se droguen en el interior del edificio, prefiere verlas ahí que en la calle, muertas de frío.

Camina entre ellas, saluda a alguna e incluso una nigeriana muy atrevida y divertida, con la que se lleva muy bien, roza su culo con la mano y le susurra un improperio,  más por diversión que por intentar subirse con él a la cama. Se dirige a la cafetería que hay frente a su casa, entra y pide una copa de ron barato a la vez que se sienta en uno de los taburetes vacíos que hay frente a la barra.  Y allí la ve, sentada a su lado. No la conoce, jamás la había visto por allí. Debe ser nueva, piensa.

El torso desnudo de aquella mujer le recuerda a Jimena. Melena larga y morena, menuda como un frasco pequeño, recipiente de aromas del sur. De piel tostada, dorada como la arena de playa aunque no le diera el sol. No le hacía falta ningún sol; ella era el sol. Sus dos ojos azules verdosos, mezcla de mar y aceitunas, se imponían, solemnes, sobre su tez plagada de cientos de pecas, constelación que albergaba una nariz preciosa, de tamaño perfecto, ni muy pequeña ni excesivamente grande, imprimiéndole al conjunto carácter, conjunto coronado por la boca más perfecta que había visto en su vida. Labios carnosos como la pulpa de una fruta madura, cuyo hueso central eran dos hileras de perlas perfectamente alineadas que cegaban al valiente que osase mirarlas de cerca, prendándole de por vida. Como a él.

–Por mirarme no te voy a cobrar, tranquilo –Dice la puta riéndose, divertida, rompiendo la profunda atención del joven, que la mira embobado.

–Disculpa, me habías recordado…

–No sigas, eso ya lo me lo han dicho varias veces. Suelo ser el vivo recuerdo de una madre, hermana, hija, tía o querida. Luego pagáis y todo vuelve a la realidad. La misma cara de puta de siempre.

–Yo no he dicho eso.

–Te lo digo yo, criatura. Y quítate esa cara de enfado, que no te lo digo con mala intención. Ya quisiera para mí esa carita afeitada todos los días, y no marineros borrachos de puerto. Hasta una rebaja te haría si me lo pidieras.

–Ahora no, te lo agradezco. Pero a esta copa invito yo, y no hay peros que valgan.

–Yo tengo mi dinero, zagal. Y dignidad para pagarme una copa o una botella si quiero.

–Te he dicho que sin peros. Esto no es una limosna.

Los dos beben. Primero una copa, luego otra, finalmente una botella. Ella le cuenta su vida; nacida en Cádiz, de familia humilde, recogedores de aceituna, una vida plagada de maltratos y adicciones hasta acabar haciendo la calle. Él le cuenta la suya, la muerte de Jimena, sus empleos de mierda y esos sueños que tiene, donde arregla todos los problemas del mundo mientras camina de vuelta a casa. Ríen, se besan, se abrazan.

Pasan las horas, la segunda botella está ya medio vacía y no coordinan bien las palabras. El dueño del bar los echa, son ya las cinco de la mañana y suele cerrar a las tres. Pagan y deciden terminar la botella el portal de su casa.  Vuelven a arreglar el mundo por enésima vez. Se ríen sin parar, están borrachos como cubas y su imaginación, desde hace un buen rato, anda desatada. Sueñan con ser grandes empresarios, aventureros, ganaderos, cualquier cosa que les haga felices, que les haga olvidar por unos momentos sus vidas. Él la mira y ve en sus ojos a Jimena. El alcohol hace que sea incapaz discernir lo real de lo irreal. Hacía mucho tiempo que no era tan feliz. La vuelve a besar.

La botella se acaba, y se quedan adormilados,  abrazados en el patio. El joven la invita a subir, ella le acaricia la boca y vuelve a abrazarle mientras rechaza con una sonrisa la invitación.  Aquel chico ya no es un futuro cliente para ella, ni lo será jamás. Aquel chico ha vuelto a hacerla sonreír, a soñar. Cierra los ojos y se queda dormida junto a él, oyendo el lento latir de su corazón.

 

Han pasado seis meses. Sigue sin encontrar trabajo desde la última vez que lo despidieron. En su paseo diario de regreso a casa, recuerda la borrachera. Recuerda despertar solo, en el patio de su finca, tapado con una chaqueta de colores chillones. Sorprendentemente se acuerda de casi todas las palabras que se vertieron en un torbellino de besos, caricias y alcohol aquella noche. Recuerda el gran parecido que guardaba con Jimena, y eso le hace sonreír. Piensa en todas las vidas que imaginaron esa noche, en cómo aquella puta le hizo volver a vivir por unos instantes. No ha vuelto a saber nada más de ella. Ni un beso de despedida, ni un teléfono. Simplemente cada uno siguió su camino, sin jurarse el uno al otro mentiras, sin promesas vacuas.

Entonces, llega a casa y enciende la televisión. A una joven gaditana le han tocado cincuenta y cinco millones de euros. Sonríe.  A veces, a las ranas la vida las convierte en princesas, piensa.

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