El otro día estuve revisando fotos de mi último viaje a Croacia y Bosnia-Herzegovina. Gracias a mi afición por la fotografía intento guardar momentos y situaciones que, de otra manera, me sería imposible archivar. Siempre queda el recuerdo pero ya sabemos que eso, con el paso del tiempo, también se borra. A veces es necesario. Otras en cambio, no.


Estuve recordando gráficamente a través de las fotos todo el recorrido que hice empezando por el norte de Croacia, la península de Istria con Pula y su magnífico anfiteatro como estandarte. Luego, pasando fotos recordé mi breve escaramuza hacia el interior para recobrar la costa por Senj y bajar hacia Dalmacia central, auténtica joya turística de Croacia. Allí visité la isla de Pag, donde dormí en casa de María y Martinek, dos ancianos entrañables con un brillo especial en sus ojos, mezcla de sabiduría acumulada con el paso del tiempo y agradecimiento. Demasiado debían de haber visto para estar tan felices y agradecidos, incluso a pesar de tener que subir varias veces al día tres pisos a través de una angosta y empinada escalera, contando cada uno con un buen puñado de años a sus espaldas – setenta y muchos les echaba yo-.


Tras una triste despedida no exenta de buenos deseos, promesas de regresos y cartas que nunca llegarían, dejamos a María y Martinek para seguir hacia el sur pasando por infinidad de pueblos costeros dignos de cualquier póster de revista, como Zadar, Sibenik, Split, Makarska y otros muchos.


Finalmente llegamos a Stone donde hicimos noche en un Sobe bastante cómodo – los hoteles allí no se usan, se suelen alquilar habitaciones a la gente del lugar, llamadas Sobes–  para, al día siguiente, bajar a Dubrovnik y regresar hacia el norte.
Nada más encararnos hacia el norte, emprendimos viaje a Bosnia-Herzegovina. A partir de aquí, las fotos de bellos parajes croatas, playas infinitas, islas de ensueño y cochinillos dorados a los pies de las carreteras cambiaron de manera radical.


Cuando llegué a Mostar las fotos eran de parajes destruidos por la última guerra, edificios – y calles enteras – como coladores acribillados por balas y metralla de Bosnios, Serbios o Croatas, coches de naciones unidas y museos de la guerra -negocio del que hoy en día la gente de Mostar saca una gran tajada, muy útil para salir adelante -.
Tiene cojones la cosa. Gente que ha sufrido barbaries que nunca muchos de nosotros llegaremos siquiera a imaginar vendiendo esos recuerdos en forma de videos, fotos o reliquias – fragmentos de bala, metralla, banderas, cascos y demás material bélico- para sacar adelante a sus familias. Para tapar esos agujeros de su pared. O de su estómago. Vender guerras pasadas para hacer frente a presentes de paz. De paz y de miseria.
En Bosnia se sufrió mucho, al igual que en Croacia o en Serbia – en mayor o menor grado -. Y en todos esos países ahora en paz me encontré lo mismo. Gente amable. Infinitamente amable. Personas dispuestas a sacar adelante su país y a sus familias de la manera que sea. Alquilando sus propias casas o vendiendo los recuerdos de las atrocidades cometidas a su pueblo o por su pueblo.
No puedo evitar, cuando veo esas fotos de mujeres y hombres sonrientes, asomados a esos edificios tiroteados bosnios o a esas bellas casas de la costa croata, recordar esos reportajes que veía por televisión  cuando era niño – sólo cuento treinta años – en los que un reportero llamado Pérez-reverte nos mostraba la otra cara de esas felices personas. Gente matando, violando y llorando la muerte de sus familiares queridos,  jurando una venganza cruzada por ambos bandos y creando un odio latente que les ha perseguido con el paso de los años.
Personas normales, humildes y trabajadoras convertidas en los más horribles asesinos, jaleados por coroneles y generales con los mismos orígenes que ellos y al servicio de una única idea, el odio al enemigo.
Mientras, Europa y el Señor Solana miraban hacia otro lado y hacían caso omiso a la carnicería creada entre sus vecinos del piso de abajo.
No era una guerra que interesara. No había intereses por los que luchar como  petróleo u otras joyas escasas.  Aunque de eso hablaré otro día.


En ese instante, mientras veo las fotos de Bosnia, recuerdo los documentales de la niñez y me arrepiento una vez más de ser Europeo – ser de otro continente tampoco cambiaría nada -, me vienen a la mente mis dos ancianos amigos María y Martinek.


Quizás lucharon, al igual que muchos paisanos suyos en la guerra pasada. Defendiendo ante los Serbios con uñas y dientes el puente de Maslenica o en infinidad de cruentos combates acontecidos a lo largo de toda la costa dálmata. O simplemente huyeron, buscando zonas más seguras.
Pero por lo que realmente me vienen las imágenes de María y Martinek a la cabeza es porque soy consciente de que esos dos simpáticos ancianos, esas dos personas entrañables, pudieron ser años atrás uno de esos monstruos que había visto horrorizado años atrás en televisión. Pudieron ser violadores, asesinos o simples fusileros a las órdenes de algún militar croata. O ambas cosas a la vez.
El ser humano, inducido por el terror, el odio y el miedo – sobre todo el miedo -, es capaz de convertirse en la persona más terrible.
Esos violadores o asesinos no nacieron así. Esas gentes eran iguales a nosotros. A nuestros padres, nuestros vecinos o a nosotros mismos.
Todos nos podemos convertir en personas así , sólo nos hace falta estar en el momento adecuado. En la situación adecuada. Y con un simple empujón, una chispa prendida a tiempo, seríamos capaces de transformarnos en esos seres irracionales de los que tanto huimos. A los que tanto tememos. Sacar lo peor de nosotros mismos, nuestros más oscuros pensamientos – o sentimientos- y convertirnos en esos violadores o asesinos.
El ser humano es capaz de absolutamente todo. Para lo bueno y para lo malo. Por desgracia, lo malo está más cerca de lo que nosotros pensamos. Y es extremadamente sencillo pasar esa delgada línea. Pasar de ser unas personas extraordinarias a unos auténticos hijos de puta.


Aún así, cuando miro mis fotos, sigo pensando – mientras respiro hondo, esperanzado, y esbozo una sonrisa – lo amables y extremadamente buenos que fueron María y Martinek.

Compártelo

Comparte este post con tus amigos