Partamos de la base de que todo en esta vida es efímero. Absolutamente cualquier cosa es finita y sólo queda perpetuada en la mente y los recuerdos de las personas que, con el paso del tiempo y mediante escritos, pinturas o narraciones, logran transmitir a las generaciones siguientes aquello que consideran importante o de relevancia. E incluso eso, es limitado. Tarde o temprano el ser humano, el arte, la escritura, absolutamente todo, desaparecerá. Y conocedores de esta situación a la que estamos abocados, a este apocalipsis final que borrará algún día de la faz de la tierra –incluso la tierra misma– cualquier rastro o huella de civilización, luchamos contra nosotros mismos. Seguimos empeñados en aferrarnos a la idea de que seremos eternos, de que esto no va a desaparecer. Llámenlo miedo a la muerte o instinto de supervivencia. Nuestra propia naturaleza se rebela al intentar aceptar la idea de lo finito, se niega nuestro hipocampo a negociar con el lóbulo prefontal para tomar una decisión tan arriesgada. Aquí entraría en juego la religión, la fe, la creencia en el más allá para tratar de calmarnos, de apaciguar la desazón que produce saber que volveremos a ser la arena y tierra de donde salimos.  Intentar viajar otra vez en el tren de la vida, costearnos otro viaje una vez llegados a la última estación. Así, por la cara.
Es  entonces cuando, angustiados por la imposibilidad de dar respuesta a tantas y tan terribles incógnitas, ponemos en marcha nuestro mecanismo más primitivo y eficaz que tenemos: el olvido. Preterir el asunto.  Pasamos página, dejamos para otro día lo de pensar en que esto se acaba. Enarbolamos ese Carpe Diem que defendían los románticos como forma de vida y ya veremos luego qué pasa. Y he aquí lo peligroso del asunto, porque en el juego de la vida las cuchillas siempre llevan un doble filo; si por un lado la filosofía del Carpe Diem parece altamente recomendable –disfrutar todo lo posible de algo que sabemos que tiene un final, más cuando el disfrute es personal y lo finito es nuestra vida, algunos lo tacharán incluso de obligada necesidad–, por otro tiene el impedimento de correr el riesgo de perder, en parte, esos valores por los que nos caracterizamos los seres humanos y que van más allá del impulso animal por el que nos movemos todos y al que nos veríamos tarde o temprano abocados si siguiéramos la cómoda filosofía de vida de hacer lo que nos venga en gana.
Que nadie cofunda esta práctica con aprovechar la vida porque son dos polos opuestos. La vida hay que vivirla al máximo, hay que exprimirla y sacarle todo el jugo posible, hasta la última gota, pero sin dejarnos por el camino aquello que nos hace ser personas, andar con la cabeza bien alta. Porque ese regalo que la naturaleza nos ha dado llamado racionalidad debe servir para algo más que dejarnos llevar por esa animalidad implícita en nuestros genes. Ser consecuentes,  valientes, aunque a veces eso implique tomar decisiones difíciles, nadar contra corriente. Estas decisiones, aunque difíciles en primera instancia, resultan reconfortantes a largo plazo. Decisiones que nos pueden hacer sufrir. O incluso morir.
Quizá éste sea el punto de inflexión. ¿Por qué vamos a tomar decisiones que nos perjudiquen en lugar de elegir el atajo fácil, con el que disfrutaremos?, se preguntará aquél que siga la filosofía del todo vale. Y yo le respondería con una frase muy acertada del magnate Donald Trump: No existen los atajos para los lugares que valen la pena.  
No es la primera ni la última vez que presencio escenas carentes por completo de cualquier falta de valores. Por desgracia, cada día más a menudo. Nos abandonamos, nos dejamos llevar y trasladamos a un segundo plano la idea del honor, del orgullo, de la pasión. Y se convierte nuestra vida en un miserable y monótono paseo hasta nuestra muerte. No es difícil encontrar faltas de humanidad,  sólo hay que mirar a ancianos en pie en cualquier autobús ante la mirada impertérrita de otros más jóvenes, algo impensable hace pocos años. O a mujeres cargadas con bolsas, subiendo escaleras sin que nadie se ofrezca a ayudarlas. O traiciones y vilezas guiadas por palabras dichas de espaldas. Como este ejemplo los hay a cientos, ¿es esta la vida que queremos? Yo me bajo del tren, desde luego. Porque prefiero cederle el asiento a un anciano aunque me tachen de condescendiente, porque prefiero ofrecer mi ayuda a una mujer cargada aunque me tachen de machista. Porque prefiero decir mis verdades a la cara.

Y sí, es cierto, el final es el mismo para todos pero también va en nuestra condición de seres racionales poder elegir y, ya puestos,  me quedo con el camino difícil, con el del honor, la honradez y la honestidad. Valores antiguos que caen en desuso con el paso del tiempo. Valores con poco reconocimiento material, difíciles de mantener, sin atajos rápidos y muy complicados de recuperar. Sírvanse ustedes mismos y no se dejen engañar. Y antes de elegir su forma de vida, hablen con sus abuelos y lean libros de historia. Quizá coincidamos en algo. El tiempo lo dirá.

Si el honor fuera rentable, todo el mundo sería honorable. Tomás Moro.

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