Hacía frío en aquel lugar oscuro. El hecho de hallarse dos metros bajo tierra y que las paredes estuvieran recubiertas de piedras, sin ningún tipo de aislante, ayudaban a que la humedad también hiciera acto de presencia –esa perra humedad que se metía en los huesos hasta dejarlos escarchados por dentro–. Curiosamente, los primeros veinte minutos nada más entrar allí eran bastante reconfortantes debido al calor extremo que arrasaba el país hasta la caída del sol. Luego, minuto a minuto, todos los males del mundo se colaban en aquella habitación para robarle el sueño y el alma a los presentes.
 Antes sólo acudían allí de noche, cuando los aviones atacaban por sorpresa la ciudad, pero en los últimos meses los ataques se habían intensificado obligándoles a bajar precipitadamente, dejando a medias cualquier cosa que estuvieran haciendo como comer, dormir, follar o cambiarles los pañales a los niños.  Al fondo de aquél sórdido agujero de esperanza, un orinal metálico era el único alivio físico. Y se usaba.  Claro que se usaba.
Jon López, el veterano corresponsal de guerra, entró rápidamente  precedido del muchacho y se apoyaron contra la pared del fondo. Allí sólo quedaba un vecino del bloque. Jon se palpó la nuca y el cuello buscando alguna herida importante aún no descubierta por la intensidad del momento pero sólo encontró rasguños y una esquirla diminuta de metralla incrustada en la oreja a modo de siniestro pendiente. Se apretó el casco, sacó un viejo cuaderno, un bolígrafo y se dispuso a hablar con el joven que tenía delante.
*****
El padre de Khaled había construido ese refugio en Agosto del dos mil diez, seis meses antes  de las  primeras revueltas. Las cosas se  empezaban a poner  tensas en Siria y aunque no hubiera todavía ninguna rebelión contra el régimen, los  comentarios en la calle acrecentaban la preocupación de los  sirios, preocupación que se convertiría más adelante en una realidad muy difícil de digerir. Con ayuda de unos vecinos y aprovechando el pequeño terreno que tenían debajo de casa, habían logrado excavar un modesto refugio para evitar males mayores en un futuro. Tras excavar el refugio lo forraron con grandes piedras para evitar cualquier derrumbamiento y unos maderos pesados cogidos de la casa en ruinas que agonizaba al final de la calle sirvieron de improvisadas vigas. Lo que jamás imaginó aquel hombre es la cantidad de horas que su hijo pasaría allí, sentado en la vieja silla de madera, escondiéndose de las miserias del ser humano.
    Khaled vivía con su familia en una barriada a las afueras de Homs con sus padres, dos hermanos y tres hermanas. Nada más empezar las revueltas sobre Febrero de dos mil once su hermano mayor se marchó con otros cuatro amigos hacia Damasco con el objetivo de ayudar en las protestas. Estuvieron en contacto con él hasta Julio de ese mismo año. Tras llamar a su madre antes de iniciar una manifestación en Hama el treinta y uno de ese mismo mes, se perdió contacto alguno con él. A la semana siguiente su otro hermano marchó a Hama en su búsqueda. Jamás avisó de su llegada.  Para entonces el país se hallaba sumido en un completo caos. Los comerciantes ricos, la alta sociedad y los privilegiados hombres de negocios de la sociedad siria habían huido del país a Europa o países fronterizos. Pero la gente sin recursos, aquellos que no podían permitirse salir de aquél escenario de batalla, se habían quedado defendiendo su única esperanza: sus hogares y a su familia. La  gente se agolpaba en las calles haciendo acopio de todo lo que pudieran comprar, el odio se acumulaba en las miradas de unos y otros. Como en cualquier guerra civil, las tensiones, celos y odio acumulado empezaron a aflorar entre vecinos, amigos y hermanos. Algunos empezaban a tomar posición públicamente a favor del régimen o a favor de los subordinados –que por entonces ya se contaban por miles. Serían los primeros en caer. Otros más cautos participaban en las protestas o vestían el uniforme del gobierno sin comentar nada con nadie. Y la inmensa mayoría restante, simplemente se encerraba en su casa atenazada por el miedo. Los supermercados se empezaban a quedar sin existencias y los robos, saqueos y violaciones –por parte del gobierno y de los rebeldes– empezaron a propagarse como la pólvora. El gobierno sirio de Bachar el Assad estaba usando todas sus fuerzas por tierra, mar y aire para aplacar la voz de su pueblo, un pueblo harto de represiones y consciente de que la única forma posible de conseguir un estado libre era luchar sacrificando su vida y la de sus familias, como lo estaban haciendo ellos.
La proximidad de la casa de Khaled con el conflictivo barrio de Bab Amro había destrozado por completo cualquier atisbo de esperanza en una paz cercana. El ejército había intensificado sus ataques en aquella zona y aprovechaban los repentinos silencios para jugarse la vida yendo y viniendo a los bloques de edificios cercanos en busca de ayuda materializada en ropa, mantas, agua y con suerte, algo de comida. Sin embargo todo cambió en febrero de dos mil doce. Las tropas del gobierno estaban peinando las zonas limítrofes al barrio de Bab Amro preparándo el escenario de otra ofensiva que consiguiera hacer desaparecer a los rebeldes y entraron en casa de Khaled. Una patada seca en la puerta avisó de su llegada. El joven se escondió dentro de un armario con doble fondo que también había construido su padre –bendita hipocondría– y sólo logró escuchar lo sucedido. Escuchó cómo le reclamaban la documentación a su padre y los gritos de su madre mientras los soldados la llevaban junto con sus dos hermanas a la cocina. Luego, un disparo seco, sin eco, turbó la mente del muchacho que, bloqueado por el miedo, no se atrevió a salir del escondite. Una sucesión de gritos de su familia y veinte minutos más tarde, el silencio más absoluto.
Cuando Khaled salió de aquel armario comprobó hasta donde podía llegar el odio y la vileza en el ser humano.  Su padre yacía muerto en la entrada de la casa con un disparo en la cabeza. En la cocina, la mesa despejada de platos –rotos en el suelo– y una gran mancha de sangre en el mármol le hizo suponer que las habían violado antes de llevárselas. Al igual que a sus hermanos, jamás las volvería a ver. El chico cogió ayudado por otro vecino a su padre y lo bajó escaleras abajo a la calle. Le tapó con una manta e improvisó una tumba junto al refugio. Una pequeña montaña de piedras señalaba el lugar dónde yacía la persona que más le había querido y cuidado. Khaled se había quedado solo.   
El resto de días el joven sirio vivió prácticamente encerrado en aquél refugio. La intensidad de los bombardeos sobre Homs y los continuos registros a los bloques y edificios cercanos al refugio habían convertido ese barrio en una trampa mortal. El joven sobrevivía cruzando de un bloque a otro por los tejados, rastreando habitaciones rápidamente y poniendo señuelos que le alertaran de la entrada de soldados en el edificio –solía poner ventanas de cristal apoyadas en las puertas. Los soldados no las apartaban, era más rápido y cómodo derribarlas–. Tenía más miedo a los soldados del gobierno, las tropas rebeldes estaban formadas de ciudadanos de a pie armados con lo que podían y las dos veces que se había cruzado con ellos no le había  sucedido nada, incluso una vez le dieron agua. Aún así no se fiaba de ellos. De nadie. Luego, cuando llegaba ese incómodo silencio que indicaba que allí no quedaba nadie, corría rápidamente al refugio con lo que había podido coger  y pasaba largas horas soportando bombardeos, el silbar de los morteros y algún que otro grito. Algunas veces le acompañaba algún vecino –cada vez menos– y en una ocasión, pasó la noche abrazado a una joven de su edad a la que, por desgracia, tampoco volvería a ver. Era muy frecuente el no volver a ver a mucha gente conocida y procuraba no  encapricharse con nadie. Cuanto menos sintiera, cuantos menos sentimientos dejara sueltos, menos sufriría. Khaled lo sabía y obraba en consecuencia.
 Una mañana, al finalizar el bombardeo y salir del refugio,  un viejo amigo de su padre con el que había pasado seis horas hablando de los tiempos antes de la guerra, le había robado la comida y el agua argumentando que debía buscar a sus hijos y no le quedaba más remedio.
–Si mi padre te tuviera delante te habría cortado las manos, cerdo ladrón –gritó el muchacho mientras se reponía de la paliza de aquel hombre.
El hombre no le respondió. Se alejó rápidamente de allí, pegado a las paredes evitando ser descubierto por algún francotirador.
El joven le observó mientras se sacudía el polvo de los pantalones. Deseaba con todas sus fuerzas que alguna bala le abatiera y recuperar su agua y su comida aunque pronto borró ese pensamiento de la cabeza. Aún le quedaban trazas de humanidad, aunque el demonio de la guerra ya había hecho mella en su mente y en su alma.
De repente una explosión devastadora hizo caer al suelo otra vez al muchacho. Provenía del edificio de enfrente, a unos cien metros de donde se encontraba. Al no tener nada delante podía ver claramente un todo terreno incendiado y una gran columna de humo. El vehículo llevaba una gran pegatina de Press que advertía de su neutralidad en aquel tinglado. Sólo eran periodistas aunque eso no era motivo para salir vivo de allí.
  
Instintivamente se levantó como un resorte dispuesto a emprender la carrera hacia el refugio pero  un grito desesperado hizo volver a girarse al chico por un segundo. Al fondo, junto al lugar de la explosión, una silueta corría hacia él con las manos en alto pidiendo ayuda. Khaled, levantó sus manos consiguiendo llamar la atención de aquél hombre desorientado que corría buscando un lugar donde ponerse a cubierto.
  El reportero alcanzó la situación del chico y ambos corrieron –guiados por Khaled– hasta el refugio donde entraron bruscamente como alma que lleva el diablo. Instantes después, una cadena de explosiones cercanas advertía el comienzo de otra larga sesión de bombardeos.
*****
El joven miraba al reportero fijamente a los ojos. Con frialdad. Comprendía perfectamente su idioma –antes de la guerra y gracias a internet, Khaled había aprendido de forma autodidacta a dominar perfectamente el inglés– aunque aquel periodista aún no se había pronunciado.  Tenía enfrente a un occidental. Un  tipo que estaba allí por trabajo, no por obligación. Alguien que vivía en un país cuyos gobernantes, miembros de la ONU, seguían debatiendo si era práctica o ventajosa para sus intereses una intervención en  Siria que frenase la matanza sistemática y premeditada que estaban llevando a cabo las tropas de Bachar el Assad. Tenía enfrente al encargado de llevar las noticias a aquellos que tienen agua corriente en sus casas, luz y electricidad. A aquellos que miran hacia otro lado cuando escuchan los gritos, las protestas en las puertas de las embajadas. A aquellos que con un solo click en el mando a distancia de la televisión zanjan cualquier asunto de guerra en oriente medio u otra zona de guerra. Y sin embargo no sentía odio hacia él. 
Le reconfortaba saber que ahora mismo, en aquel habitáculo oscuro, eran completamente iguales el uno al otro. Incluso le divertía la idea de pensar que era él quien había ofrecido refugio y había salvado la vida de aquel hombre. Dos seres humanos luchando por salvar la vida. Escondidos como ratas bajo tierra sin más compañía que ellos mismos, con sus miedos y temores. No había más. Sin intereses ocultos ni doble juego. 
–Me llamo Jon, gracias por salvarme la vida, ¿Cuál es tu nombre? –le pregunta el reportero al joven mientras se lleva a la boca medio cigarro sacado del bolsillo del chaleco.
–Khaled –responde el chico.
Las sirenas y las explosiones hacen llorar al otro vecino que se encuentra con ellos, aunque apartado en la otra esquina del refugio. Ninguno de los dos le presta atención, absortos el uno en el otro, inquiriendo  cada gesto enfrentado. Mirándose fijamente a los ojos intentando comprenderse, intentando robar con la mente de forma recíproca un pedacito de vida, de experiencias vividas.
–Dime chico, ¿tienes miedo a la muerte? –pregunta a bocajarro el reportero.
Khaled recibe la pregunta sin sorprenderse. Como si ya se hubiera hecho esa misma pregunta a sí mismo en otras ocasiones. Luego se gira y vuelve a observar al otro muchacho que sigue llorando a su lado. La presencia de una gran mancha de orina en sus pantalones justifican esas lágrimas. Khaled se levanta, echa una manta por encima a aquel chico que le mira con ojos vidriosos y vuelve a sentarse frente al reportero. Tranquilo, sereno, vuelve a fijar la mirada en el hombre que espera en silencio una respuesta.
–Lo peor es el miedo –le dice Khaled. He visto morir a muchos hombres. He deseado morir junto a ellos. He visto el cuerpo de mi padre muerto desprendiendo una paz y una serenidad que yo aún no conozco. He deseado estar mil veces con ellos. La muerte no es el problema, es un trámite.  Lo que de verdad te corroe, te pudre por dentro desgastándote lentamente es el miedo. He visto a hombres tan grandes como tú derrumbarse, mearse encima igual que ese muchacho que tienes al lado. He pasado horas solo, escuchando gritos, viendo a través de la entrada al refugio cómo personas inocentes caían derribadas por balas de tiradores, por metralla de mortero. He rezado mil veces apretando los dientes con fuerza para no ser el siguiente en caer, para no ser violado o torturado, deseando que si todo tiene que acabar, sea de una manera rápida, limpia. No es la muerte  lo que temo –el joven agarra con fuerza la mano del periodista–, a lo que verdaderamente temo, es a seguir viviendo con miedo.
Jon López,  reportero de guerra durante casi veinte años, no hace más preguntas y cierra su cuaderno.
Mira los negros ojos del joven sirio, traga saliva, se guarda el bolígrafo en la chaqueta y vuelve a encender el cigarro mientras abraza con fuerza al muchacho. Se incorporan los tres al fondo del refugio e intentan conciliar el sueño.
 Afuera, las bombas siguen cayendo.

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