Con la que está cayendo y nos recortan en cultura, oigo decir a un anciano que se toma un café con leche tranquilamente enfrente de mí, en una cafetería del centro de Valencia. Se lo dice a otro que está sentado a su lado, probablemente compañero de andanzas desde la juventud –o eso me quiero imaginar- , el cual hace un gesto asintiendo.  Incluso con gran descaro y haciendo gala de su experiencia, de sus arrugas y canas ganadas a golpe de vete tú a saber qué, se permite el lujo de sonreír. Una amplia y extensa sonrisa que va seguida de una carcajada apagada, discreta. El amigo lo mira y sonríe también.
Serán cabrones, pienso. Este país hundido bajo una de las más terribles crisis económicas ­y los dos colegas riéndose de la jugada del gobierno. Agarro la silla con fuerza y estoy a punto de levantarme para decirles cuatro cosas pero recapacito. Les miro a la cara. Observo sus gestos y reflexiono.
Ambos deben de ser de la misma quinta, año arriba o abajo. Unos ochenta, creo yo. Sus caras rajadas por el paso del viento, del sol, de las vivencias y su pelo canoso –en uno abundante y otro más escaso– hacen el resto. Dos viejos perros. 
Entonces me los imagino de jóvenes. Nacerían sobre mil novecientos treinta y dos.  Dos niños de la posguerra.  Me los imagino yendo a los estrictos y duros colegios de la época, colegios en los que no se permitía a un alumno alzar la voz a un profesor bajo severo castigo físico, amén de que se enterase tu padre, porque entonces la cosa pasaba de castaño a oscuro.  En esa época en España se pasaba hambre, existían las cartillas de racionamiento. Pero todo aquél que podía permitírselo acudía al colegio, leía, estudiaba. La ausencia de avances tecnológicos tales como los videojuegos, teléfonos con internet e incluso las televisiones, que eran un lujo, hacía que la gente joven saliera a la calle, se interesara por el mundo e incluso se jugara el pellejo en más de una ocasión, protestando contra el régimen que los gobernaba. Pero leían, escribían. Se manifestaban aquellos que podían o tenían los huevos de hacerlo. Otros estaban conformes con esa vida. Da igual cual fuera la ideología. La gente leía, se interesaba y apostaba, a favor o en contra, por ese estilo de vida.
Probablemente esos dos ancianos, en su juventud, estuvieron rodeados de otros muchachos que no tuvieron la misma suerte que ellos, que no pudieron permitirse el acudir a una escuela, a una universidad o a un profesor que les enseñase a leer. Y pongo la mano en el fuego a que observarían lo fácil que es ser manipulado cuando careces de cultura alguna. Lo fácil que es manejar al antojo de un gobierno ­­–sea cual sea su nombre, su ideología, de izquierda, derecha o de centro– a una persona cuando no sabe, no conoce qué es lo que sucede a su alrededor, no es consciente que ese plato vacío que le sirven para cenar es causa de una situación que podría cambiar.
Entonces entiendo la risa de los dos veteranos. No es una risa de burla. No existe ningún indicio de sorna en esa expresión. Es lástima, la risa de aquél anciano es de lástima.
Esos dos octogenarios saben perfectamente la que nos viene encima. Conocen de sobra cuál es el resultado del desconocimiento, de la incultura. Incluso debieron luchar contra ella. Y se ríen por no llorar. Porque son conscientes de que España se está llenando de incultura, saben que esto es el germen de algo peor, algo que no veremos a corto plazo pero que a largo plazo  sufriremos. Lo sufriremos  todos.  Porque la alta tasa de fracaso escolar en este país, el poco fomento por la lectura, por la escritura o nuestra historia reciente, nos pasaran factura. 
Sembrar de incultos este país nos pasará factura a todos el día de mañana, eso es algo seguro. Es un entierro lento, cruel, que ya empieza a hacerse visible. Y va a más. 
Apoyados por una televisión lamentable, todos los partidos políticos que han gobernado este país han hecho una patética labor de apoyo al desarrollo cultural, intelectual y científico de España.
Cuanto más sabe una persona, cuanta más cultura, sabiduría adquiere, más libre es. Y más difícil de gobernar.
Por el contrario, cuanto menos conocemos nuestro alrededor, a medida que haces a una persona más ignorante, más sencillo es todo. Por desconocimiento de esa persona, más maleables son sus actos y por ende, más fáciles de engañar.
Unos cuantos libros, un puñado de letras, pueden hacer que una persona navegue en una u otra dirección en su vida, tenga una actitud conformista o luche por sus derechos. 
Si se fomentan la cultura, esas personas ayudarán enormemente el día de mañana a que este país prospere aportando sus conocimientos. Pero no es un beneficio a corto plazo. No interesa. Es preferible sembrar el camino de ovejas fáciles de conducir, mentes vacías que no pronuncien queja alguna. Tontos felices.
Me levanto de la mesa, me dirijo a la barra y dejo pagado mi café y el de los dos amigos anónimos que siguen con su conversación ajenos por completo a mis pensamientos.
Yendo hacia el coche paso por una librería. Completamente vacía. El librero, una señora de unos cincuenta años y el que debe ser su marido hojeando un tomo grueso. Liquidación, reza un cartel en la puerta.
Recuerdo la risa de aquél anciano. La que nos va a caer, pienso.
“Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres.”   Heinrich Heine.

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