Comienza a llover; esa maldita lluvia persistente que termina por calar el abrigo y alcanzar los huesos —Orballa, dirían los gallegos—. No se puede permitir ceder ni un ápice de salud, por lo que busca refugio en una galería de arte que dista a pocos metros. Demasiados años regalando salud. Demasiados años embarcado, expuesto al salitre del mar, al gélido viento de invierno o al sofocante calor del verano. Todo tiene un precio. El suyo había sido un dolor crónico de espalda y una piel tan estropeada que, sin duda, cualquiera que no le conociese añadiría a su edad quince años.

Al entrar en la galería se le acerca, solícito, un hombre de mediana edad enfundado en un elegante traje negro y camisa blanca radiante, perfectamente planchada y limpia, al igual que sus zapatos. Un hombre siempre debe llevar limpios sus zapatos —decía su padre—, hay que vestirse por los pies. Eso es porque no le tocó quitar la grasa al motor de un barco, piensa.

— Buenas tardes, ¿venía a ver la exposición?

— Tan sólo buscaba cobijo, gracias. Esta maldita lluvia me pudre los huesos.

— Entiendo, caballero. No obstante, el último parte atmosférico indica que no parará de llover hasta dentro de una hora o dos, así que, si su propósito es estar en el soportal esperando a que amaine, le invito a pasar dentro y ver la exposición.

Se palpa los bolsillos. Recuerda haber pagado la comida con su hijo en metálico y haberle dado al chaval el sobrante, para que se lo gastase en el cine con sus amigos. O eso le había dicho el zagal, aunque el librillo de papel de fumar que se le había caído al sacarse la cartera indicase lo contrario. Él hacía la vista gorda a estas cosas; el chaval sacaba buenas notas y tenía un carácter noble, nada grave que reprocharle. Por lo que había decidido que, si su hijo quería fumarse dos porros con sus amigos, no sería él quien lo impidiera. Por ahora.

— No tengo dinero. Como mucho tendré dos euros. Le agradezco su oferta, pero esperaré aquí a que amaine.

— La exposición es gratis, caballero —indica el hombre del traje negro, ofreciéndole una cálida sonrisa a la vez que abre la puerta de cristal, invitándole con la mano derecha a entrar en la galería.

— Gracias.

Una vez dentro, las blancas paredes y la ausencia de cualquier tipo de ornamentación que no sean las propias obras de arte le hacen imbuirse en una atmósfera de claridad y calidez que, hasta ahora, nunca había conocido. Es la primera vez que visita una galería de arte y le llama la atención prácticamente todo lo que ve o siente.

— Si lo desea le puedo preparar un té o un café caliente.

De donde él viene no hay nada gratis, y ya ha tenido bastante con la invitación a visitar la exposición, así que prefiere declinar la oferta.

— No, gracias. Estoy bien así.

— Como quiera. Esta semana tenemos algunos cuadros de Jake Wood-Evans muy interesantes. Espero que le guste.

Jake Wood-Evans le suena a chino. Como mucho ha oído hablar de Goya y Velázquez, y porque le repitieron el nombre de estos pintores hasta la saciedad en el colegio. Así que decide pasear por la larga galería de inmaculadas paredes sin dirección ni propósito.

Se para a observar un retrato difuminado de alguien que no reconoce. La cara no está bien definida, inundada por pinceladas erráticas que hacen imposible su identificación. Se gira y observa, casi al final, una pequeña banqueta de tela dispuesta así adrede, para el que guste sentarse a observar la obra que hay enfrente. Se nota cansado —malditos huesos—, así que se sienta, estira un camal del pantalón que tiene arrugado, levanta la mirada y contempla el cuadro.

 

VESSEL AT SEA, 2017 Oil on linen

                                                                   

Observa la obra. Tiene delante el cuadro de un barco. Al principio piensa que el artista no domina mucho la técnica y, en consecuencia, salen esos manchurrones horribles en el lienzo. Sin embargo, esta idea le dura poco. Su propia observación de la obra facilita que el cerebro se vaya educando en la pintura del artista e indefectiblemente llega a la acertada conclusión de que esos brochazos están ahí porque deben estar. Porque el artista intenta transmitir algo con ellos. El mero hecho de tener delante un barco le apasiona. Ha pasado media vida embarcado como marino mercante y la otra media pescando atún con su padre, así que le gusta lo que ve. Por un momento piensa en el hombre que ha creado esa obra, ¿habrá estado embarcado como él? Al instante desecha esa idea. Parece un barco antiguo, un galeón. ¿Quién iba a estar embarcado en un galeón del siglo XVI? Qué pardillo eres, piensa.

Durante largo rato se dedica a observas los brochazos que plagan el cuadro en todas direcciones. Le parece algo increíblemente complicado. Parecen pinceladas aleatorias, pero no, en su conjunto le dan sentido a la obra. Por ejemplo, esa pintura blanca justo en medio, tocando el galeón: es la espuma del mar, al batirse contra la madera del barco; esa maldita espuma del mar bravo, tan clara como la luz del día. Sonríe. La ha visto mil veces. Todos los tonos oscuros, incluso negros, que rodean a la obra, hacen que el observador fije más la atención en la escena del navío. Como mirar a través de un agujero, en una habitación oscura. El barco parece algo escorado a la izquierda, empujado por la fuerza del mar, que le bate por estribor. Se empieza a sentir confortable, allí sentado. Sabe de qué habla el artista. Él es marinero y comprende la posición del navío, el agua, hasta el imperceptible lenguaje de la espuma que forman las olas.

Las jarcias y los mástiles están medianamente bien definidos, aunque en su conjunto el barco aparece borroso. Comprende al artista. El barco no es lo que da sentido a la obra. El galeón o como quiera llamarse aquella embarcación, es una pieza más, un fragmento de algo más grande. Al igual que el agua, los rociones de espuma, la luz y la oscuridad de los bordes. No es el barco lo principal de la obra, sino la atmósfera que se crea al ver, majestuoso, a un navío de madera, cazadas sus jarcias al medio, deambular entre tinieblas y embates de mar. Se siente emocionado con la pintura. Una cascada de sentimientos invade su cuerpo; admiración, violencia e ímpetu le acompañan una y otra vez en su mirada a la embarcación, con su propia alma a medio camino entre las tinieblas y una lucha contra el mar sin tregua, feroz.

— Me alegra que le guste, también es mi preferido.

El hombre trajeado que le abrió la puerta se encuentra sentado junto a él, observando también la obra. No lo ha visto llegar.

— Es una puta maravilla. Perdón.

— No se preocupe por el vocabulario. A fin de cuentas, el arte trata de despertar sentimientos. Y en lo que a sentimientos se refiere, la mejor medida es carecer de ella. Ahora si me disculpa, vamos a cerrar la galería, pero mañana a las nueve volvemos a estar abiertos, por si desea regresar.

Mira su reloj. Han pasado dos horas y media, aunque para él han sido apenas unos minutos. Sorprendido, se levanta rápido y extiende la mano al hombre del traje oscuro.

— Disculpe, no me he dado cuenta de la hora. Una vez más, gracias por invitarme a su galería. Volveré, no le quepa duda.  Creo que a mi hijo también le gustará, así que regresaré con él.

— Está usted en su casa, regrese cuando quiera.

Tras el firme apretón de manos, regresa por la galería en dirección a la salida. Por un breve instante se gira y observa de nuevo el cuadro.

Al salir de la galería, la lluvia ya no hace acto de presencia. Camina hacia casa, paseando por la alameda. Durante todo el camino la imagen del cuadro no abandona su mente; el barco, sus colores, esa mirada subjetiva hacia un lienzo que le ha despertado su, ahora profundo, interés por el arte. Medita sobre el resto de los cuadros del autor, y sobre si habrá más artistas con ese estilo de pintura. U otro. Un abanico de emociones y deseo por descubrir se abre hacia él con cada paso.

Dos horas y media —piensa, mientras se esboza en su rostro una sonrisa—. Maldito Jake Wood-Evans.

 

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