Había comprado por un par de euros una radio  en el bazar de los chinos, tres manzanas más abajo de donde se encontraba  –los incombustibles chinos estaban invadiendo silenciosamente el país, se les veía en todas partes, bares, restaurantes, tiendas de regalos, casa de putas o incluso por la calle vendiendo cerveza –.  Tenía por costumbre nada más despertarse escuchar una hora de radio, mantenerse informado de las noticias que acontecían en el territorio nacional, empaparse de las mentiras que vomitaban los políticos a diario, los sucesos trágicos de los que tanto se nutrían las cadenas para ganar audiencia  –la curiosidad humana no conoce límites – y en definitiva, los devenires de un país, su país, que veía tambalear sus pilares sobre los cuales se sostenía el utópico estado del bienestar.
Le despertaba el sol,  gozaba cuando los primeros rayos templaban el frio de la noche y se deslizaban suevamente sobre su piel, como un dulce abrazo del viejo Lorenzo avisando de la puesta en marcha de un nuevo día. Tras una hora de radio, tocaba el aseo que mantenía su cuerpo lejos de cualquier enfermedad o infección. La ausencia de agua corriente le hacía optar por otras medidas más pragmáticas. En este caso era una botella de agua la que, con pequeños chorritos intermitentes, conseguía tal fin. La mañana se desarrollaba casi monótona. Día tras día la operativa era la misma. Buscar trabajo donde fuera, no le importaba. Peón de obra, camarero, temporero para la fresa, la naranja, daba igual dónde,  El Ejido o Francia, no le importaba. Desde hacía tres años no le habían llamado de ningún sitio, en casi todos los trabajos le pedían un domicilio fijo y él carecía de eso. 
La comida se hacía amena, siempre encontraba algo que echarse a la boca, pasar hambre en un país occidental aún no era enfermedad mortal  –tiempo al tiempo, solía decir –. La sobremesa transcurría dormitando, sueños breves donde imaginaba un futuro mejor. A veces el sonido de algún animal paseando cerca le despertaba pero los años de calle le habían acostumbrado a conciliar el sueño.  El resto de la tarde hasta la noche paseaba por los alrededores, se solía sentar en un banco que tenia justo en el parque de enfrente. Recordaba tiempos mejores, justo antes del divorcio. Solía entretener su mente en buenos recuerdos, en viajes de novios, años de universidad y borracheras con los amigos. En los primeros besos y cuando la conoció a ella.
   Seis años habían sido los causantes de su situación, pero todo no fue así al principio. Su boda con aquella rubia –nunca pensaba su nombre, quería olvidar su nombre, todo lo relacionado con ella– de treinta años fue magnífica. Todo salió a la perfección. Convite, banquete, lista de boda,  decenas de niños jugando, botellas de cava abriéndose sin cesar y hasta algún invitado con exceso de alcohol en el cuerpo que improvisaba  ridículos bailes para el deleite y la alegría de todos. A su boda sólo asistió su padre, carecía de madre desde pequeño y no tenía hermanos por lo que prácticamente el cien por cien de los invitados pertenecían a la familia de su reciente mujer, que habían pasado a ser su propia familia también. Jóvenes y felices. No se podía pedir más.
Así sucedieron los primeros tres años, entre nubes, patinando entre ilusiones y proyectos de futuro regados con promesas de amor eterno, promesas  que se redactan con el corazón aunque la cabeza nunca les de el visto bueno. Luego, como un castillo de naipes, su vida empezó a desmoronarse de manera precipitada, arrolladora, como si alguien hubiera pulsado el botón de desconexión, como si se hubieran abierto de golpe las compuertas de la presa de su vida llevándose consigo litros y litros de sueños, ilusiones, esperanzas.
Una mañana de lunes recibió la noticia. Un ERE la justa causa de la empresa para mandarlos de vuelta a casa con una mísera indemnización y ningún gracias por estos años servidos. Las horas en casa van mellando la ilusión, las riñas, las pocas caricias, la falta de comprensión y finalmente insultos, faltas continuas de respeto y esa burbuja cargada de ilusiones se fue desinflando hasta derivar en el divorcio. 
Y se dio cuenta de que no era su familia, sino la de su mujer, no eran sus amigos, sino los de su mujer. Y comprobó de primera mano lo rápido que se cruza el puente que separa el amor del odio. Y se zambulló de lleno en aquella palabra otrora tiempo tan lejana llamada soledad, formando parte de la noche a la mañana de otro mundo, el mundo de los sin techo. 
Las tardes las pasaba acondicionando su único refugio, un viejo Citroën C5 propiedad de su pasado, engrasando la bici que le servía para desplazarse día a día o llevando la ropa a algún centro social donde, con un poco de suerte, conseguía lavarla. Así transcurrían sus días, sus meses.
De vez en cuando observaba por la ventanilla a los dueños de los perros que paseaban por el descampado donde estaba estacionado. Les escuchaba discutir,  gritar, bajar a sus animales por las mañanas con prisas nerviosos por no ser ellos los siguientes en engrosar las largas listas del paro.  
Por las noches, admirando el amplio cielo plagado de estrellas pensaba en ellos. 
Pensaba en todo lo que había perdido y el mundo que había dejado. Las prisas, los odios, las mentiras y las envidias, el dinero por encima de todo, el modo de vida que le habían inculcado.
Entonces, fumando un cigarro liado y con suerte, bebiendo de alguna botella, solía tararear entre risas una vieja canción de Espronceda.  Que es mi barco mi tesoro, que es mi Dios la libertad…

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