Es curioso observar como las personas, los españolitos de a pie -servidor incluido – somos capaces, en algunos momentos u ocasiones, de llevar la bandera de la honestidad y sabiduria desde los más altos estandartes del orgullo y la dignidad mientras, de manera solapada y siendo conocedores de la situación, somos capaces de obrar con total indiferencia con unos valores muy alejados de todo aquello que defendemos y por lo que desgañitamos nuestras gargantas. Predicar con el ejemplo sería lo suyo pero muy lejos de eso, en un acto de puro egoismo y al ver que el tema en cuestión no nos es interesante realmente o supone un esfuerzo extra en nuestra actividad diaria, preferimos mantenernos al margen de aquello que tanto aclamamos y defendemos. Y esto lo podemos ver a diario.

Estoy conpletamente de acuerdo con las personas que luchan por sus derechos. Es más, me uno a ellos cuando se trata de defender injusticias, sean del talante que sean. Por discriminaciones raciales, homofobias, misoginias o simplemente por reclamar más dignidad a gobiernos y gobernantes que nunca han sabido dirigir sus paises, bien por ineptitud, bien  por pura avaricia propia -ya sabemos que es costumbre en este país,y en tantos otros, llenarse el bolsillo lo antes posible para salir, en el momento oportuno, por la puerta de atrás con los bolsillos cargados.

Y, visto lo visto, uno se queja. Y con razón . Y con más razon que nadie, puestos a quejarnos. Porque claro, no se va a limitar uno a pedir un poco de dignidad o respeto.De eso nada. No contentos con eso nos levantamos de la silla gritando que en nuestra puñetera vida hariamos nosotros tales cosas. Jamás de los jamases. Faltaría más. Eso queda reservado a los chorizos e hijos de puta que salen en la tele. En  nosotros, ciudadanos de pro, gente ejemplar donde la haya, sería inconcebible pensar una reacción así.

Y claro, aquí empieza lo curioso de todo esto.
Resulta que una vez hemos perdido la voz reclamando y defendiendo nuestros derechos, volvemos a nuestra vida diaria, cotidiana. Y como era de esperar, se nos empieza a ver el plumero. Casualidades de la vida, no sólo no ponemos en práctica nada de lo que defendiamos, sino que en determinados momentos, somos nosotros mismos el mismo enemigo al que queríamos fusilar horas antes.
Ejemplos de esto los tenemos a menudo todos los dias en cualquier lugar, incluso dentro de nuestras propias casas o nuestras propias vidas.
Esto sucede cuando el ferviente manifestante de la plaza Madrileña, Valenciana, Catalana o donde fuere se deja las cuerdas vocales reclamando justicia y dignidad a los bancos y el lunes, cuando acude a su despachito de la sucursal bancaria de turno a primera hora de la mañana, lo primero que hace es meterle a una pareja de mileuristas que han pedido una hipoteca para hacer su nidito de amor, un par de seguritos de vida marca de la casa, cumpliendo así objetivos y llevandose trescientos euros  más del ala a final de més.
– Esque es obligatorio haceroslos. Aunque tengáis veinte años, si. El seguro de vida es obligatorio.
Y claro, la pareja de tortolitos traga y paga como es debido el alto precio de la avaricia del banco y de la inmoralidad del manifestante de ayer, que se le acaban de ir todos sus valores por el retrete.
O también cuando el cura que predica se dedica a juguetear con sus alumnos más guapos o simplemente lleva una vida en el vaticano de marqués, muy distante de un Jesús de Nazaret. O ese amigo que hace gala de su generosidad pero nunca se ofrece a pagar la cena. O ese soldado que pudiendo elegir, prefiere tirar de gatillo.O ese chico joven que viendo a una anciana subir al autobús prefiere quedarse sentado escuchando su ipod. O el político de turno que hace gala de honradez llenandose los bolsillos de dinero sacado de la gran hucha de todos los españoles.
Y así, en multitud de ocasiones diarias, nos damos cuenta de que somos muy poco proclives a predicar con el ejemplo. Que tendemos a jugar siempre con una doble moralidad depende del momento y de la circunstancia.

Todo esto, que nadie se engañe, es falta de valor. A veces el camino correcto no es el fácil y nos vemos abocados a hacer algún esfuerzo extra, algún pequeño o gran sacrificio que permita alinear nuestros valores y nuestras posturas frente a la vida con nuestras acciones.
Pero claro, de eso sabemos menos. A la hora de la verdad, que sea el otro el que le heche pelotas, que yo me quedo calentito mirando a través del cristal. Bastante ha hecho uno con quejarse. Encima ¿predicar con el ejemplo? De eso nada chaval. Eso, otro.
Por esta sencilla razón he acabado siendo admirador de la gente que, en vez de quejarse y exigir con gritos y pancartas, reclaman y exigen a traves de sus actos diarios, dejando ver a los demás que realmente, quien está dispuesto a defender una postura o idea, sin necesidad de gritarlo a los cuatro vientos -más con intencion de ser observado que sintiendo realmente aquello que exige- o haciendo una falsa publicidad que puede caer en saco roto, es capaz de vivir de acorde a ellas poniendolas en práctica en sus acciones diarias, haciendo de su forma de vivir la más grande manifestación a esos valores.
De estos, por suerte, tambien tenemos ejemplos tales como esos misioneros que pasan treinta años en cualquier continente ayudando a los demás con la única recompensa de una sonrisa. o de ese padre patera que pasa sus años rescatando y acogiendo en su casa a gente asustada y muerta de frío. O aquél chaval anónimo que una vez enterado del terremoto en Lorca acude al campamento de las afueras a ofrecer su casa a los demás. O todas aquellas personas que, pudiendo elegir en un momento concreto de sus vidas, eligen el ser mejor personas.

Me fio de todos esos, no de los que agitan pancartas y gritan. No de los falsos profetas ni de los grandes oradores que agitan sus puños en público. Porque el verdadero cambio uno tiene que empezarlo por uno mismo. Y son, en el conjunto de acciones diarias que forman nuestra vida, cuando tenemos la oportunidad de demostrar que creemos en esos valores. Que otra forma de vivir es posible y que se puede cambiar.
Pero claro, eso pasa por esforzarnos. Y a veces, por hacer sacrificios. Y eso ya no nos gusta, colega. Que por encima de todo, somos españolitos.

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