Cuando no existen más alternativas, más opciones, uno se aferra a lo único que posee como a un clavo ardiendo. En su caso se trataba de la imaginación guiada por lo único que lo acompañaba en aquella celda. Un papel y un lápiz.
No se le permitían hacer llamadas. No se le permitía salir al minúsculo patio más de media hora al día. La humedad convertía la vida diaria de esa prisión tailandesa en un auténtico infierno.
Ya habían pasado tres años. Tres años en los que apenas había recibido visitas. Al principio de conocerse la noticia de su encarcelación le visitó el embajador destinado en aquella  ciudad, al poco tiempo  un periodista de un importante periódico. Luego llegó el juicio y las pruebas que demostraban sin lugar a dudas su culpabilidad.  Después, nada.
 Veintitrés horas y media al día encerrado en aquella celda.  No tenía familia ni una mujer que le esperase a las puertas de la prisión todos los días por lo que la mera idea de esperar una visita se tornaba tan lejana e imposible como su propia libertad.
Había aprendido a manejar a su propio antojo su memoria, a mezclarla con su imaginación y evadirse de aquellos muros en cortos pero intensos periodos de tiempo. Y cuando lo hacía, cuando se apoyaba en la sucia pared de la celda y cerraba los ojos volaba lejos de allí, atravesaba aquellas rejas como si fueran papel mojado y se posaba suavemente encima de antiguos recuerdos disfrutando, saboreando con una inmensa felicidad cada uno de aquellos momentos. Olía la hierba cortada, observaba absorto los cuadros de aquel conocido museo que tanto le gustaba, acariciaba el suave cabello de alguna mujer o se sentaba simplemente en el suelo delante de un árbol admirándolo, un árbol cualquiera inundado de frondosas hojas color verde esperanza. Luego, el ruido del carcelero le despertaba devolviéndole a aquel siniestro lugar.
Un caluroso día después del paseo diario encontró en su celda un cuaderno y un lápiz.  No había explicación alguna a aquello. Los funcionarios de la cárcel tenían prohibido hablar con los presos a costa de su propio trabajo por lo que desechaba la idea de indagar sobre el origen de aquél regalo tan preciado en su situación como mil quilos de oro fuera de aquellos muros.
 El cuaderno de hojas en blanco no debía contener más de cincuenta páginas por lo que se esmeraba en intentar hacer la letra lo más pequeña posible evitando quedarse así sin un papel que, con toda seguridad, sería imposible reponer.
Era un auténtico lujo escribir, un auténtico placer por lo que ni una sola palabra estaba escrita al azar. No quería desperdiciar ni un solo espacio en blanco de aquél cuaderno que, a modo de reloj de arena, iba marcando con sus palabras el paso del tiempo en tan siniestro lugar.
Escribió sobre sus sueños, escribió sobre todos aquellos lugares a los que había viajado a través de sus recuerdos y, como si de un álbum fotográfico se tratase, lo leyó y releyó cada una de sus noches. Aquellos objetos significaban su tesoro más preciado. Su libertad.
Ton-khao, funcionario de prisiones de la cárcel tailandesa de Bang Kwang acudió a limpiar la celda del español condenado por tráfico de drogas y ejecutado esa misma mañana. Escondió en sus pantalones el cuaderno que le había dejado años atrás en la celda arriesgando su puesto de trabajo e incluso su libertad.
Cuando llegó a su casa esa noche besó a su mujer, acostó a sus hijos y lo leyó. Todo eran letras pequeñas, minúsculas, menos la última que se suspendía en un gran espacio en blanco. Una palabra que le hizo llorar y finalmente esbozar una sonrisa. Gracias.

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