Tenía las manos manchadas de tinta. Había escrito compulsivamente mientras las lágrimas caían sobre el papel hasta convertir alguna de las líneas en un borrón casi ilegible. Se había pasado toda la noche despierto empalmando cigarrillos, intentando suavizar el nudo de su garganta tragando una cantidad imprudente de bourbon y llenando páginas y páginas de divagaciones que habían ido tomando forma de historia de amor trágica. Su propia historia. Sólo intentaba entender lo imposible de comprender. Una noche se había despertado y ella ya no estaba. Había desaparecido sin más. El hueco de su cama aún caliente. Podía, simplemente, haberse levantado al baño o haber bajado a la cocina a por un vaso de agua. Pero algo dentro de él sabía que sólo estaba intentando no ver la verdad. Ella se había ido y no iba a volver. La esperó despierto toda la noche tumbado sobre la cama, sin moverse, para poder fingir que seguía dormido si ella volvía y hacer como si nada hubiera pasado. Agudizaba el oído cada vez que oía un ruido en medio del silencio sepulcral de aquella noche de verano. La luz empezó a entrar por la ventana sin que ella llenara el enorme espacio vacío que había dejado a su lado. “¿Qué coño iba a hacer ahora?” Lloró desconsoladamente mientras se duchaba, se afeitaba y se vestía. Si ella volvía quería estar guapo y perfumado.
No iba a volver, él lo sabía. Sabía que hacía tiempo ya que la pasión había dejado paso a la rutina. Una rutina que para otros habría sido digna de vivir. Vivían acomodadamente gracias a los derechos de autor por el enorme éxito que habían conseguido un par de novelas que él había escrito en su juventud y a un par de artículos al mes que escribía para un periódico de renombre. Ella podía dedicarse a su pasión, la pintura. Ésas habían sido las primeras señales, sus pinturas. Habían cambiado. Antes sus colores eran vivos. Pinturas realistas de cosas cotidianas que bajo su pincel se convertían en mágicas. Pero un día empezó a pintar formas abstractas en tonos oscuros, pinturas prácticamente negras a los ojos de él que entendía más bien poco de arte. Le preguntó varias veces a qué se debía ese cambio en sus obras. Ella le contestaba con un simple “No sé.”. No sabía que tenían esas formas extrañas y la forma frenética en que ella las hacía aparecer en el lienzo que conseguían inquietarle y revolverle las tripas.
Se había vuelto una persona irascible, de temperamento cambiante. Por un momento parecía que le provocaba nauseas con solo tocarla suavemente en el brazo y al instante siguiente se lanzaba sobre él desesperada por follarle. Arañando su espalda, mordiendo su cuello y gritando hasta despertar a los vecinos con cada una de sus acometidas. Volvería. Cambiaría de idea y regresaría a su lado para colgarse de su cuello como había hecho miles de veces.
Encendió el último cigarrillo de la cajetilla. Se recostó en la silla que crujió bajo su ligero peso. Había adelgazado hasta convertirse en un cadáver viviente. No dormía y apenas comía lo justo para poder tener la fuerza suficiente para trasladarse de la cama al sofá, del sofá a su silla frente al escritorio. Habían ido a visitarle amistades y familiares y los había mandado a todos a la mierda. Por él podían pudrirse en el infierno todos ellos y podían meterse su compasión por el culo. No necesitaba ánimos y comprensión, la necesitaba a ella, sólo a ella. Pero ella no había vuelto, jamás iba a volver. La noche que fue consciente de ello por fin empezó a escribir como un loco. Por el día se arrastraba cual sonámbulo por la casa, por la noche escribía sin parar. Y por fin estaba acabado, había escrito la última línea de su historia.

 

Miró con orgullo la pila de folios llena de lágrimas, sudor y tinta, se levantó con una sonrisa en los labios. Hacía tanto que no sonreía que acabó formando una mueca extraña y tétrica con la boca. Fue hasta el baño, se lavó las manos manchadas con su historia hasta que quedaron inmaculadas. Se perfumó y se puso una de sus mejores camisas blancas. Sobre la cama descansaba una foto que le había hecho en el porche la mañana siguiente de haberse mudado juntos a esta casa. Su larga melena pelirroja brillaba bajo el sol aquel día de julio. Había corrido dentro a por la cámara para guardar ese recuerdo. Ella le había lanzado un beso al objetivo justo en el momento de hacerla. Junto a la foto, la navaja de afeitar con sus iniciales grabadas que ella le había regalado por su primer aniversario. Se tumbó con la navaja en su mano derecha. “Un par de cortes limpios y cerramos el libro, pequeña”. 
 



 
Texto escrito por @berenicered. Mil gracias por invertir tu tiempo aquí, en este blog, y regalarme tus letras. Es fantástico.
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Y por supuesto, en su fantástico Blog: Trazos en rojo
 

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