De los libros de historia se aprenden muchas cosas. Aprende uno, por ejemplo, a situarse en el momento exacto en el que sucedieron determinados acontecimientos, relevantes o no –según quienes lo narren– para la cultura de un país, a descubrir que algunas verdades no son tan ciertas, algunas mentiras no son tan falsas o que aquel hombre deslenguado al que admirábamos en televisión no cuenta, bien por interés, bien por ignorancia, los hechos tal como sucedieron.
También aprende uno a reconocer las señas de identidad de diversas culturas, a reconocer en viejos antepasados gestos y formas de obrar de uno mismo, sorprendiéndose. A veces para bien, cuando descubres admirado que perteneces a una cultura acostumbrada a caer y levantarse una y otra vez, a un pueblo capaz de superar todas las dificultades y trabas que se encuentra por el camino, a costa de sufrimiento y sacrificio. A echarle un par de cojones, hablando en plata. Otras veces es al contrario. Y cuando te empapas de episodios pasados, de historias remotas, reconoces esa envidia, esa arrogancia de tus antecesores en los actos de tus contemporáneos. Y un servidor, que ya anda por la mitad del libro escrito, mucho no se sorprende, la verdad. Aquí nos hemos robado, matado y vilipendiado hasta no dejar títere con cabeza desde tiempos remotos. Y de la misma manera hemos sido capaces de recuperarnos y lanzarnos los primeros a los leones si fuera necesario. Así somos los españoles.
 Cuando leer esos libros se convierte en una afición puede uno permitirse el lujo de explorar terrenos desconocidos, sumergirse en la imaginación propia y trasladarse a los campos de batalla en Pavía, a lujosos palacios reales de Versalles o a feroces batallas navales a bordo de algún galeón español en lucha contra corsarios o piratas. Un placer para los sentidos degustar tanto libro de historia y empaparse de hechos y sucesos que templaron caracteres y cambiaron, al igual que lo hacen ahora –continuamente creamos historia–, el rumbo de la humanidad.
 
En tal disposición andaba yo hace unas semanas. Devorando como una rata de biblioteca artículos y relatos sobre Flandes y todo lo concerniente a finales del XVI y principios del XVII. Ensimismado ante la dimensión del imperio español en esos convulsos siglos, en tiempos de aquel Felipe II obcecado en ganar una guerra que desangró a su imperio y supuso el fin de una era. Donde fuimos capaces de crear proezas logísticas como el Camino de los españoles, donde Europa entera tembló con sólo ver la sombra del Duque de Alba, Don Juan de Austria o Alejandro Farnesio. De las guerras de Flandes hay mucho y muy variado escrito. Batallas épicas como Gembloux, Bicoca o Pavía y derrotas de la misma talla, como fue por ejemplo Rocroi. Todas bien documentadas, con cientos de libros que hoy día se pueden encontrar en cualquier biblioteca, documentos antiguos e incluso cuadros de grandes pintores que nos narraron, desde el pelo de un pincel, su versión de los hechos. Sin embargo, hay algo que me llama la atención especialmente por encima de cualquier batalla, personaje o gobernante de la época. Los tercios de Flandes. Aquellos viejos soldados curtidos en mil y una batallas, duros como las piedras que pisaban, crecidos entre las miserias y el hambre que les regaló Castilla. Con un sentimiento tan alto del honor que ninguno de ellos hubiera dudado al afirmar –o eso me gusta imaginar– que preferían morir en batalla antes que en el caliente lecho de una cama. Fueron la fuerza más temible de la época. Devolvieron la pica al temor de los tiempos de legiones romanas. Infantes con la piel más dura que el cuero, acostumbrados a dormir en el suelo, a comer ratas y matar para sobrevivir. Hijos de zapateros, de herreros, buscadores de fortuna, eficaces asesinos silenciosos que sólo respondían al grito  de ¡Santiago y cierra España! en el campo de batalla. Los verdaderos responsables de aquellas victorias, por encima de cualquier rey o sacerdote ignorante de la época.  Hombres que a mi juicio, sin entrar a valorar si sus actos fueron o no afortunados, bien se ganaron el adjetivo de valientes.
 Tras leer un par de artículos en internet decido, animado por el tema, buscar más información. Quizá haya videos –pienso por un momento–. Dicho y hecho. Entro en la página web por excelencia de videos y voilá, allí estaban. Decenas y decenas de videos sobre Flandes. Esbozo una sonrisa como aquél que sonríe al encontrar una moneda en el suelo. Menudo descubrimiento esto de los videos, menuda panzada me voy a pegar, vuelvo a pensar animado. Hasta aquí todo correcto, elijo uno al azar. Los Tercios de Flandes,se titula. Me acomodo en el sofá y le doy al play ansioso. Al principio todo cojonudo, el himno de los tercios sonando de fondo, imágenes antiguas se mezclan con otras más nuevas, la cruz de borgoña, un cuadro del duque de Alba, más cuadros, música que anima el video, secuencias sacadas de la película Alatriste –con mi pueblo Uclés de fondo, por cierto– donde los piqueros avanzan a una muerte segura, todo muy emocionante, muy de los tercios. Y de repente, Zas. Como un tsunami que invade la tranquila playa, como una avalancha que rompe la esplendida estampa invernal, empiezan a sucederse imágenes cada cual más repugnante y completamente fuera de lugar. El rostro de Francisco Franco fusionándose con el del duque de Alba, la cruz de Borgoña dando paso a águilas y frases del tipo arriba España y un largo etcétera de absurdas y equívocas comparaciones. Impactado por lo que acabo de ver, quito rápidamente el video. Algún subnormal sin cabeza, pienso. Acto seguido pongo el siguiente y encuentro lo mismo. También me sucede con el tercero. Símbolos nazis, caras conocidas de la extrema derecha actual, frases de exaltación fascista. Todo se mezcla con cuadros de los viejos tercios españoles, con las caras del duque de Parma, con sus banderas y armaduras. Indignado me salgo de la página y apago el ordenador. Nada cambia en este país, pienso.
La envidia es algo que nos ha perseguido a los españoles desde tiempos inmemorables. Existe –y existirá siempre– gente empeñada en apropiarse de parte de nuestra historia. De atribuirse méritos de otros en pro de sus propios intereses. Ignorantes, incultos y demagogos que campan a sus anchas por nuestros episodios pasados, cogiendo de aquí y allá lo que más les interese para luego, en nombre de su destartalada ideología, lucir esos tesoros como símbolos propios, como victorias de hombres y mujeres con su misma ideología. Que nadie se engañe. Nada tienen que ver los tercios españoles con la extrema derecha, ni la extrema izquierda ni ninguna ideología que no fuera la suya en aquel momento, que no era otra más que la de ganar batallas, poder comer al final del día y volver a sus casas de una pieza, con un respeto y honor ganados a golpe de pica y arcabuz. Al abrigo del olvido al que condenamos siempre los españoles a los nuestros, algunos sinvergüenzas han adoptado como suyas esas banderas, esos tiempos. Y jamás serán suyos ni de nadie. Nos pertenecen a todos, forman parte de nuestra historia y por mucho que se empeñen en hacerlos suyos, basta coger un libro y leer un poco al respecto para ver las enormes diferencias. La valentía de aquellos tercios nada tiene que ver con los cobardes que nos intentan confundir e introducir sus ideologías entre líneas. Aquellos hombres de mediados del XVI se movieron por causas más importantes que su país. Lucharon por principios, por honor, por ser hombres enteros. Y sobre todo por comer y por no morir, aunque no lo recuerden con la misma euforia. Y de eso distan mucho los que ahora enarbolan orgullosos sus banderas. Por desgracia. Y digo por desgracia porque en nuestro afán por no recordar episodios pasados de España, por miedo a los comentarios de los cuatro analfabetos que siempre nos han gobernado, todos los españoles hemos dejado en manos equivocadas nuestra historia, hemos permitido que nos la arrebaten sin más. Y probablemente el día de mañana, si continuamos así, no sabremos distinguir a un viejo infante perteneciente al tercio de Flandes de un soberano gilipollas de extrema derecha.

 

A mí me gusta sentarme e imaginar a ese viejo soldado, sentado sobre alguna roca con la pica apoyada en los muslos, pasándole un paño a su arcabuz desgastado. Riéndose desde Flandes bien alto al ver que la España por la que lucha, su España, nada ha cambiado.
 
 

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