L a historia siempre se repite. Como un péndulo perfecto, describe su parábola una y otra vez, volviendo de manera constante a la posición inicial. Así es la política. Nuestra política. Y es el organigrama de vida que por desgracia marca la vida de nuestros políticos hasta que llegan al poder –a partir de ahí  la cosa se desboca llegando a límites insospechados, donde sólo la imaginación del chorizo o choriza de turno alcance ó donde alcance la mermada vista de los que le votamos –.
El principio casi siempre va por las mismas vías, discurre por el mismo cauce. Ilusión, ganas de hacer las cosas bien, luchar por un futuro mejor y un largo etcétera de ilusiones y esperanzas depositadas en el buen hacer de uno mismo. Evidentemente existen casos  –los menos – de algunos que ya se empiezan a torcer en esta primera fase.
Acto seguido, el fulano en cuestión decide de qué lado está. Qué color es el que prefiere. Rojo, azul, amarillo o morado berenjena. Da exactamente igual.  Al final del camino eso va a ser lo de menos, la ideología se tirará al contenedor elegido y primarán otras cosas más importantes. 
Una vez elegido el color el fulano entra en el partido político y empieza a relacionarse con sus colegas, camaradas, gente afín a él que le confirman su sabia elección de haberse hecho sociata progre, pepero  conservador o extremista de derechas o izquierdas. Aquí empiezas ya a odiar al enemigo, a resabiarte y a convertirte en un perfecto estúpido partidista. Los de derechas son todos unos fachas, los de izquierdas son unos rojos maricones, yo a los azules no los trago porque el fascismo no me va o yo a los rojos los volvía a fusilar. Cualquier excusa es buena para atacar sin piedad al de la orilla opuesta. Y poco a poco vas olvidando la capacidad de crítica, esa imparcialidad de la que debería gozar tu pensamiento a la hora de poner las cartas de la política encima de la mesa y reconocerle las cosas al rojo, azul o negro que lo parió cuando tiene razón y hay que dársela.
A partir de aquí uno ya empieza a estar preparado para empezar la carrera. El fulano tiene claro de qué bando está y quiénes son sus compadres en  patio, con quien juntarse cuando se le echen los perros encima. Y también a quien odiar. Y justo en ese momento  entra en juego un ingrediente esencial que acompañará al político corrupto hasta el final de sus días: El egoísmo. 
El fulano en cuestión empieza a hacer carrera, a dar mítines aquí y allá, aplacando las frustrantes noches en las que nada sale bien apoyándose en un hombro bien elegido. Así empieza a sentir la envidia sobre ese compañero que tanta popularidad tiene, ese compañero que le pisotea a corto o largo plazo cualquier proyecto que tenía en mente y que le haría ganar dinero. Ya no basta con odiar al enemigo, también hay enemigos dentro de casa. Y claro, uno engaña, miente y culpa lo que haga falta para que a la próxima campaña el jefe supremo le de la palmadita a la espalda y ese empujón que tantos anhelan. De los sueños e ilusiones de ese ingenuo fulano  –o fulana – va quedando poco rastro. Aún es posible que tenga vagos recuerdos de lo que quería cambiar pero está próximo a llegar a esa situación de no retorno, ese límite que una vez cruzado no te deja volver atrás. 
Un buen día, mientras está yendo a trabajar, mientras se está tomando una cerveza en el bar de la esquina o mientras está encendiéndose un puro después de esa copiosa cena, alguien por arriba de él le propone algo que puede darle mucho dinero a cambio de muy poco, utilizando únicamente su posición privilegiada que le permite conceder subvenciones, elegir concursos o adjudicar obras aquí y allá. El negocio más sencillo del mundo, y trincando pasta a tutiplén  –piensa para sus adentros el amigo –.
Y claro, perteneciendo a un país donde el dinero en B está de moda, pagar impuestos es de tontos y el que más y el que menos trincan de donde pueden, el no va a ser menos y acepta el negocio de su vida. 
–Pero que esto no salga de aquí, fulano, así ganamos todos –le debe espetar el amigacho a nuestro ya untado de mierda político personal.
Plas, plas, plas. Unas palmadas en la espalda, unos Gin Tonics en aquél local sórdido con salida por detrás donde tienen sala aparte y empieza la carrera triunfal. Esa es la clave del poder. Haber aceptado el juego. A partir de aquí, jornada de puertas abiertas. Barra libre de poder y de dinero. A tutiplén, hay para todos, cojan ustedes.
Y vaya que si hay. El resto lo conocemos todos. Dinero, putas cocaína, tráfico de influencias, cenas con empresarios, coches de lujo, partidos en palco VIP, un collar de perlas para la parienta, nombramientos de altos cargos y por supuesto a todo el elenco de amigachos, de rémoras que acompañan al gran tiburón, colocados en los más diversos e inútiles cargos públicos creados expresamente para sostenerlos. Que no se diga que el nuevo jefe no se estira. 
Ni que decir tiene,  los pocos restos de ideología, de moral, de amor por su trabajo se evaporan  con el primer billete que acepta. Su vida es muy cómoda. Una y otra vez se repetirá a si mismo que está haciendo bien, se justificará de una y mil maneras y saldrá convencido de ello.  Porque estará inmerso en un mundo donde todo lo que le rodea tiene la misma marca, donde todas las mierdas huelen igual que ella. Y claro, así es complicado retroceder, eso significaría ir contra los demás y contra uno mismo. Con un poco de suerte, nadie te investiga y acabas el resto de tus días con una pensión vitalicia fumándote el gran puro triunfal de tipo listo en el porche de tu casa de Marbella viendo como tus hijos juguetean por la playa. Hijos que, por otra parte, en cuanto crezcan intentarán seguir tus pasos.
*****
Habéis intentado destrozar este país. Vuestra ambición desmedida, vuestro partidismo imparcial y vuestra ceguera producida por el reflejo de las monedas que los banqueros os han puesto en la cara, han conseguido que a día de hoy seamos  –como llevamos desde cientos de años siendo – el culo de Europa, el hazmerreir del mundo  y el motivo de preocupación de todos nuestros vecinos del norte. Habéis intentado llenarnos la cabeza de pájaros, de miedos inexistentes desviando la atención, lo verdaderamente importante hacia absurdos de los que ya hace tiempo nadie se cree. E ignorantes, os pensáis que os habéis librado de esto cuando no habéis hecho sino hundiros en vuestro propio fango.
No me sirven de nada las excusas. No quiero vuestras patéticas caras hinchadas de dinero y comida aludiendo a problemas más complicados de lo que parecen. No lo son. El problema sois vosotros. Los que habéis permitido con vuestras absurdas disputas que la educación en este país sea la más baja de Europa  –algún día lo pagaremos, sino lo estamos haciendo ya –. Los que habéis arruinado las ilusiones de aquellos que siempre quisieron luchar. Los que habéis permitido que los únicos cerebros que valen se marchen fuera, avergonzados de su país, de sus políticos. Los que habéis osado a coger un euro de las arcas siendo conscientes de que vuestro país se desangra y vuestros hijos se quedan sin futuro.
La respuesta es conocida. No todos somos iguales, diréis.  No es verdad. Igual delito es robar como girar la cabeza hacia otro lado. 
Por fortuna, en este país siempre habrá esperanza. Porque quien más está acostumbrado a caerse, mejor sabe levantarse. Esa gente, la que se levanta cada día y va trabajar de una manera honrada, son los que dan esperanza. Los que hacen que siempre, por algún lado, salga el sol. 
En esas personas siempre creeré. En personas honradas. Jamás en unas manos manchadas.

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