El otro dia sentí en mis carnes la impotencia de los opositores. Me explico. A causa de mi creciente afición al mar y dado que vivo en una ciudad costera como es Valencia, el pasado Abril me examiné del título de Patron de Embarcaciones de Recreo, más conocido como PER. Tras dos meses de clases en la academia náutica y mucho interés por lo que estudiaba -aquí la teoría te puede salvar la vida el día de mañana- me presenté al examen convencido de que iba a sacarlo adelante. Pues bien, a un servidor le suspendieron. Se lo follaron, hablando en argot estudiantil. Y todo hasta aquí es normal si no fuera porque la estructura del examen no se correspondía con lo establecido según la ley, poniendo una pregunta de más en un apartado del examen el cual es eliminatorio y necesario para aprobar. Aparte de esto, el sujeto -llamémoslo así- que hizo el examen, se permitió el lujo de poner preguntas que no estaban dentro de temario o nombrar términos que no se han utlizado nunca en argot marinero.

-El que ha hecho este examen no ha pisado el mar en su puta vida, me dice Pepe, mi profesor de la escuela náutica y marino de toda la vida, de los de barba de dos dias y vaqueros gastados.
Automáticamente me pongo manos a la obra e impugno algunas preguntas de examen -que habia respondido correctamente, por cierto- y la estructura erronea del mismo.
Veo que han modificado las plantillas colgadas en la página del ayuntamiento,dando por validas todas las respuestas a  esas preguntas pero recibo por carta certificada respuesta de los examinadores desestimando esas mismas preguntas y justificando -supongo que con la cara roja de vergüenza y algo dura- las respuestas correctas. Es decir, en pocas palabras, te doy las preguntas por buenas pero yo de manera oficial diré que lo que he hecho está bién. Toma ya. Ahí queda eso.
No sólo meten la pata hasta el fondo poniendo exámenes erroneos y con defectos de forma sino que se ponen chulos y, aunque solucionen el error aprobando esas respuestas, se justifican diciendome en la cara que no tengo razón  respecto a mis alegaciones. Joder, como está el patio, pienso. Como me gustaría ver a través de un agujero al que me responde esa carta, desestimando mis impugnaciones, ver la cara que pone, pensando -probablemente- que no voy a ir yo, a estas alturas de su vida y carrera, a tocarle los cojones y decirle cómo se debe hacer un examen.

Y así, tenemos ejemplos a pares.
Rocío es eterna opositora de magisterio. El año pasado, después de pasar casi todo el año estudiando una media de cinco a seis horas diarias -tres meses antes incrementó esta media casi por dos- llegó el mes de Junio y se presentó a tan temida oposición. Ya llevo años en esto y esta vez no suspendo, me dijo. Me lo se todo de pé a pa. Me lo he currado y de este año no pasa.
El día del examen escrito salió con una sonrisa de oreja a oreja. Lo había hecho perfecto. Lo he bordao, cariño. Me dijo. Esta vez se acabó el ser otro año más opositora -ya lleva unos cuantos-. Ahora sólo quedaba el examen oral, el ir a cantar, como se conoce a esta fase de la oposición. Pero no le preocupaba. Habia contado con que se podía poner nerviosa y ya tenía tablas para que no le sucediera en exceso, lo justo, me decía.Tambien había contado con los errores del año pasado para no volver a repetirlos, ya era perra vieja en este tema y se sentía fuerte, capaz de decirle adiós a estos años de estudios.
Con lo que no había contado era con el tribunal de la oposición. Ese jurado que te escucha mientras les demuestras, paso a paso, que ya estás preparada/o para ser un profesor/a de primera, que has hincado los codos mucho tiempo y que esta vez sí te mereces pasar.
Y una vez más, sucedió. Mientras se estaba jugando el futuro el jurado de turno la obsequió con unas actitudes propias de alguien de la peor calaña. Uno miraba al ordenador sin atender lo más mínimo a Rocío. El otro, un poco más disimulado, decidió coger el teléfono móvil – no se veía tanto como el ordenador- para enviarse mensajes con vete tú a saber quién. El tercero,a veces la miraba sin disimular su tedio por llevar unas horas escuchando a gente y otras veces escribía  en unos papeles que, a juicio del que estuviera ahí, nada tenia que ver con el desarrollo del tema.
Salió como era de esperar con la mosca detrás de la oreja pero a la vez esperanzada porque, según me dijo, había cantado el tema perfectamente y era conocedora de que optaba a sacarse plaza más que otro año. 

Ese més Rocío se enteró que habia sacado la peor nota de todos sus años de oposición. Cuando fué a pedir explicaciones solicitando una reunión con uno de los miembros de ese tribunal, no sólo no tenian ninguna idea de porqué habia sacado esa nota, sino que, como es lógico, no podian argumentar ninguna de las preguntas hechas por la opositora. No has desarrollado el tema correctamente, zanjó el miembro del jurado. Así. Zas, en toda la cara. Un año estudiando horas y dias con el único fin de trabajar en lo que te gusta, para lo que te has preparado, y te pegas de bruces en el final del trayecto, en la curva más fácil, gracias a que un sinvergüenza ese día no podía esperar para chatear con su novia/madre/perro después de que acabaras la oposición. Y me imagino la impotencia que debió sentir en ese momento Rocío. O los miles de opositores, o estudiantes de profesiones, títulos náuticos y cientos de materias que son injustamente tratados por tribunales a los que, en ocasiones, se les olvida que lo que tienen entre manos son las vidas y futuros de miles de personas, años perdidos que nadie les va a poder devolver.
Por suerte esos miembros de tribunales no son la mayoría y miles de jueces o miebros de tribunales se toman su trabajo con la seriedad y dedicación que merece.

Ese día Rocío salió de la reunión con la cabeza bien alta, con la dignidad de quien sabe que ha hecho las cosas como tocan, como debian de hacerse. El año que viene lo volverá a intentar. También ha aprendido una regla de oro en esta vida, hay que esta preparado para llevarte el palo de quien menos te lo esperes. Y saber canalizar esa impotencia. Levantar la cabeza y volver a tirarte al ruedo. Coger otra vez el toro por los cuernos. Que de eso, en este país, si sabemos.

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