Tengo un amigo que se llama Benjamín. Debido a mi trabajo como agente de seguros  me suelo reunir varias veces al dia con personas muy diversas. Lo más común son empresarios, financieros y autónomos dueños de Pymes o comercios. Tampoco falta alguna ama de casa que quiere revisar la póliza de su seguro de hogar o el chaval de veinte años que quiere que le bajen el precio del seguro del coche. Al final, con tantas visitas y personas uno acaba aprendiendo a escuchar, a observar y analizar a la persona que tiene delante. Y entre todos ellos destaca uno con el que disfruto cada uno de los momentos que paso con él, que por desgracia y debido al trabajo y a la distancia, no son muchos.

Benjamín es cliente mio desde hace ya varios años. Siempre va vestido con ropa de faena, a él no le gustan los despachos, le gusta estar en sus campos, cerca de sus árboles, que es lo que le da de vivir. Nunca le he visto con grandes lujos. Conduce una furgoneta gastada de tantas idas y vueltas entre naranjos y herramientas y no es rara la vez que me lo encuentre cortando una naranja con su vieja navaja disfrutando del placer de comer fruta recién cogida. Es Ingeniero Agrónomo y ha escrito varios artículos en periódicos locales a los que, como es costumbre en este país cuando te quejas de algo, nadie ha hecho caso. A veces me pregunto cuanta gente he conocido que con facturaciones anuales  diez veces menores que la suya – este año ha superado los dos millones de euros-  se las dan de grandes empresarios a los cuales debes de saludar con el máximo respeto, embutidos en caros trajes y corbatas, mirándote por encima del hombro como si el resto del mundo fuera inferior.Son los mismos  que no saben hacer ni la O con un canuto pero hacen alarde de cultura repitiendo a todo el mundo lo mucho que les ha gustado el último libro que se han leido. Que se han leído en los últimos seis años. Aunque esto último lo omiten.

Como tantos otros en Valencia Benjamín se dedica a la naranja y derivados de la misma tales como clementinas, mandarinas, etcétera. Por lo menos un par de veces al año suelo ir a visitarlo y siempre seguimos el mismo ritual, algo que hace que  me vuelva a casa o al despacho con una sonrisa en la boca. Suelo ir a verlo a mediados de noviembre, ya entrada la temporada de la naranja, a discutir precios y hacer previsiones para la próxima anualidad. Cuando llego a la nave, aparco en la puerta o en una calle que baja cercana  a esta. Entramos a la nave y subimos cruzando por medio de la cadena de máquinas que en esa época del año suele estar llena de trabajadores temporales, currelas de diferentes paises y religiones, procesando naranjas y empaquetándolas en cajas. Luego entramos a su despacho que está al fondo de la nave – despacho antiguo, sin grandes pretensiones, como él-  y nos sentamos uno enfrente del otro a discutir y quejarnos de como está el mundo, como va la vida y lo mal que se están poniendo las cosas. Porque de cosas buenas uno no habla. Porque no suceden, me diría. Se saca un paquete de Ducados rubio del bolsillo, le da dos palmadas por detrás para que asomen y se enciende uno  para , acto seguido, dejar el paquete encima de la mesa. No hace falta que te invite, si quieres uno, cogelo -debe pensar-.

En ese momento empiezo a disfrutar. Me suelo quedar callado – haciendo apuntes para mantener la conversación fluida- observándolo, escuchando todo lo que me dice. Porque hay personas con las que uno no para de aprender y Benjamín es una de esas. Me cuenta que la naranja y el campo se van a la mierda, que esto ya no es lo que era. Que hay veces que le sale más caro cortar las naranjas que dejar que se pudran. Me señala unas cajas de madera con el simbolo de la empresa grabado en ellas y me dice: – Mira Luis, de esas cajas que ves allí, es más cara la caja de madera que las naranjas que guarda adentro. Hasta ahí hemos llegado. El estado nos obliga, por ser Europeos, a no utilizar casi ningún  fertilizante ni fungicida, teniendo que pasar por los que ellos quieren que, mira tú por donde, suelen ser los de más elevado precio. Sin embargo se bajan al moro e importan naranjas de allí que vete tú a saber con qué las fumigan, porque me da a mi en la nariz que no será con jabón de Marsella. Valientes cabrones. Se rien de nosotros en el sur y en el norte. Debería de haber una unión entre toda la gente que se dedica a esto y plantarles cara, pero es un sálvese quien pueda, aquí cada uno aprieta el culo y mira a otro lado. Y así van las cosas en este país. Como el culo. Como siempre.

Y un servidor no para de aprender en esas charlas como está orquestado este circo. Como siempre acaban palmando los currantes mientras otros, que suelen ser los que no han hecho nada en su vida, se comen enterito el pastel. Está muy claro como va este juego, quienes ganan y quienes van a perder siempre. Pero le queda el lujo de la dignidad, de poder cagarse en la madre de todos ellos a la cara, con la cabeza bien alta. 
Mientras me habla lo observo escuchando atento todo lo que me dice y pienso en cuanta razón tiene. Que le van a contar a él. Tiene esa mirada serena de los que ya lo han visto todo, de los que no hace falta que le cuentes historias ni películas porque se las ha visto todas ya.
Por eso lo considero mi amigo. Porque cuando voy a verle no me hace falta aparentar nada, simplemente voy como soy, sin pretensiones, sin adornos. Y él confía en mi.  No hace falta que le cuente porque este año los precios han subido o se los he conseguido bajar. Confía en mi y punto. Haz lo que tengas que hacer chaval. 

El otro día me contaba que el fulano que el año pasado le enganchó cincuenta y pico mil euros -fulano amigo de la familia y de él toda la vida, compañeros de promoción y de trabajo-,  le había vuelto a enganchar con otros pocos miles. Joder benjamín esque no aprendes, le dije. Ya te lo he dicho varias veces, las cosas ya no son como antes. Hoy en día la palabra de un hombre no vale nada. Date cuenta. La mia sí, me dijo. Por suerte.

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