El joven machacaba frenéticamente en el almirez  una mezcla de tomillo y aloe vera, receta aprendida de un tío suyo que gozaba de estudiar plantas. La situación no podría ser más tensa: el palo mayor de la fragata inglesa aparecería de un momento a otro en la línea del horizonte, obligándoles a seguir huyendo o plantar cara de una vez por todas a aquellos  malditos bastardos de piel blanca que llevaban persiguiendo su barco durante varios días. La mala suerte había querido que un cañonazo lanzado a bastante distancia desde la proa del barco inglés, en un intento desesperado por darles caza tras dos días de persecución –la fragata era rápida pero el buque corsario en el que viajaba, además de bien capitaneado, no era un enemigo precisamente lento–, rompiese parte del palo de mesana, cayendo varios trozos de madera sobre el castillo de popa, uno de los cuales había herido a su capitán rajándole el pecho desde el hombro hasta las costillas.
José Gallego Mazarrón. Natural de Almagro, Ciudad Real. Hijo y nieto de agricultores, de piel oscura como la noche, como la tierra que pisaba. Sus brazos fuertes y mirada franca eran la envidia de todo el pueblo, rifándose las mujeres un baile con él en las pocas noches que podía permitirse el lujo de acudir a alguna reunión social que no fuera partirse la espalda en las eras junto a su padre. Porque Gallego, como le llamaba todo el mundo, era pobre, pobre como las ratas. Pero también era listo y sabía que aquél no era su sitio. Ni por asomo era su sitio. Su vida estaba fuera de ese mundo tan pobre, tan exiguo. Estaba en el mar, lejos de tanta miseria en tierra; abrazando a la suerte en cada travesía, dependiendo del océano, de su propio trabajo y esfuerzo, del tiempo y del clima. Y ahí se encontraba, con veintiún años recién cumplidos, huyendo del inglés a bordo de un buque español con patente de corso. A dos mil millas de su tierra natal, preparando un ungüento que pudiera salvarle la vida a su capitán y con él, salvar la moral de una tripulación ya cansada y desgastada de tanto esfuerzo.
–Mi capitán, tómeselo. Es una receta antigua pero eficaz. Frótese este ungüento por la herida, ayuda a cicatrizar. Rápido, no nos queda mucho tiempo.
El capitán se incorporó con la cara desencajada y, ayudado por dos marineros que permanecían pacientes a su lado, tomó lo que le ofrecía el chico y pasó aquella pasta oscura por la herida. Luego, se vendó con un jirón de su propio jubón la herida y regaló una mirada franca y honesta al joven marino.
– ¿Cómo has dicho que te llamas, muchacho?
–No se lo he dicho, señor. Me llamo José Gallego Mazarrón pero todos en este barco y fuera de él me llaman Gallego.
El capitán volvió a sonreír ante la insolencia del joven marinero que permanecía inmóvil y nervioso frente a él, mirando al suelo sonrojado al darse cuenta del exceso de confianza que le había profesado a su superior.
–Bien Gallego, bien. Te agradezco la ayuda prestada. Llegarás lejos, muchacho. Y no estés nervioso, todos morimos tarde o temprano. Lo importante es hacerlo con honor y este es un barco español, no somos vulgares piratas. Tenemos patente de corso por lo que nuestra actividad es lícita y no hay fragata en este mundo que nos haga arrodillar, ¿entiendes lo que eso significa, muchacho?
El capitán se incorporó por completo mientras formulaba la pregunta al joven marinero y oteó el horizonte por popa, esperando ver por fin a su terrible enemigo.
–Que no nos rendiremos jamás, señor. Antes morir que rendir el barco al inglés.
–Eso es, muchacho. Antes morir que rendir el barco al inglés. Y ahora ve con el resto, enseñemos a esos ingleses de qué pasta estamos hechos.
Gallego se dirigió a proa con una sonrisa en la cara. Jamás había hablado con el capitán en los seis meses que llevaba en ese barco y por la cara de satisfacción del mismo, parecía que le había caído en gracia. Empezó a imaginarse en unos años como teniente de capitán o contramaestre a las órdenes de aquél hombre que despertaba toda su admiración. También sabía que iba a resultar difícil escapar de la situación en la que se hallaban metidos y a cada paso que daba, envalentonado por las palabras de su superior, asumía con más entereza que miedo una muerte que podría llegar en cualquier momento.
El capitán se puso su chaqueta sin ayuda de nadie y con la venda empapada de sangre, solicitó al maestre un catalejo.
–Ya están aquí. Y con el palo de mesana medio desarbolado no estamos en condiciones de volver a escapar. Permaneceremos inmóviles hasta el último momento. Cuando tengamos al inglés a menos de una cuarta de legua, viraremos por babor noventa grados dejando al enemigo a sotavento, lo que nos permitirá una capacidad de maniobra más amplia. Si esa fragata del demonio nos dobla en capacidad de fuego, intentaremos ser más ágiles. Por Dios y por España que no se lo pondremos fácil. Contramaestre, dé orden al piloto de lo que acabo de decir, quiero que esté atento a mi señal. Y avise al condestable de que tenga todo lo necesario preparado. Los quiero a todos en sus puestos, soldados armados por si hubiera abordaje, artilleros con las chilleras abiertas y los tapabocas de sus respectivos cañones quitados. Quiero al capellán bendiciendo cada rincón y hombre de este maldito barco. Hoy va a ser un gran día.
–Mi capitán, está sangrando –la cara del contramaestre revelaba cierta preocupación.
– ¡Diantres, soldado! Preocúpese de lo que acabo de ordenarle y deje asuntos banales para otro momento. Es nuestro honor lo que nos jugamos. Haga ahora mismo lo que le he dicho o me veré obligado a pasarle por la quilla.
– ¡Sí, mi capitán!
El contramaestre Iñaki Subijana, hombre rudo, marino de toda la vida, obedeció al momento las órdenes de su superior, no sin cierta preocupación al ver cómo chorreaba la sangre por su pecho. Iñaki llevaba al lado del capitán casi diez años y jamás le había visto rendirse. Por su condición de vasco y marino él tampoco era partidario de dar su brazo a torcer ante el enemigo. Eran innumerables los escenarios cargados de tensión a los que había tenido que someterse en su dilatada carrera sobre las aguas, pero siempre la suerte había jugado a su favor: bien por un buen parlamento entre barcos, bien por igualdad en la capacidad de fuego entre ambos navíos, lo que había inclinado siempre la balanza a favor suya gracias a la habilidad de su capitán a la hora de entablar combate, el mismo capitán que se mantenía ahora mismo erguido y firme sobre la toldilla bajo un charco de sangre a sus pies.
**
Gallego atravesó la cubierta dirigiéndose al lugar donde le había mandado el condestable, junto a un artillero. No era su trabajo habitual pero la falta de tripulación debido al escorbuto, que había asolado el buque al quedarse la tripulación varios días sin poder cargar víveres, le hacía desempeñar la función de ayudante de artillero. Debía ayudar con la pólvora, cebando el cañón después de cada disparo además de cargar las pesadas balas, por lo que sus fuertes brazos resultaban de gran utilidad. El artillero, Juan Martín Jurado, era un tipo seco, con cara de pocos amigos. Sin embargo no causaba mala impresión en Gallego, acostumbrado ya a los malos tratos de sus superiores y compañeros de mayor graduación.
– ¿Oyes eso, Gallego? –El artillero hacía repicar su anillo metálico contra el hierro del cañón–. Son las campanas que tocan a muerte, muchacho.
El joven sonrió tímidamente mientras preparaba la mecha y amontonaba enérgicamente las pesadas bolas de hierro junto a la cureña del cañón.
–Ya pueden tocar lo que quieran. Sea cual fuere mi destino, aquí me tiene aguardando.
A su lado, otro joven que ayudaba a un artillero a cargar una culebrina de metralla, sonrió tímidamente al escuchar la respuesta de su compañero. El artillero sonrió también, sorprendido ante la valentía del joven marinero; normalmente los muchachos a los que gastaba esa broma solían mirar abrumados al suelo, esperando en vano una salvación que sólo dependía de ellos mismos y no de sus miedos. Sin embargo aquél joven de Ciudad Real demostraba entereza y valor, ganándose el respeto de su superior.
Gallego terminó de preparar las cargas de pólvora para el cañón y se asomó un instante a través de la porta del cañón. Llenó de aire sus pulmones, de ese olor a salitre que tanto adoraba. La brisa marina, unida a las gotas de agua que desprendían las olas al chocar contra la madera, impactaba de lleno en su rostro, refrescando su cara, envolviendo su mente por breves instantes en la libertad más absoluta; alejada de guerras, de barcos y tierras mermadas, la más simple y pura libertad. La nada. Abrió los ojos y comprendió que la vida era eso, pequeños instantes. Recordó la mirada cálida de su madre durante la cena, el fuerte brazo de su padre que rodeaba su cuello después de una dura jornada, el primer beso de aquella joven, hija del barbero, bajo la sombra de una higuera. Sus recuerdos se mezclaron con sus deseos, con sus pasiones, pudiendo abrazar por unos instantes el cielo.
– ¡Muchacho, saca esa cabeza de chorlito de ahí, el barco está virando!
La realidad anunciada por el artillero, que le gritaba aireado, le sobrevino de golpe. Sacó la cabeza de la porta y agarrado al cañón aguantó el impulso del buque, que los empujaba violentamente hacia estribor debido al giro a babor repentino. Algo sucedía ahí arriba. Recordó a su capitán herido y lo quiso imaginar ya curado, gracias al potingue que le había preparado, manejando la situación con sus facultades plenas, desafiando al inglés, riendo entre dientes, seguro de la victoria. Desde luego, él y todos los marinos que tripulaban ese barco estaban dispuestos a morir si hacía falta por ese hombre al que tanto admiraba Gallego. Quizá hoy había llegado el momento.  
***
El barco inglés se acercaba rápidamente por la popa del buque español que en ese momento, por órdenes de su capitán, comenzaba su rápido viraje a babor en su intención de sorprender al inglés por barlovento con todos los cañones cargados, dispuestos a infligir el máximo daño posible a su enemigo, mucho mejor armado que él. Sólo una maniobra rápida y arriesgada como aquella, intentando sorprender a su perseguidor el cual daba por hecho que el español no les plantaría cara podría otorgarles cierta ventaja y sabe Dios si alguna oportunidad de supervivencia.
El capitán se apretó el vendaje,  y un leve gesto de dolor se dibujó brevemente en su cara, el tiempo suficiente para que  Iñaki Subijana le acercase prudentemente –la última bronca había eliminado de su pensamiento cualquier intención de que descansara– un poco de agua que refrescase su garganta y aliviase por unos instantes el dolor.
–Que siga virando, necesitamos tenerlo completamente a sotavento. Es nuestra única oportunidad, señores. Hagámoslo bien.
El piloto viró por completo el barco por babor imprimiendo una fuerza de empuje que hizo rodar a más de un marino que no estaba atento por los suelos. El viento de sudeste ayudó a culminar con asombrosa maestría la maniobra, que dio como resultado lo esperado por el veterano capitán español: las portas de todos los cañones de estribor de su barco abiertas, con los bocales de los cañones apuntando directamente al alma de la fragata inglesa, sedientos de sangre y honor. La primera andanada fue devastadora para el barco inglés, que intentaba tomar posiciones lo más rápido posible ante la maniobra sorpresa de su adversario. La metralla de las culebrinas barrió de cubierta los pocos marinos ingleses que aún quedaban en ella, formando un amasijo de carne y huesos estremecedor que flotaban en charcos de sangre a lo largo de la superficie del barco. Las treinta y seis libras de los cañones disparados hacia el cuerpo de la nave a una distancia tan corta, abrieron diversos agujeros en la estructura del barco, destrozando parte de la artillería enemiga además de una vía de agua de consideración que los marinos ingleses, aún consternados por la violencia del primer enfrentamiento, intentaban reparar sin mucho éxito. Aquellos cañones, fabricados en La Cavada –Riotuerto–, eran de una extraordinaria calidad, además de ser utilizados por artilleros de brigada con una dilatada experiencia de combate. Cuando la embarcación carecía de suficientes artilleros para atender los cañones, los marineros de cubierta ayudaban en lo necesario, como era el caso.
Gallego miraba estupefacto el río de sangre que caía de la cubierta y los bocales de los cañones ingleses, tiñendo de rojo la espuma de las olas. Debido a la cercanía entre los dos navíos, los gritos desgarradores de los hombres que yacían sobre la madera eran perfectamente audibles desde su posición. Jamás había presenciado una escena tan desgarradora. Son ellos o yo, pensaba consternado mientras los otros siete compañeros se apresuraban a cargar el cañón para descargarlo por segunda vez, antes de que el inglés pudiese abrir fuego.  Sin embargo, los ingleses no eran conocidos precisamente por su torpeza, y antes de que la mecha que acercaba Gallego pudiera volver a despertar la furia de esos monstruos de hierro, las bocas de los cañones ingleses se iluminaron como si de ellas saliera el mismísimo Lucifer, impactando su férrea carga de lleno sobre el buque corsario español. El impacto fue demoledor. Luego, el silencio más absoluto.
Abrió los ojos aturdido. Fue recobrando el sentido del oído paulatinamente, la explosión le había dejado momentáneamente sordo. Una de las balas lanzadas por su adversario había impactado de lleno sobre el cañón que él y siete artilleros trataban de disparar nuevamente. El impacto había sido tan devastador que por un momento pensó que era el único que quedaba con vida en ese pequeño grupo. La sangre corría por su cara debido a un corte en una ceja, resultado del violento impacto contra el suelo. Aparte de eso no se encontró a primera vista más heridas de importancia, lo cual le produjo por unos segundos una sensación de alivio. El Artillero de Brigada Juan Martín Jurado gritaba tumbado en el suelo, agarrado más por instinto que por necesidad al destrozado cañón. Su cañón. La pierna derecha le había sido arrancada de cuajo y tenía media tabla de madera clavada en el abdomen. Sus gritos se fueron ahogando hasta que fue sangre y no voz, lo que emanó de su boca. Muerte. Sólo era capaz de ver muerte y sufrimiento allá donde mirase, el espectáculo era dantesco. Al no poder seguir haciéndose cargo del cañón, ya destruido, subió las escaleras de madera que lo separaban de cubierta, encontrándose con un escenario semejante al vivido unos instantes antes dos pisos más abajo. La gente corría de un lado a otro intentando prepararse para una nueva descarga, resbalándose por la sangre vertida, tropezando con cuerpos inertes que en esos momentos importaban poco o nada al resto. Lo importante era seguir vivo y salir de ese atolladero lo antes posible. Miró hacia la toldilla y ahí continuaba el capitán, impertérrito ante tanto caos, mirando de frente a sus enemigos aún a riesgo de convertirse en una víctima fácil para un mosquete inglés. Eso infundió un renovado coraje en Gallego que, casi sin darse cuenta, había cruzado la cubierta de proa a popa poniendo a los heridos a cubierto de las balas de los mosquetes ingleses.

BAOUMMM. El sonido ensordecedor de los cañones españoles hizo temblar las maderas de cubierta. Esta vez era su buque el que disparaba. El joven asomó la cabeza rápidamente y sólo alcanzó a ver más sangre y nuevamente más cadáveres dispersados por cubierta. Los tiradores subían rápidamente a cubierta mientras los artilleros ingleses que habían sobrevivido preparaban un nuevo ataque demoledor. Gallego bajó al nivel inferior para evitar ser alcanzado por la metralla de las culebrinas inglesas que barrían con cada descarga cualquier cuerpo con vida. El potencial del barco inglés era muy superior al español y había quedado patente en un ataque a corta distancia. No obstante, la táctica del capitán había sido buena ya que el haber sido el primero en descargar la artillería le había dado cierta ventaja al inutilizar la artillería del inglés, además de causarles numerosas bajas. Aun así, aquella fragata estaba diezmando la tripulación española y destrozando gran parte de su barco. El capitán dudaba si resistirían un nuevo ataque inglés pero, puestas ya todas las cartas sobre la mesa y muy a su pesar, sólo había una forma de comprobarlo.
Las entrañas del buque español se volvieron a desgarrar con más fuerza. Infligiendo más daño, más dolor si cabía a aquella encarnizada guerra que parecía medir su intensidad en caudales de sangre. Gallego ya no sentía miedo en esos momentos, sólo rabia, dolor. Quería acabar de una vez por todas con esos hideputas que estaban reventando su vida y sus sueños a base de cañonazos. Quería matarlos, matarlos a todos. Subió nuevamente a cubierta para ver el alcance de los daños. Había sido el primero en ascender tras la andanada inglesa y se encontró nuevamente una cubierta plagada de cadáveres y heridos. Sólo una veintena de hombres parecía haber sobrevivido allá arriba. Para su sorpresa y alegría, el capitán era uno de ellos: con la camisa roja de sangre disparaba y cebaba su pistola a través de unos barriles de madera que servían de trinchera improvisada. Ajeno a su propio dolor e intentando no dejarse llevar por la rabia, daba órdenes e informaba a los marinos más jóvenes e inexpertos que quedaban con vida, los cuales corrían arriba y abajo por todo el barco informando de los mandatos de su superior. Un superior que en esos instantes pensaba que la única solución era alejarse lo máximo posible del barco inglés para, después de su tercera descarga, no recibir una nueva andanada inglesa que los sepultase en aquél hermoso océano para siempre.

****
La intensidad de los disparos de mosquete ingleses había hecho ponerse a cubierto a los tiradores españoles que quedaban con vida, incapaces de repeler el fuego. Los artilleros de los pisos inferiores que habían sobrevivido se afanaban en cargar lo antes posible los cañones para una última descarga mientras el resto iba y venía ayudando en lo posible: cargas de pólvora, barrer la resbaladiza sangre, cebar las armas… en definitiva, ayudar en todo lo necesario para que aquél barco se convirtiera en una maquina lo más engranada posible.

La situación se tornó crítica. Una soga inglesa había conseguido anclarse en el combés, impidiendo la huida del barco y preparando el escenario para un abordaje que significaba una muerte segura: si no era en la misma batalla, dictada por un tribunal londinense una vez llegados a puerto. Todo el espíritu del buque español se hundía con esa soga. Todas las vidas perdidas, toda la sangre derramada sería inútil si la fragata inglesa conseguía abordarlos. No tenían opción alguna para defenderse y eran conscientes de ello. El semblante sombrío del capitán al advertir aquella cuerda agarrada al buque era reflejo de lo que iba a pasar en breves momentos si nadie ponía remedio. José Edgardo Dipierri, uno de los supervivientes de la cubierta, se abalanzó cuchillo en mano sobre la soga en un intento desesperado de cortarla pero un mosquete inglés acertó de lleno en la cabeza del desdichado español que sólo logró teñir de sangre el color ocre de aquella maroma que los anclaba irremediablemente al infierno. Los dos barcos cada vez estaban más próximos, la situación en cubierta era insostenible y poco a poco, los soldados, marineros y el capitán –a excepción de los artilleros que seguían ajenos a todo preparando el siguiente disparo– fueron desenvainando sus sables dispuestos a morir con las botas puestas, prefiriendo derramar su sangre sobre las aguas azules del océano a entregar la vida a sus captores.
*****
El suelo estaba resbaladizo pero no le impidió avanzar como un relámpago desde la popa hacia el combés hachuela en mano, viendo pasar las balas de los mosquetes ingleses por delante de sus ojos como si fueran demonios rodeando su alma. Quizá fue el desgarrador grito del capitán – ¡por Dios y por España, ayuden a ese muchacho!, había gritado aquél hombre con toda la fuerza que le permitía su maltrecho estado– lo que le hizo seguir avanzando por toda la cubierta sabiéndose muerto en cualquier momento por un disparo certero, o quizá ver aquellos cuerpos inertes, o los ojos de los heridos que se clavaban en su corazón, depositando en él todas sus esperanzas. Quizá fueron los recuerdos de días mejores con aquellos hombres que ahora morían por cada segundo que pasaba, quizá su amor por su patria, quizá su orgullo y honor fuera lo que hizo que, ayudado esta vez por las dos decenas de hombres –ni uno solo permanecía agachado– que disparaban erguidos cubriendo al joven muchacho, Gallego lograse aferrarse a la soga atándose a ella y cortarla tras dar diez hachazos, liberando al buque español de todos sus miedos, dando una última oportunidad a aquél barco herido de escapar del averno.
El impacto contra la madera fue tremendamente doloroso. El joven se había quedado atado a la soga y tras cortarla, su cuerpo se abalanzó violentamente contra la amura del barco inglés, quedando tendido en el aire a merced de sus enemigos. El buque español se alejaba lentamente mientras preparaba una última andanada que lograse frenar al inglés y no darles caza, cosa que iba a suceder con total seguridad: el haber librado al barco español de un abordaje no significaba su victoria, sino su hundimiento a manos de la artillería inglesa. Aun así, esto era preferible a una captura ya que significaba morir con honores en la batalla, y qué mejor forma de terminar con todo aquello. Gallego miraba al barco, su barco, suspendido de aquella cuerda. Pese a los agujeros, los ríos de sangre que caían a las aguas y el palo de mesana partido, el navío se veía majestuoso. Jamás volvería a navegar en aquél barco, jamás volvería a fregar sus suelos, a dar ningún ungüento a su admirado capitán, a acatar las órdenes de ningún artillero. Sin embargo, se sentía feliz. Ese barco estaba luchando con su bandera en lo alto gracias a él y eso le llenaba por completo. Un soldado inglés se asomó por la borda, disparando a su cuerpo a la vez que el buque español descargaba su última andanada. Después, el silencio de nuevo.
José Gallego Mazarrón, natural de Ciudad Real, abrazó las aguas del océano convirtiéndose en un héroe. Sus ojos, tan próximos a  la muerte, brillaban iluminados, colmados de felicidad, sabedores de que su capitán lo miraba desde aquél buque imponente que desaparecía a lo lejos. Dicen que la bala del cañón español que obró el milagro acertando de lleno en la santabárbara del buque inglés, haciéndolo saltar por los aires, fue cargada por el joven marino antes de cortar la soga y con ella, su vida. Otros dicen que fue Dios quien le regaló, como premio a su honor, un último deseo. Sea cual fuere el motivo, aquel valiente marinero pasó a formar parte de los corazones de aquellos que vivieron aquél episodio, de los libros de historia, de las fábulas y leyendas de todos los pueblos.
En una taberna de Sevilla se aferra, inclinado por la edad, un viejo a una botella. Cuenta que fue capitán de un buque corsario español. La cicatriz que cruza su pecho refleja una vida pasada, una historia que contar, pero nadie le escucha. Él sonríe, borracho, y brinda a menudo por aquel muchacho insolente que conoció en su barco. Aquel valiente muchacho que le salvó la vida.




Compártelo

Comparte este post con tus amigos