A lo largo de los tiempos los seres humanos nos hemos regido por leyes. Leyes creadas por personas de carne y hueso, ciudadanos de a pie ávidos de cierto orden social. 
Lógicamente la objetividad de estas leyes siempre ha dependido de las circunstancias que rodeaban a las personas que las creaban en el momento de hacerlas.
De esta manera, las leyes aplicadas hace mil años no son igual de justas para  nosotros que para las personas que las crearon. Tampoco eran justas para las personas que las infringían en esos tiempos, voluntariamente o no.
Por regla general,  la justicia siempre ha sido una necesidad colectiva de todos los pueblos y ha sido otorgada y aplicada a las personas por medio de la ley.
 Y aquí viene la miga del asunto. La justicia de las leyes. Qué leyes son justas y cuáles no. Qué leyes están creadas para beneficiar a unos pocos y cuáles han sido creadas para impartir realmente justicia.
Si nos asomamos al balcón de la historia, durante cientos de años hemos creado leyes y reglas a nuestro antojo con el único beneficio real  de conseguir  nuestros objetivos, o mejor dicho, los objetivos de los que las crearon.
Probablemente para los Judíos del siglo XV, el decreto de la Alhambra que les obligaba a convertirse al catolicismo o ser expulsados  de España, no tenía el mismo significado de Justicia que para los Reyes católicos o el Inquisidor General, Tomás de Torquemada.
Tampoco debieron ser igual de justas las leyes creadas para la expulsión de árabes por parte del gobierno de Israel de territorios ocupados por estos últimos y reclamados durante décadas hasta el día de hoy. 
Así, de esta manera, tenemos miles de ejemplos de leyes,  justas o injustas a juicio propio de cada uno.
Pero de todas esta amalgama de leyes sobresalen algunas que se yerguen en estandartes de la Justicia universal. Aquellas que deben de ser universales y regir cualquier actuación del ser humano da igual su raza, pensamiento o nacionalidad. 
Este principio de Justicia Universal trata de no dejar impunes crímenes cometidos a la humanidad, tales como crímenes de guerra, piratería, tráfico de estupefacientes y en definitiva, cualquier tipo de delito que ataque intereses fundamentales de la Comunidad  Internacional.
Ejemplos de este tipo de crímenes tenemos por todas partes. Los ejercidos por los Nazis contra el pueblo judío. Los ejercidos por los Judíos contra el pueblo palestino. Crímenes de violaciones masivas en el Congo. Matanzas en Sbrenica, en España durante la guerra civil o en cualquier país que sufra una guerra, sea de la naturaleza que sea. 
Pero claro, la aplicación de estas leyes siempre llega tarde, cuando el daño ya está hecho. Primero dejamos que se haga la carne. Luego, ya quitaremos las brasas.
Y si en leyes creadas para proteger Justicias Universales llegamos tarde, imagínense en las que usamos e intentamos acatar todos los días.
A diario vemos leyes aplicadas de la manera más injusta. Personas cuyo delito ha sido robar para poder pagar su hipoteca, condenados a penas que probablemente no puedan pagar nunca. Gente necesitada que se ha visto obligada a devolver la letra de un piso que se acabará quedando el mismo banco que, años atrás, le animaba en la compra de una hipoteca basura  a sabiendas de que la capacidad económica de su cliente le impediría, ante cualquier mínimo problema, hacer frente al pago mensual. Gente que, en definitiva, ha acabado pagando caro la aplicación de esas leyes tan justas y bien pensadas.
Por el contrario,  a diario encontramos ejemplos de esas mismas leyes aplicadas con una justicia más que dudosa. Banqueros que evaden impuestos ante nuestros ojos y se pasean en flamantes coches por delante de nuestras casas. Políticos  que hacen alarde de su gran honradez mientras van a firmar todos los lunes al juzgado de turno tras estar procesados en casos de corrupción. Jueces con mansiones espectaculares propias de estrellas de la música y no de los sueldos públicos que cobran , los cuales se sienten ofendidos si se les pregunta por el origen de tanta pompa, riqueza y glamour.
Y así podríamos llenar páginas enteras. Desde pequeñas injusticias diarias como multas de aparcamientos pensadas para recaudar hasta grandes insultos en la cara de todos, Malaya, Gürtel, Pretoria y un sinfín de ejemplos más.
La creación de las leyes es necesaria para mantener una mínima justicia. Pero la aplicación de las mismas por parte del hombre – o de la mujer – es otro cantar. Nunca aplicaremos las mismas leyes por igual. Existen otros factores como el dinero, la fama, la reputación, etc.…  que siempre desviarán  el sentido de la equidad, harán inclinarse la balanza de la justicia hacia el lado que más interese al que pone los pesos en la misma.
Por suerte, la capacidad  personal a la hora de cumplir o no una ley, de aplicarla de una manera justa o injusta, aún reside en nosotros, de manera individual.
Somos la primera criba en la aplicación de una ley. La más importante, la moral.  Y esto nos da cierta ventaja para actuar de una manera justa. O no.
Decía el alpujarreño  Villaespesa: – ¡La Justicia!… ¡Corrí por el mundo, y en donde puse la planta, siempre vi a la justicia, por la ley ajusticiada!.

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