En contadas ocasiones, un servidor tiene la impresión de conocer mejor a la persona que tiene delante que a muchos de sus conocidos más cercanos. Leer entre líneas la mente de su interlocutor hasta el punto de formar una sintonía perfecta donde sobran incluso las palabras. Hasta un silencio se hace cómodo. Una gozada.

Suelen ser personas que enriquecen. Basta una conversación de minutos para aprender de ellas más que con personas con las que llevas discutiendo años. Es complicado saber quién va a ser esa persona, imposible si no hablas con ella. Y suelen surgir en contadas ocasiones en la vida. Sin embargo, dejan una huella imborrable que las hace difíciles de olvidar.

En mi caso me ha sucedido con gente dispar, en todos los sentidos. Me sucedió, por ejemplo, con la anciana María y su marido Martinek, dos viejos croatas que conocí cuando decidí largarme en un Ford Fiesta a Bosnia para conocer de primera mano qué era eso de la guerra. En esta misma web ya les dediqué un relato, y les dedicaría cien más. Por su hospitalidad y su infinita sabiduría, esa que destilan los viejos marineros, bregados en mil batallas; parcos en palabras, pero con una mirada y una sonrisa que lo dice todo. Un todo que es, a menudo, mucho. Es sólo cuestión de prestar la atención necesaria y saber escuchar, práctica casi en desuso y que bien aplicada, evitaría males mayores en nuestra vida diaria.

También me sucedió en China con un profesor de ortografía en una escuela en la que me colé —soy muy dado a meterme donde no me llaman— y donde acabé siendo invitado a té y a una conversación —en un inglés achinado— que duró un par de horas y que culminó en ambos, profesor e intruso, intercambiándose direcciones y dándose abrazos.

Es esa misma sintonía la que tuve con Pablo el día que lo conocí en Madrid, hace ya algunos meses. Pablo es una de esas personas educadas y prudentes que saben escuchar. Da igual quién seas y cómo seas, no importa. Sexo, religión, color de tu piel o ideología política. Qué más da todo eso cuando se trata de mantener una buena conversación. Lo más importante entre tú y él probablemente sea la marca de cerveza o vino que tengas entre las manos.

Las conversaciones con él suelen ser de todo tipo. Por edad y experiencia, al final siempre termino tomando nota mental de todo cuanto dice; cogiendo ideas, recapacitando, reflexionando en asuntos en los que quizá concluyo que estaba equivocado o, al contrario, reafirman mi opinión. Sí, hay que saber aceptar cuando uno se equivoca; otra práctica sana que, junto a la de saber escuchar que he comentado antes, se encuentra en desuso y no debería, por sus múltiples beneficios.

Pablo también es inteligente, extremadamente inteligente, por lo que durante nuestras conversaciones podemos abordar cualquier tema y siempre encontramos un punto medio de entendimiento por el que caminar. Es esa diplomacia que desprende la que te hace poder debatir sobre cualquier asunto, por enfrentado que sea. Todo eso, unido a su prudencia y amabilidad, te hace estar como en casa, aunque estuvieras con él en medio de un campo yermo. Su sana afición al vino y al buen comer lo hace además un comensal ideal, de los que siempre invitarías a tu casa, porque tienes la acertada sensación de que disfrutaríais de una excelente comida y mejor sobremesa.

También hay algo destacable y común a todas las personas que conforman este artículo, y es su mirada. Quizá sea la mirada de los que ya han visto demasiado. Una mirada calmada y serena que transmite sosiego y peligro a la vez, como un viejo perro que sobrevive en la calle; «acaríciame, pero no me tomes por tonto, o te quedas sin brazo». Y es que tendemos a confundir la bondad y educación de las personas con la idiotez, y no hay error más grave y a menudo, peligroso. Decía Confucio que un hombre prudente es parco en el hablar y activo en el obrar. Así que cuidado.

Cuando uno lleva ya cierto camino recorrido en la vida, encontrar a personas que te brinden una conversación inteligente y de las que, además, aprendas tanto, suele representar ya una victoria en firme.

Así es Pablo, alguien del que pretendo seguir disfrutando. Ya sea durante una comida en un buen restaurante, dando un paseo por algún parque o cayéndonos borrachos como cubas en algún oscuro antro. Qué más dará el momento o la situación. Que más dará todo lo que no seas tú y la persona que tienes delante en una conversación. Es esa libertad la que hace que abras tus sentidos como una esponja y absorbas cualquier estímulo y dato que recibas. Es esa libertad que transmiten algunas personas.

 

«Las dos cualidades indispensables de todas las virtudes son la moderación y la prudencia,
sin las cuales caen por tierra todas las empresas, así como corrompen todos los frutos de una
asidua diligencia».

Johann Christoph Friedrich von Schiller (1759 – 1805), poeta y dramaturgo alemán.

 

A Pablo, un buen amigo.

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