El salitre puede con todo. La cara de aquél pescador no era una excepción. El rostro moreno del hombre curtido como el cuero por el paso de los años dejaba profundos surcos en su cara como tierra labrada, profundos acantilados dérmicos que mostraban, como el tronco talado del árbol que muestra sus años, pasados de duro trabajo, veranos de largas noches tediosas, inviernos fríos y duros, helados.
Antonio Sánchez  Ordaz. Sesenta y nueve años. Natural de la provincia de Huelva. Su padre, pescador. Su abuelo, pescador. Y más allá de este, Antonio no se acuerda o jamás se lo han contado.

Desde hace dos años el viejo marinero está en tierra firme, en dique seco. Atrás han quedado largas temporadas en el Esmeralda –aunque el barco no era suyo,  lo sentía como tal y su nombre le recordaba a los ojos de su ausente mujer, verdes a rabiar–, el pesquero con el que salió a faenar tantos años. Al pisar tierra firme  lo primero que hacía era beberse un buen ron en una taberna del puerto, siempre la misma.

El local había pasado de padres a hijos y se encontraba regentado ahora mismo por la tercera generación. El mes pasado acudió a recordar viejos tiempos a golpe de copa de ron. Lo que se encontró no era esa taberna donde había pasado tantas y tan buenas horas. Estaba reformado, con un aire completamente distinto. La música no era esa suave melodía de fondo que invitaba a olvidar cualquier problema, el decorado no era madera como antes, los cuadros modernos, la música electrónica apenas dejaba percibir cualquier conversación. Ni siquiera la gente era la misma. El sitio se encontraba inundado de jóvenes sentados en grandes sofás que no paraban de hablar mientras miraban de reojo al viejo marinero. Míralo, a su edad y borracho –decía sin reparo un joven de no más de veinte años a su zagala que observaba al marinero con los ojos abiertos–.  Antonio sonríe al escucharlo. Se sabe más listo que el joven aunque también más viejo. Si tuviera su edad no habría repetido eso, piensa mientras empuja la copa a los labios. Las miradas y las risas persisten. El joven dueño del local mira avergonzado la escena, conoce a Antonio desde siempre y sabe que él y su abuelo fueron inseparables desde pequeños. Sin embargo, no hace nada. No evita las burlas. La crisis aprieta y no se puede permitir perder clientes.

–Abuelo, váyase a casa y déjenos el alcohol a nosotros –grita otro joven desde el final del local, envalentonado, sintiéndose observado por las miradas de asombro de las jovencitas que observan la escena impávidas.

Finalmente Antonio se levanta. Apura el último trago de pie y deja un billete arrugado encima de la moderna barra, luego se dirige al grupo de jóvenes y se apoya en su mesa, mirando al que antes le había hablado a los ojos.

–Tus risas mar adentro con fuerza ocho, serían llantos.

El viejo da media vuelta y abandona el local ante las risas de los jóvenes que no alcanzan a comprender  a qué ha venido eso.

Antonio recorre varias aceras observando alrededor. El ruido de los coches le molesta. Los gritos de putas de calles cercanas reclamando servicios, los lloros de los niños, el claxon de un autobús advirtiendo de su presencia a un peatón despistado. Todos con prisas. Como ganado.

 Cincuenta y cinco años en la mar son muchos años. Demasiados temporales capeados. Demasiadas jarcias rotas en medio de infiernos teñidos de negro, azul y blanco. Cientos de noches con el ancla de fortuna capeando borrascas a base de echar al agua anclas de capa, miedos y los mismísimos hígados. Y cuando por fin viene la bonanza, cuando se han acabado esas miserias, ya en tierra sin madrugones, sin semanas de ausencia en la casa, Antonio se siente amarrado.
Recorre la avenida central paseando pensativo hasta llegar al puerto. A su puerto.  Los pequeños ojos incisivos puestos en el azul majestuoso del mar, en aquello que le ha robado la vida y de quien ahora depende por completo. Otro cigarro de tabaco negro a la boca y un momento de descanso. Sigue mirando al mar, pensativo. Diez metros a la derecha otro viejo compañero reposa tranquilo sobre un noray enorme de hierro, una caña entre las piernas y una vieja nevera. No trabajó con Antonio pero se cruzaron cientos de veces en la lonja del puerto. Debían ser de la misma quinta, aunque la memoria del pescador no le ofrecía esa imagen del anciano sentado en el noray,  Antonio lo recordaba como un hombre recio, fuerte, algo mujeriego  y jugador,  pero quién no lo era cuando contaban veinticinco años. No se saludan. Sus miradas se cruzan por un momento. Se saben los dos viejos. Ojalá yo me atreviese, parece decir la mirada del compañero que recoge su caña tras mirar a Antonio y se aleja pensativo, mirando a un horizonte donde no se pone el sol.  Se avecina tormenta.

La calma chicha de hace unos minutos ha dejado paso a un aire enrarecido. El aire previo a la tempestad el viejo marinero lo conoce de sobra. Se resguarda sobre un tejado próximo a unos almacenes del muelle. Las primeras gotas. Antonio se abrocha la parca hasta el cuello y sigue mirando la mar. Como la tormenta se va formando, adquiriendo todos los tonos de grises posibles. El viento empieza a empujar los mástiles de los barcos atracados al muelle balanceándolos suavemente. Como si de un vals se tratase, todos los elementos que flotan sobre el agua se mueven armónicamente. Las gotas de agua han dejado paso a un aguacero. Un joven guardia marina advierte al viejo pescador de lo que se avecina.

– No se quede ahí. Esta noche no va a dar tregua. Váyase a casa con la familia, hoy no es noche de mar. Fuerza ocho o nueve, demasiado para un viejo como usted ­–le dice el muchacho a modo de broma mientras se aleja con paso rápido hacia la ciudad.

–Eso ya lo veremos –sentencia Antonio.

El fuerte viento deja paso a un potente vendaval.  El agua ya no cae vertical sino barriendo a modo de cortina todo lo que encuentra a su paso. Los rociones de espuma se distinguen mar adentro, los cascos de los veleros producen sonoros crujidos al apretarse contra las boyas que se agitan desesperadas al no poder desprenderse del cabo que las tiene apresadas. Un trueno. Más truenos y el mar levantando majestuoso sus garras en formas de olas que según los cálculos del viejo pescador, allí adentro deben ser mínimo de cuatro metros.

Antonio traga saliva. Mira hacia atrás.  Observa la ciudad, las débiles luces de las farolas que dejan ver como miles de gotas de agua barren el suelo, los altos edificios de piedra, las luces de los coches y los locos limpiaparabrisas que se niegan a que el agua empañe el cristal de su dueño. Luego mira  al frente. Es sólo un segundo, un momento. Aprieta los puños y camina decidido hacia el muelle, donde bailan frenéticos los veleros. Se dirige al viejo Velero de su hermano, también marinero. Sabe dónde esconde la llave que arranca el pequeño motor que necesita para salir de puerto. Casi cae al agua pero consigue subir al velero.  Quita los cabos del noray, tira con la rapidez de un guepardo todas las defensas adentro y se dirige al timón, arranca motores y sale del puerto. Logra vislumbrar en tierra a unos hombres que agitan las luces de una linterna y hacen gestos con los brazos. Antonio sonríe.

Al salir a mar abierto choca de lleno con la fuerza del mar bailando sobre un temporal de fuerza ocho. Perfecto, piensa para sí mismo. Recorre de popa a proa el barco y comete la osadía de izar el foque y luego la mayor. Es consciente que no durarán mucho tiempo. El viejo velero como un barco de papel va avanzando dando pantocazos mar adentro. Ya casi no se vislumbra  tierra. Antonio saca una vieja navaja y en la madera de la botavara deja su nombre y su fecha de nacimiento. Luego se ata un cabo a la cintura y de ahí al timón.

El velero avanza valiente mar adentro. Atrás queda la ciudad, los ruidos y sombras de lo que otrora fuera una vida, sus cadenas.  Enfrente, la cita del viejo marinero con el mar. Sin trampas. Con total libertad.

El viejo marinero se pierde entre rociones de espuma, los pulmones henchidos de salitre, los pequeños ojos medio cerrados y una sonrisa mojada en lágrimas, consciente de que no volverá.





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