La celda despide un olor intenso a vinagre y huevos podridos, como si de un vertedero de almas se tratase. Los tres ocupantes que habitan el sórdido lugar se encuentran sentados, dos en la litera –uno arriba y otro abajo– y un tercero defecando en la letrina. Se acaban de conocer esa misma tarde, debido a una reubicación provisional de presos tras el comienzo de obras en el módulo dos. La cárcel ya sobrepasó hace muchos años el límite máximo establecido de ocupantes, pero en un penal de Siberia poco o nada importa eso. Según les han indicado los funcionarios de prisiones, volverán a ser reubicados en diferentes módulos cuando todo esté solucionado, lo cual puede significar un mes o un año. O una vida.

Los tres hombres allí reunidos se miran fijamente a los ojos. Cada uno procede de países diferentes y eso le da a la celda un ambiente cargado de desconfianza. El que se encuentra sentado en la letrina es ruso, se llama Iván; arriba de la litera está el español Leandro y en la parte de abajo Bene, procedente de Rubaya, República Democrática del Congo.

El ruso no para de mirar a los otros dos. No acepta de buen grado el hecho de estar encerrado con un negro y un hispano y no con sus compatriotas, por lo que su semblante no es muy amigable. Lleva el torso desnudo pese al viento helado que recorre las paredes de la celda, procedente de huecos en los muros, el suelo y el espacio que separa los barrotes. Porque allí lo único que sale y entra con libertad es el viento, nada más, y aunque pudieran escapar se encontrarían con cientos de kilómetros de campo helado que acabaría con sus vidas en poco tiempo. Una cárcel dentro de un infierno de hielo.

Iván se limpia  y escupe dentro de la letrina. Luego tira de la cadena y se incorpora, subiéndose los pantalones para, a continuación, volverse a sentar en el suelo. Observa de nuevo a los allí presentes. Cae en la cuenta de que  sólo hay dos camas y son tres ocupantes, por lo que antes de que llegue la noche se va a tener que decidir quién duerme en el suelo. A Iván esto le da pereza, ya ha pasado por situaciones similares en otros penales y la fórmula se repite una y otra vez: dentro de la celda mandará el más fuerte. Al igual que fuera, en el penal. O en la calle. O en el mundo entero. Existen varias opciones para lograr el respeto dentro de la celda y conseguir dormir sobre un asqueroso pero blando colchón esa noche. Una de ellas es romperle la cara a alguno de los dos hombres sin mediar palabra, lo cual conseguiría automáticamente el respeto del agredido –lógicamente sería el que a partir de ese día descansara sobre el frío hormigón– y quizá del otro, impresionado por la frialdad del ruso. La otra manera, aunque más lenta, más limpia y menos arriesgada, es utilizar la psicología. Esperar a que hablen, conocer sus debilidades, saber quién tiene la personalidad menos dominante. Y entonces, actuar. Mira nuevamente a ambos,  los dos le dan el mismo asco; quizá le repugna más el negro por su color de piel, tan alejado del blanco siberiano que se adivina bajo sus múltiples tatuajes. Aun así, también mataría de buena gana al estúpido español que no para de observarle; más menudo, con esa piel cetrina, a caballo entre el blanco y el negro. Sucia y apestosa piel hispana.

Leandro mira al ruso. Observa descaradamente sus tatuajes e intenta adivinarlos. Lleva ya años en penales de Siberia y ha aprendido a diferenciar cada dibujo que adorna el cuerpo de aquellos hombres. El ruso tiene tatuado un puñal que atraviesa su cuello, símbolo de que ha matado a alguien en prisión. Dos galones adornan sus hombros desnudos lo que significa que, además, el maldito hijo de puta que tiene delante es una autoridad entre los hombres de la prisión. Sin embargo, lo que más llama la atención de Leandro es la calavera y los huesos cruzados que adornan su pecho. Sabe perfectamente que eso indica una cadena perpetua y ¿qué tiene que perder alguien condenado a perpetuidad en aquél infierno?, se pregunta. La respuesta es sencilla: nada. Esto le transmite cierto nerviosismo aunque no es la primera vez que comparte celda con un condenado a la pena máxima. La última vez fue en una prisión de la región de Tatarstán. Condenado a quince años por asesinato –un mal negocio con ucranianos que se saldó con siete muertos por arma de fuego en el bar de un suburbio moscovita, del cual sólo quedaban dos cuerpos al llegar la policía–, a Leandro le tocó compartir celda con Yuri Lébedev, condenado a cadena perpetua por múltiple asesinato y violación. Un auténtico monstruo. Al igual que el hombre que tiene delante en estos momentos, Yuri tenía el cuerpo plagado de tatuajes y esas siniestras calaveras con huesos cruzados. Leandro jamás olvidará las caras de terror de los jóvenes muchachos cuando entraban por primera vez en la cárcel y se convertían en las princesas de Yuri, cómo gritaban de miedo y dolor en los baños cuando eran violados sistemáticamente por el jefe ruso y más reclusos, o de noche en sus celdas. Leandro se salvó de las violaciones en aquella prisión porque mató delante de Yuri en la celda a uno de sus chicos princesa. El joven, un chaval de color como otros muchos que poblaban la prisión, no debía contar con más de dieciocho años. A Yuri le gustaban así, negros. Eso le hacía sentirse superior, como un conquistador. Le cortó el cuello nada más llegar a la celda y, mirándole fijamente a los ojos, le dijo: lo mismo haré contigo y con cualquiera que se atreva a ponerme una mano encima. Para Yuri, el gesto tan cruel de aquél loco hispano fue una muestra de respeto y desde entonces compartieron celda, alimento, drogas y alcohol hasta el punto de considerarse hermanos. Cuando Leandro fue mandado a Siberia, Yuri juró eterna amistad y lealtad hacia aquél hombre de piel oscura, por lo que el español sabe que podría valerse de los contactos de Yuri en el nuevo penal para deshacerse del ruso o del negro. Sea como fuere, prefiere esperar acontecimientos, dejarles actuar primero aunque ello suponga un riesgo para su persona. Sabe defenderse y no se lo pondrá fácil al que intente ponerle una mano encima.

Bene observa los cordones desgastados del español que cuelgan de la litera de arriba. También observa de soslayo al ruso, que lo penetra con su fría mirada, dándole a entender que no es bien recibido allí. El africano está acostumbrado a esas miradas de los blancos, y lo soporta bastante bien mientras no le suponga una amenaza. En otro tiempo, Bene habría respondido a cualquier ofensa de la manera que le enseñaron cuando con doce años se convirtió en un niño soldado: disparando un arma o dando un machetazo. Cuando a los diez años acabó la guerra y buscó trabajo en las duras minas de coltán, todo cambió. El joven lugarteniente del ejército rebelde se convirtió en un peón más que cobraba diez míseros dólares a la semana por arrastrarse como una serpiente por las entrañas de aquel suelo permeable y peligroso en busca del preciado mineral. Con el tiempo, Bene tuvo suerte; el jefe de una mafia de coltán que operaba a espaldas del gobierno robando mineral para vendérselo a los rusos, lo reconoció entre los miles de jóvenes que trabajaban allí y lo sacó de aquel infierno. Había luchado mano a mano en la guerra con Bene cuando aún era un crío y reconoció en el joven fuerte que tenía delante esa mirada de odio y rencor que sólo adquieren quienes han visto cosas aterradoras para el resto de los humanos; quienes han violado, matado y saqueado. El africano se ganó enseguida el respeto de los jefes mafiosos y fue escalando posiciones hasta que fue enviado una calurosa mañana de agosto a negociar con los rusos un envío de varias toneladas. Al llegar a Rusia, le estaban esperando dos vehículos que lo llevaron al sitio señalado. Las cosas se complicaron. Nada más bajar del coche, uno de los rusos se negó a darle la mano. Bene sonrió, reluciendo sus blancos dientes como si de un lobo acorralando a su presa se tratara. El ruso miró a sus compatriotas y sonrió también. Bene volvió a ofrecerle su mano y el hombre del este escupió en su palma. Yo no le doy la mano a un animal, le espetó. El resto sucedió muy rápido. Bene sacó su pistola al tiempo que uno de los soviéticos sacaba una placa de policía. Decenas de agentes del KGB irrumpieron en la nave con fusiles semiautomáticos, haciendo imposible cualquier tipo de respuesta por parte de los rusos y los africanos. Sólo Bene fue capaz de volarle la cabeza al tipo que tenía delante, aunque eso le costara un disparo en el hombro del que tardó cinco meses en recuperarse. Al salir del hospital, el africano, amenazado de muerte por la mafia rusa y por sus propios compatriotas que debían buscar un culpable por la fallida operación, fue llevado directamente a la prisión donde se encontraba, al interior de esa oscura celda compartida con aquel siniestro ruso y el misterioso hispano.

El sonido de las ruedas de un carrito metálico que recorre el pasillo donde se encuentran las celdas saca a los tres ocupantes de sus pensamientos. Al llegar a la celda, el carro se detiene y un hombre de mediana edad que aparenta tener veinte años más –a juzgar por sus dientes y cuerpo–, sonríe mientras saca tres botellas de vodka casero destilado en la cocina de la prisión de dentro del carro y las enseña a los tres ocupantes.

– Esta noche estáis invitados los tres por orden de Dima Kozlov –anuncia mientras desliza la primera botella entre los barrotes.

Iván conoce a Dima Kozlov. Es uno de los reyes en aquella prisión y aquél gesto sólo puede obedecer a que Dima se ha enterado que se encuentra allí y ha procurado que uno de sus chicos disfrute un rato estando encerrado entre tanto animal extranjero. Se siente pletórico, por fin ha sido reconocido por uno de los reyes. Cuando lo saquen al patio le dará las gracias a Dima y un abrazo que, a ojos de todos, le otorgará más poder todavía en aquella jungla de frío cemento. Sueña con gobernar la prisión con los otros tres reyes y disfrutar de los placeres habituales entre los grandes: drogas, alcohol y sexo, mucho sexo, masculino o femenino –cada uno tiene sus gustos y nadie osa contradecir o juzgar los gustos de un rey, bajo pena de muerte–.

El ruso se levanta sonriendo del suelo mientras los otros dos observan la escena, sin terciar palabra. Sin embargo, cuando está dispuesto a agarrar la botella, el hombre del carro se la retira.

–No tan rápido, compañero. Tú no tienes pinta de llamarte Leandro. Por orden de Dima, las botellas las debe recoger Leandro, el español. Las envía un viejo amigo de Dimas y por lo visto, también tuyo –dice el viejo ruso que ya ha reconocido al hispano en la litera de arriba.

–Yuri Lébedev –dice Leandro mientras baja de la litera–, dile a tu jefe Dimas que le agradezco el gesto. Y que le dé también las gracias a Yuri, si tiene la oportunidad de hablar con él.

–Seguro que la tendrá –responde el hombre del carro sonriendo, mientras le pasa al español la tercera botella.

Iván se ha quedado mudo, paralizado. Uno de los reyes ha dado prioridad sobre él a esa escoria hispana. Además, ¿quién es el tal Yuri Lébedev? No entiende nada. Es el español quien lo mira ahora con descaro y arrogancia. Iván está a punto de abalanzarse sobre él y arrancarle la garganta si hace falta a bocados pero lo sucedido le obliga a ser cauto, así que prefiere volver a su sitio y esperar, aunque la sangre le hierva por dentro.

Leandro deja de mirar al ruso cuando éste se sienta en el suelo, el lugar que debe ocupar después de lo sucedido. Bene sonríe con su blanca dentadura. Las cartas se han puesto encima de la mesa y el ruso ha salido perdiendo. Esa noche, al menos, cada uno tiene muy claro cuál es su lugar en la celda. Los dientes del ruso se aprietan con fuerza; hay tiempo –piensa–.

Ya ha caído el sol y el frío se intensifica. El español se incorpora en su litera, agarra una de las botellas y la abre mirando a los otros dos, que observan sus movimientos de soslayo.

–Beberemos esto entre todos. Un trago cada uno, la noche es larga y fría.

Leandro da un trago largo a la botella, se limpia con el puño de la camisa y cede su turno a Bene, dispuesto a dar otro trago.

–Aaah, esto es mierda. Mierda de la buena. Pura mierda de tus dioses siberianos –dice Leandro mirando fijamente al ruso, que permanece en cuclillas apoyado en la pared, al lado de la letrina.

–Mis dioses siberianos pueden ser igual de buenos que traicioneros –replica Iván.

El blanco colmillo del ruso reluce con fuerza ahora. Esa sonrisa de perro viejo, peligroso, no le gusta a Leandro. Ha conocido a muchos reclusos como Iván; gente peligrosa, hecha a la vida carcelaria, astutos, impredecibles. Por un momento valora si partir una botella contra la pared y rajarle el cuello, pero no le apetece un enfrentamiento, le apetece beber. Así que sonríe al ruso mientras se relame los labios, intentando retener el sabor del vodka mientras la botella sigue su curso y pasa a las manos de Iván, que pega otro trago y se levanta para dar la botella a Leandro.

–De traidores y muertos está el mundo lleno –espeta Leandro sonriendo, mirando a los ojos del ruso, mientras agarra la botella que éste le ofrece.

El negro mira a ambos divertido con la situación. Otro trago. Tras varias rondas, los tres se relajan y Bene por fin habla.

–Sentémonos los tres en el suelo. Cuando los hombres beben, no existen jerarquías absurdas; bebamos dignamente como hombres, ya tendremos tiempo de vivir como perros.

Las palabras de Bene hacen sonreír a Iván. El negro tiene razón, cuando se bebe no existe ningún tipo de estatus, todos son iguales. Falta ver si el hispano cederá a ponerse al mismo nivel que él.

Las palabras de bene hacen recapacitar a Leandro. El africano tiene razón y aunque vaya algo borracho, todavía conserva la suficiente lucidez para saber que bajar de la litare y beber junto a esos dos hombres no deja de entrañar cierto peligro. Sería el momento perfecto para que el ruso –que lo mira pensativo– intentase acabar con él y hacerse con el control de la celda. Sin embargo, no bajar ahora mismo al suelo con aquellos dos hombres podría interpretarse como un signo de cobardía. Decide esconder una vieja cuchilla de afeitar que siempre lleva encima en la suela de su zapato y bajar a seguir bebiendo.

La primera botella se acaba. Al comienzo de la segunda, el alcohol empieza a  pasarles factura. La graduación de aquel brebaje casero es tan alta que incluso el ruso, acostumbrado a destilar slivovitz casero cuando era pequeño en casa de un tío suyo de Serbia, siente como le arden todos sus órganos cuando aquel brebaje atraviesa su cuerpo. Ese líquido es alcohol puro, veneno. Y les encanta.

La segunda botella se acaba. Los tres hombres ríen de una manera absurda, empapados en alcohol. Todos descansan en el suelo, tirados. El africano Bene fue el que más aguantó estando incorporado, debido a su gran corpulencia; el resto, hace tiempo que desistieron en su intento de mantenerse rectos. Leandro apoya la nuca en el colchón de Bene y el resto del cuerpo extendido en el suelo, tocando casi los pies de Iván, que reposa en una posición parecida pero contra la pared.

Tercera botella. Leandro pega un profundo trago y desliza como puede la botella a Bene, que hace lo mismo y la pasa a Iván.  De repente, todo está negro. El vacío.

Zapoi.

Durante el zapoi, término que utilizan los rusos para las borracheras salvajes que pueden durar días –incluso semanas–, los hombres deambulan con movimientos errantes por las calles, permanecen durante horas sentados o simplemente se matan. Puede pasar de todo; al despertar, no recuerdan nada.

Leandro abre un ojo. Su mejilla descansa sobre el frío suelo. Abre el otro. Un olor familiar a hierro inunda sus fosas nasales. El rojo charco de sangre lo envuelve completamente todo. A él y a sus otros dos compañeros de celda que permanecen tumbados también, con los ojos cerrados. Quizá, durmiendo. O muertos.

El español se incorpora con cuidado, intentando no resbalar. El suelo de la celda se ha convertido en una siniestra pista de patinaje. Se sienta con cuidado en la litera de abajo, la del africano, y observa a los dos hombres tumbados en el suelo, rodeados de sangre. Decide despertarlos a ambos. Agarra el hombro de Bene y el éste se gira todavía medio dormido. Parece no haberse percatado de la sangre que lo rodea o, peor aún, le da exactamente igual. El negro se apoya en la estructura metálica de la litera, sentándose al lado de Leandro, y esgrime un bostezo a medio camino entre el tedio y la sorpresa.

– ¿Qué ha ocurrido? –pregunta de manera desganada, más obligado a hacer la pregunta ante la dantesca imagen que preocupado por la respuesta.

–Ni idea –responde Leandro–. Me he despertado unos segundos antes que tú. Estaba, al igual que vosotros, tumbado. Despertemos al ruso.

Leandro agarra el hombro de Iván y tira con fuerza hacia él. Al girar el cuerpo, ambos comprueban que el ruso tiene el cuello rajado de oreja a oreja. Ha dejado de manar sangre y se puede apreciar perfectamente cada una de las dos arterias carótidas seccionadas.

–Al menos sabemos de dónde sale la sangre –afirma Bene con una sonrisa–. Y que no es nuestra.

Leandro sonríe también. El ruso no resultaba  un hombre simpático para ninguno de los dos. Que ahora mismo esté muerto no deja de otorgar cierta tranquilidad al ambiente. No deberán preocuparse por ver quién duerme en las literas ni dormir con un ojo abierto. Aun así, la tranquilidad de Leandro es efímera cuando empieza a pensar. Si el ruso está muerto es porque uno de los dos lo ha matado y si no ha sido él, ha sido el negro. Esto le provoca una desconfianza creciente hacia el africano, que vuelve a bostezar mientras se quita la ropa, intentando deshacerse de toda la sangre que cubre su cuerpo.

– ¿Lo has matado tú? –pregunta Leandro sin contemplaciones, directo.

–No lo he matado yo, o al menos no lo recuerdo. Lo último que recuerdo es haber estado bebiendo ese veneno al que nos invitaste y luego despertarme lleno de sangre. ¿No habrás sido tú, eh, españolito?

Leandro endurece el semblante y mira a los ojos de Bene, que le observa tranquilo. En los ojos de aquel hombre no hay odio, pero tampoco hay paz y por supuesto, no hay miedo. Es una de esas miradas peligrosas, de quien lo ha visto todo y no teme a nada. El africano es corpulento, pero se adivinan en su oscuro rostro marcas de una vejez que su cuerpo no parece acompañar. Debe de estar cerca de los cuarenta y cinco. Quizá más.

–No he sido yo, o al menos no me acuerdo. De todas formas, no sería el primero –responde Leandro mirando nuevamente a Bene–. Ni el último.

La expresión de Bene cambia por un momento, como si Leandro hubiese activado la palanca adecuada a través de una palabra mágica. Por unos instantes los ojos del hombre miran a los del español desprendiendo fuego pero al instante se apagan, inertes. De nuevo, una peligrosa sonrisa es su única respuesta.

Está amaneciendo. A esa hora debería haber pasado ya el guardia para hacer el recuento, sin embargo no se escucha a nadie en la galería. Gritan a través de los barrotes pero nadie responde.  Desconocen cuantos días ha durado el zapoi y si, en el transcurso de éste, ha sucedido algo. Quizá ninguno de los dos haya matado al ruso, quizá haya sido alguien de fuera o simplemente Iván se ha suicidado; quizá la cárcel esté vacía, abandonada, y los hayan dejado allí a su suerte –ojalá fuera esta la respuesta, aunque se preguntan por un momento quién se habría comido a quien para sobrevivir, cuando el hambre hiciera estragos en su cuerpo– o, quizá, todo esto forme parte de un experimento. Todo son quizás, pero no son capaces de responder a nada. El viento helado que recorre la celda golpea sus torsos desnudos y les obliga a taparse, tumbados, en sus literas.

–Esperemos, en algún momento volverán a buscarnos –decide Bene mientras se tapa con la mugrienta colcha de su cama.

–Eso no lo sabemos –objeta Leandro–. Aun así, tienes razón. No podemos salir de aquí. Esperaremos.

Los dos hombres descansan desnudos en sus literas, tapados por una colcha. El cuerpo inerte del ruso permanece boca arriba, cubierto de sangre. Le han tapado la cara con sus ropas, a nadie le gusta tener un muerto mirando. Ni siquiera se han dignado a cerrarle los ojos, no se merecía ese respeto. La habitación se asemeja a una cámara de los horrores, sin embargo ellos permanecen ajenos a todo, intentando distraer su mente con algo que les ayude a olvidar y camufle ese maldito olor a hierro. Es Leandro quien comienza la conversación.

–Antes de llegar a Siberia estuve casado, vivíamos en una casa preciosa, en el campo.  Los domingos iba con mi padre a misa, era un hombre religioso, cristiano. ¿Escuchas, negro?

–Yo soy musulmán, no entiendo de costumbres cristianas –responde Bene.

–Eso es lo de menos. La cuestión es que, al volver de misa, hacíamos todos los domingos puchero para comer. Nos reuníamos toda la familia alrededor de una olla estupenda, repleta de carne de matanza, de garbanzo, verduras, de todo le echaba la buena de mi madre. Y reíamos, éramos felices, sin necesidad de robar o matar. Aquello vino luego, cuando murió mi padre, no pudimos soportar el gasto de la casa y nos vimos en la calle. Mi mujer, mi niña, mi madre y yo. Cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo, robar para dar de comer a su familia. ¿Tú también tuviste familia, africano?

–Todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido familia –responde Bene–, aunque fueran los minutos del parto. Sí la tuve, cuando mi jefe me sacó de las minas de coltán. A él se lo debo todo. Hasta entonces yo era un niño soldado, un alma errante sin vida ni remordimientos. Sólo me enseñaron a matar, a dar machetazos y odiar. La única persona que me acogió, que me sacó de aquel infierno fue la persona que ahora me quiere matar por haberle fallado.

–Algo podrás hacer para volver con ellos.

–Sí, algo puedo hacer. Lo estoy haciendo.

–No comprendo.

–Mi jefe tuvo un hijo hace años. Un hijo que podría ser perfectamente mi hijo. Lo conocí antes de que le hicieran marchar hacia una operación en Rusia, similar a la mía. Tras la guerra, el negocio del coltán es lo que nos ha sacado de la miseria y acudir a Rusia a vender material siempre ha sido motivo de orgullo para todos nosotros, ¿entiendes?

–Entiendo.

–Bien, pues mi jefe mandó a su hijo. El chico marchó orgulloso pero todo se complicó. Llevamos años con un  topo en nuestra organización, un topo que nos está hundiendo desde dentro. Primero cayó el chaval. A los años, también caí yo. Alguien nos estaba delatando a la KGB y desmontando nuestro mercado. Si tuviéramos la más ligera idea de quién es, le desollaríamos como a un animal y nos comeríamos su corazón –Bene aprieta por un momento los puños, furioso–, sin embargo aún no sabemos quién es. Pero le cogeremos, todas las ratas en algún momento hacen ruido, dan un paso en falso.

–Todos los traidores deberían estar muertos –apunta Leandro.

–Cuando me apresaron a mí, supe del descontento de la organización. Pensaron que yo era el topo, ¡yo! –Bene eleva la voz–, si supieran que es la única familia que he tenido, los únicos a los que he profesado algún sentimiento, jamás habrían dudado de mí. Pero lo hicieron. Tras una conversación con mi jefe, me informaron del motivo por el que aún seguía vivo. Debía encontrar a su hijo y traerlo de vuelta conmigo. Mi organización no escatimaría en gastos para planificar mi huida junto al chico, por cara y disparatada que fuera. Sin embargo, todos estos planes se han ido al traste y mi objetivo ha cambiado.

– ¿Dónde se encuentra el muchacho?

–El muchacho está muerto. Le cortaron el cuello.

–Entonces, ¿cuál es ahora tu objetivo? –pregunta Leandro, inquieto.

–Vengarme.

Un escalofrío recorre el cuerpo del español. Un torrente de emociones atraviesa su torso desnudo, colándose entre las sábanas como si fuera viento. Las ideas se agolpan unas a otras, se amontonan los recuerdos. El pánico invade su corazón. De repente, todo coge forma, todo tiene sentido. El guardia, las botellas de vodka. Zapoi. La ausencia de guardianes en el recuento. Sólo alguien poderoso podría haber ordenado eso. Región de Tatarstán. Yuri Lébedev. No podía ser otro. Aquel muchacho princesa al que sesgó el cuello delante del jefe mafioso. Su promesa de eterna amistad y respeto. Jamás te fíes de un mafioso ruso, piensa por un momento. Recuerda al ruso, Iván, otra pieza más en el macabro juego, un daño colateral o igual otra estrategia de Yuri para matar dos pájaros de un tiro; nunca lo sabrá.

Un silencio sepulcral invade la celda. La tensión en el cuerpo de Leandro es tan alta que paraliza su cuerpo. Su asesino, su ejecutor, se encuentra debajo de él y ha mostrado sus cartas. Todo lo sucedido desde aquella reubicación de presos ha sido planificado con el único fin de matarle. Se acerca el final. Su final. El ambiente se torna denso, el aire que respira parece asfixiarle. Puede oler la saliva de Bene deslizándose a través de su blanco colmillo. Aquella sonrisa, aquellos ojos inertes que presagiaban la entrada al infierno. Piensa en incorporarse, pero no serviría de nada. Se mantiene inmóvil, quieto. De repente se acuerda de su vieja cuchilla oxidada. Mira de reojo la suela de su zapato: no está. Mira el cuerpo del ruso, con la cara tapada. Recuerda las arterias seccionadas, un corte limpio, quizá hecho por una cuchilla. Su cuchilla. Leandro sonríe.

Un reguero de cálida sangre inunda su cuello. El ahogo provocado por la falta de oxígeno le hace escupir borbotones de líquido rojo que salpican la cara del africano, el cual se ha incorporado para hacer con más precisión el corte mientras lo mira, tranquilo. Las convulsiones iniciales dan paso a la calma más absoluta.

De repente, el vacío. Zapoi. La muerte lo libera de aquel infierno de hielo que es Siberia. De aquel maldito sabor a hierro.

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