Calor. El ambiente no se podía definir de mejor manera. Húmedo y pegajoso calor. Ningún julio había sido frío desde que él tenía memoria y este no iba a ser la excepción. Su cuerpo ancho, tosco y de gruesa complexión tampoco ayudaba a que la situación fuera más cómoda.  Una gota de sudor proveniente de su cuello avanzaba lentamente recorriendo su torso desnudo.
–Qué cojones ha sucedido aquí –pensaba mientras intentaba incorporarse apoyando su espalda desnuda en el cabecero de la cama.
Aquella angosta habitación de hotel debía estar a unos treinta grados como mínimo, las persianas bajadas y las cortinas extendidas le daban al ambiente  ciertos tintes de película de cine negro ambientada en el Chicago de los cincuenta. Pero no, estaba en el dos mil trece y aquello no era Chicago, aunque empezaba a dudar hasta del país en el que se encontraba.
La botella de ginebra vacía tumbada sobre la mesita de noche de aquella habitación le indicaba que iba a ser difícil conocer con exactitud las preguntas que planeaban sobre su cabeza; ¿Qué hago desnudo en esta cama? ¿Dónde narices me encuentro?  y sobre todo ¿por qué hay una mujer ­–probablemente una puta, pensó– tirada en el suelo?. Desde el accidente de coche había tenido muchas lagunas mentales, según los médicos era amnesia pasajera. Se debía al fuerte traumatismo sufrido en la cabeza del cual conservaba una amplia cicatriz que le cruzaba la cabeza desde arriba de la oreja hacia la frente, como un gran hachazo en un lateral, imprimiéndole un aspecto feroz, de tipo duro de barrio curtido en mil y una batallas. Sin embargo él la detestaba, era un recuerdo que preferiría olvidar, enterrar para siempre aunque sabía que eso no era posible. Su traicionera e inestable memoria guardaba aquél momento en algún rincón oculto de su hemisferio –nunca lograba recordar en cuál de los dos se alojaban los recuerdos–, incrustado en lo más profundo de su ser, recordándole una y otra vez lo sucedido aquél día. Aquél fatídico día había perdido a su mejor amigo, Melchor y lo que era peor, a la novia de este. A ella la encontraron muerta a diez metros del accidente, el impacto la había hecho salir despedida por la ventanilla del coche y al no estar sujeta por ningún cinturón de seguridad su cuerpo había impactado frontalmente contra la luna y más tarde contra unas rocas situadas a escasos metros. El rostro desfigurado convirtió en un infierno el reconocimiento del cuerpo para sus familiares. Respecto a Melchor, ni siquiera eso. La explosión del depósito de gasolina y el posterior incendio habían desintegrado cualquier esperanza de encontrar el cuerpo según la policía científica. Él se logró salvar por los pelos al no haber perdido la consciencia y deambuló varias horas por el monte hasta entrar en el bar del pueblo más próximo empapado en sangre y sin saber cómo se llamaba.  La profunda herida de su cabeza casi le cuesta la vida pero sobrevivió, teniendo que cargar para siempre con la culpabilidad de haber conducido ese coche en el que murieron sus dos amigos. Al salir del hospital a los varios meses se celebró un juicio en el que quedó totalmente libre de culpas en el accidente ya que no había consumido alcohol –así lo dijo el test– y las condiciones de visibilidad eran bastante nulas debido a la densa niebla.
Restos de cocaína mezclados con la ginebra derramada sobre la mesita formaban una pasta densa y pegajosa que se fijaba a la madera como savia de árbol.  A juzgar por el escenario que contemplaba se debió haber corrido una buena juerga esa noche.
–Maldita memoria –pensó una vez más lamentando no poder recordar lo que podría haber sido la mejor noche de su vida o por lo menos, desde el día del accidente, la única alegría que había tenido.
 Un paquete de Winston en el interior del cajón de la mesita calmó un poco sus ánimos. Clac, clac. Clac, clac. El mechero no funcionaba. El jodido mechero no funcionaba. Nuevamente el nerviosismo esta vez inducido por la ausencia de nicotina vuelve a alterar su estado de ánimo. Al lado del cuerpo derrumbado de la mujer hay un bolso negro abierto con algo plateado asomando al lado de la cremallera por lo que enérgicamente se dispone a incorporarse para agarrar el bolso de la extraña.
–¿Qué diablos? –murmura sorprendido.
La cara de estupefacción es indescriptible. Como en una mala pesadilla en la que estás a punto de ser embestido por alguna alimaña, la realidad le vuelve a jugar una mala pasada. Las piernas no le responden.  La situación se torna angustiosa. Una y otra vez intenta mover sus extremedidades inferiores pero es imposible. De repente, al conjunto de preguntas que una y otra vez bombardean su cabeza se le une una verdad aplastante; no puede moverse. Intenta llamar desde el teléfono pero no hay línea. Observa que el cable se encuentra arrancado. El calor sigue apretando  fuerte y un leve mareo le nubla por un momento la vista.
– ¡Socorro! ¡Socorro!
Silencio. Ni una sola respuesta.
– ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Tú, despierta! ¡Para de dormir!
Sus voces se pierden dentro de la estancia. Voces ahogadas que se pierden en la habitación. Ni siquiera aquella mujer despierta. Una teoría invade su pensamiento apoyada en el cuadro que forma la escena presente: Esa mujer no está durmiendo, está muerta. El pánico recorre impasible su mente haciéndole imaginar lo sucedido. A juzgar por la botella casi vacía y la gran cantidad de droga esparcida por el mueble la fiesta con la puta se le había ido de las manos. Probablemente una sobredosis o alguna caída. Seguramente habría muerto mientras él dormía plácidamente. Billetes enrollados por el suelo señalaban que nadie había intentado robarles. Nadie había entrado allí por lo que todo lo sucedido era responsabilidad de él y de aquella mujer muerta. Quizá nunca había podido andar desde el accidente. Quizá el recuerdo de andar era otra mala pasada de su maltrecho cerebro. Ahora ya no importaba. Se había convertido en un asesino. El cansancio, el calor, su mente nublada y aquél maldito ataque de pánico le dificultan sus movimientos pero haciendo un esfuerzo apoyado en sus toscos brazos se lanza al suelo y como puede, repta desnudo hacia la mujer y aquél maldito bolso. Necesita fumar. Tras unos minutos logra alcanzar el cuerpo de la mujer y el bolso.
–Despierta, despierta por favor.
Sus ojos se inundan en lágrimas al ver que la mujer no responde. El agua salada que brota de sus ojos le obliga a palpar el suelo buscando el maldito bolso negro. Al introducir la mano no es un mechero lo que saca de él. Una pistola negra calibre 9mm es lo primero que encuentra en el bolso de la extraña.
–Las putas suelen llevar estas cosas para defenderse –piensa entre sollozos.
Ahora mismo era el menor de sus problemas aquella pistola. Se empieza a preguntar cómo iba a explicarle esto a su mujer. La quería y aquello le iba a partir el corazón. También se pregunta cómo le va a explicar esto a la policía si no recordaba nada y probablemente no lo recordase jamás debido a sus heridas cerebrales. Cómo iba a vivir con la conciencia de haber matado ya a tres personas contando con su accidente. Cómo iba a vivir en la cárcel si no podía ni moverse, a merced de cualquier psicópata compañero de celda. Su vida no valía una mierda y era consciente de ello. Una vez más introduce la mano en el bolso y esta vez si encuentra un mechero. Sentado en el suelo y apoyado en la cama enciende un arrugado Winston y piensa. Por primera vez desde que ha despertado en ese infierno piensa con claridad. Es un asesino y lo sabe. La imagen de su mujer pasa una y otra vez por delante de él atormentándole. El bajón de la cocaína ayuda a que sus pensamientos se tornen oscuros, desesperados. Una calada honda y vuelta a lo mismo. Es un asesino y le va a partir el corazón a su familia. Para colmo, es un inválido. De repente aquella pistola es la única vía de escape. Es la única salida a una situación como la suya, terrible, desesperada. Agarra el arma con fuerza y la amartilla. Introduce el cañón en su boca, el frío metálico del arma en contacto con sus labios estremece su cuerpo y hace que nuevamente vuelvan a brotar lágrimas de sus ojos. Un recuerdo de su mujer mandándole un beso desde la ventanilla del coche le hace sonreír tímidamente.

Un fuerte disparo retumba en la habitación. Luego, silencio. Manchas de sangre por todas partes tiñen de rojo  la escena. Restos de sesos pegados en las paredes son mudo testigo de lo que acaba de suceder. Aquél hombre desnudo se ha quitado la vida. Al cabo de una hora, el pomo de la habitación se abre.
*****
Con la boca seca como la sal, Susana despierta. Le duele horrores la cabeza. Con los ojos aún cerrados recuerda lo sucedido la noche anterior con aquél hombre. Demasiado alcohol. Demasiadas drogas. Aquél tipo que había conocido días atrás le había dado una gran cantidad de dinero por pasar la noche con ese hombre. Para una mujer como ella acostumbrada a venderse por mucho menos, el trabajo era fácil. Sólo debía acostarse con ese hombre, emborracharse y drogarle hasta que perdiera la consciencia. Luego, cuando aquél desconocido estuviera dormido debía inyectarle a la altura de la columna una inyección con una aguje enorme. Ella no hizo preguntas, cogió el dinero y aceptó el trato. Lo más complicado fue la inyección pero su pasado como anestesista en Puerto Rico le había dado las tablas suficientes para hacerlo correctamente. No le importaba el motivo de todo aquello, se movía por dinero y jamás hacía preguntas. Las respuestas equivalían a problemas y ella no necesitaba más, suficiente problema era mantener a dos hijos por culpa de aquél hijo de puta que la había abandonado tres años atrás. Se tenía que haber marchado nada más poner la inyección pero su maldita adicción a las drogas le había jugado una mala pasada haciéndole caer desmayada sin sentido durante varias horas.
–Ni una puta raya más, lo juro –murmuraba mientras abría los ojos lentamente.
El espectáculo era dantesco. Un hombre yacía a su lado con la boca destrozada y la cabeza abierta por la nuca como un melón. Había restos de sesos por todas  y tenía la cara y parte de las ropas manchadas de sangre al igual de las paredes, teñidas del espeso líquido rojo. Hacía un calor insoportable.
La joven está horrorizada. El miedo atenaza sus músculos pero la sabiduría heredada de la vida en la calle le indica que debe largarse de allí cuanto antes. Se dirige al lavabo para lavarse la cara, recoge su bolso, su pistola y sale de aquella habitación corriendo, cerrando nerviosa de un portazo la puerta.
****
Melchor Rigales escucha un disparo en la habitación de al lado. Todo había llegado a su fin. Años de dolor, de sufrimiento llegaban a su fin. Su vida se había convertido en un infierno desde aquél accidente. La explosión le había quemado la cara convirtiéndolo en un monstruo, pero había sobrevivido. La noche del accidente su amigo insistió en conducir. Podían haberse ido en taxi pero no quiso. Apenas habían bebido pero habían tomado cocaína para dormir a un caballo y los tres sabían que no debían coger aquél maldito coche. Sin embargo su novia lo tranquilizó.
–Tranquilo cariño, sólo son quince minutos hasta casa, no nos va a pasar nada.
–Haz caso a tu novia que tiene más huevos que tú –bromeaba su amigo en tono burlón mientras agarraba el volante y aceleraba con fuerza haciendo subir las revoluciones.
El resto fue rápido. Música alta, el coche saliéndose en una curva y un fuerte impacto que le hizo perder momentáneamente la consciencia. Cuando despertó estaba ensangrentado y con la camisa ardiendo. De la cara se desprendían jirones de piel. Salió quemándose la mano de aquél coche en llamas librándose por los pelos de una muerte segura. Su compañero ya no estaba allí. A escasos metros se encontraba la mujer de su vida ensangrentada, desfigurada como él. Maldito coche. Maldita noche y maldito su amigo. Aquella noche juró que se vengaría del hombre que le había arrebatado la vida a la mujer que más amaba, al hombre que había destrozado su vida también. Como pudo acudió a un poblado donde unos franceses que se dedicaban a la chatarra le estuvieron curando durante días.
–No policía, no policía –susurraba a los franceses desde la cama, moribundo.
Si lo hubiesen encontrado con vida le habría costado mucho más elaborar su plan y las ganas de encontrarse con sus seres queridos habían desaparecido al mirarse al espejo. Sólo buscaba venganza y el anonimato era su mejor aliado en esos monentos.
­–No pogblema, no pogicía –le decían los franceses mirándole a los ojos y leyéndole el alma a través del único atisbo de vida que encontraban en él.
Meses mendigando dan mucho tiempo libre. Nadie se acerca a un mendigo y mucho menos a un indigente con media cara quemada. Había tenido que aguantar comentarios, miradas, bromas de niñatos borrachos a altas horas de la madrugada pero no le importaba. Tan sólo pensaba en la forma de hacerlo, en su plan.
Cuando conoció a aquella puta que le contó su vida una noche en un bar comprendió que había llegado el momento. La puta había trabajado como anestesista y eso era un valor añadido que no podía dejar escapar. Le ofreció todos los ahorros que tenía a cambio de emborracharlo, de drogarlo y luego inyectarle aquella sustancia paralizante que dormiría por unas horas las piernas del hombre. Conocedor de los daños cerebrales del hombre confiaba en que enloqueciera y finalmente se quitara la vida. Pensaba que se tiraría por la ventana del mugriento hotel pero la pistola de la puta aceleró el plan. Si aquél asesino no tenía huevos a hacerlo estaba decidido a entrar él en la habitación y finalizar la tarea pero por suerte todo salió según lo pensado.
Melchor esperó una hora después del disparo. Sabía que la planta del hotel estaba vacía y no iba a acudir nadie. Oyó un sonoro portazo y supo que había llegado el momento.  Abrió la habitación y vio el cuerpo inerte del hombre apoyado en la cama. La puta no estaba y un gran charco de sangre empapaba la moqueta al lado del cadáver. Sangre por todas partes. Hasta para una mente atormentada como la suya aquella imagen resultaba terrible. Se sentó al lado del hombre sin vida y observó sus manos, las mismas manos que condujeron aquél vehículo esa noche. Las mismas manos que otrora tiempos atrás habían abrazado con cariño su cuerpo. El asesino de su novia yacía inerte a su lado, desnudo, con los ojos abiertos desencajados por el pánico y la boca destrozada por el disparo a bocajarro. 
Agarró la mano del hombre y la apretó con fuerza. Con la otra cogió la botella de ginebra volcada en la mesita y bebió el último trago que quedaba. Luego sonrió. Todo había acabado. Hacía un calor insoportable en aquella habitación.




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