(Por @OrdinaryLives)
Son las noches más oscuras las que nos cambian, son las noches más oscuras las que nos convierten en auténticos desconocidos, y lo sé de sobra. Estaba dentro de aquel Mustang del 69 esperando a que alguien saliera de un puto local de mala muerte en el que sólo había putas y borrachos. Lo normal teniendo en cuenta las horas de la noche que ya eran, miré el Casio plateado que adornaba mi muñeca derecha y bostecé ligeramente. Otra noche más teniendo que buscar a algún mal nacido que dejaba a su mujer e hijos en casa y se iba por ahí a bajarse la bragueta  con cualquier mujer que sólo pensara en el placer del otro. Los años ochenta nos habían sumido en la mierda, la gente se había olvidado de eso de fumar porros y ser feliz sin molestar a los demás y yo me resistía a vestir esas ropas horrendas que ocupaban todos los escaparates. Me aferraba como nunca a un pasado que no me parecía tan malo. Le di una calada profunda al cigarro antes de coger las llaves y salir del coche, como siempre tenía que hacer de tripas corazón al pasar por alguna de aquellas puertas con luces de neón afuera.
 
Mis zapatos manchados de alguna salpicadura desconocida avisaban de que no iba demasiado bien de dinero, mi gabardina gris algo raída también. Supongo que el bigote de la antigua escuela les hacía confundirme con un viejo fascista, nada más lejos de la realidad. Sonreí de medio lado al ver que mi objetivo todavía estaba en la barra tomando algo que parecía un carajillo. Un tipo poco sofisticado, como lo indicaban una calva incipiente que trataba de ocultar peinándose de lado, la barba mal afeitada y una nariz demasiado roja como para no indicar que era un alcohólico desde hace años. La gente no se da cuenta de que para el ojo experto hay indicios evidentes. Me froté las manos y las apoyé sobre la barra mientras pedía un whisky solo, un par de dedos de ese preciado líquido irlandés que me harían mantenerme firme.
 
Benito Alcaráz se bebió el carajillo, se despidió de la camarera y se perdió en el pasillo de las habitaciones. Me tomé mi tiempo para beberme el  vaso con aquella bebida espirituosa, sabía de sobra que los hombres como él aguantan poco tiempo con una mujer que sabe lo que hace. Lancé alguna que otra mirada a la camarera para que entendiera que aunque no fuera a hacer uso de ninguno de los otros servicios del local aquella noche mi gusto por las mujeres estaba más que claro. Cuando vi, por fin, al hombre salir y despedirse mientras se echaba sobre los hombros una chaqueta saqué la cartera para pagar, sin preocuparme por las vueltas.
 
―Buenas noches. ― Una despedida rápida y que, probablemente, fuera un adiós.
Seguí los pasos de aquel hombre, seguí las huellas invisibles que iba dejando sobre las aceras más que conocidas de un viejo barrio madrileño. Aquel maldito hijo de puta que gritaba a todas horas a su mujer, que le levantaba la mano cuando llegaba de la obra, que la forzaba en la cama hasta hacerla llorar mientras se aferraba a las sábanas, que usaba el cinturón con sus hijos más de lo que es recomendable. No sentí remordimientos al golpear con fuerza su cabeza contra una de esas paredes de ladrillo desgastadas por los años y escuchar el golpe seco del hueso contra una superficie dura, no me tembló el pulso al esconderlo junto a un contenedor lleno de bolsas de basura, no tuve náuseas al pensar que al día siguiente probablemente me encontraría su cuerpo sobre la mesa de autopsias del Anatómico Forense.
 
No tuve pesadillas aquella noche. La familia Alcaráz lloraría durante un par de días, respiraría tranquila el resto de su vida.
 
 
 
 
 
Texto escrito por Álvaro. No esperaba menos de ti, sabiendo como escribes. Mil gracias por tu tiempo y por éste texto, amigo.
 
Podéis seguir a Álvaro en Twitter: @OrdinaryLives

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