Un cigarro electrónico. Se encontraba en aquella playa semi virgen y lo único que tenía a mano era aquél chisme eléctrico en lugar de la marihuana que cubría buena parte del jardín de su casa. Por otro lado, mejor era eso que nada. A falta de mechero, de papel de fumar y de cualquier mierda que echarse a la boca, utilizar aquel chisme quizá no era tan mala opción. Se recostó sobre un montón de algas y observó el paisaje que tenía delante. Como si de un cuadro se tratara fue saboreando cada parte de aquel paraje. La larga hilera de palmeras que definían el litoral, haciendo de muro fronterizo entre la playa y la selva; la fina arena blanca que cubría como un manto de nieve la orilla; los cientos de cangrejos que salían y entraban por agujeros a una velocidad endemoniada como veloces diablillos; el horizonte naranja anunciando la caída del sol. Y el mar. Aquel mar azul celeste que se fundía con el cielo tornando  complicada la tarea de distinguirlos a ambos. Lo único que rompía la magia de aquel paisaje idílico eran los montones de basura agolpados a lo largo de la playa. Jamás lo hubiera imaginado en una playa virgen. Procedentes probablemente de barcos que se deshacen de sus basuras –cosa prohibida y frecuente– en alta mar, aquellos despojos se habían ido amontonando con el paso de los años en aquellas playas poco o nada frecuentadas por el ser humano dotando de cierto absurdo la situación. Playas vírgenes cubiertas por montones de mierda. La ausencia del causante de aquella basura propiciaba que las playas, al no tener a nadie que las limpiase, se cubrieran de escombros. Aún así la escena era perfecta y un tipo con tantos años vividos a sus espaldas sabía saborear perfectamente todos y cada uno de los buenos momentos que la vida brindaba en pequeñas dosis. Sabía abstraerse de todos los problemas, eliminar durante breves espacios de tiempo cualquier preocupación y degustar, sorbo a sorbo, esos dulces segundos de bienestar. Pequeñas estrellas fugaces cargadas de felicidad.
Una llamada al móvil rompió la magia del momento. Odiaba los teléfonos. Desde que llegó la revolución de los móviles todo se había vuelto más estresante. Las prisas nunca habían sido buenas compañeras y la llegada de las nuevas tecnologías había multiplicado de manera exponencial la necesidad de las personas por estar comunicadas. ¿Dónde habían quedado los largos momentos de soledad, de reflexión? Todo se había desmoronado a una velocidad de vértigo; el hombre como elemento individual ya no importaba. La globalización, el exceso de información y el consumismo atroz habían conseguido que todos formáramos parte de una gigantesca rueda que necesitaba ser alimentada constantemente para poder avanzar. Todos los sentimientos habían quedado relegados a un segundo plano, las redes sociales eran el principal medio de comunicación entre los jóvenes, el paso previo a una cita. Atrás quedaba el riesgo de abordar una conversación con alguien desconocido mirándole a los ojos sin saber qué iba a suceder a cada segundo. Todo esto lo odiaba. Se negaba a formar parte de un sistema que, sin darse cuenta, lo había absorbido hasta la medula haciéndole girar al mismo paso que él.
– Riiiing, riiiing.
El teléfono volvió a sonar dos tonos más despejando sus pensamientos.
– ¿Diga?
Una voz ronca y apagada sonó al otro lado del auricular.
– Están llegando. Los tendrás en veinte minutos ahí. Lárgate ahora que puedes.
Antes de colgar el teléfono dudó un momento si responder, si agradecer a su interlocutor la advertencia. Sin embargo no lo hizo. Prefería callar. Se sentía cansado y quizá el huir durante tanto tiempo no fuera la solución. Quizá la única solución fuera la que estaba a punto de tomar, dejarse coger no era tan mala idea.
Una iguana cruzó a escasos metros de él. Aquel maldito país estaba lleno de ellas. Jamás habría imaginado el acabar sus días en México pero el destino no muestra sus cartas y de todas formas aquél era un lugar tan bueno como cualquier otro. Encendió aquél chisme electrónico. Cinco clics para encenderlo, le había dicho la chica con la que había pasado la noche anterior y cuyo nombre ignoraba —nunca fue aficionado a enamorarse de las putas ni de preguntarles su nombre pero si de buscar su compañía cuando se sentía solo—. Clic, clic, clic, clic clic. Una luz  anunció que el dispositivo estaba listo. Se llevó aquel cacharro a la boca y pulsando el botón que accionaba el atomizador aspiró una honda calada de aquel vapor de agua con sabor a frambuesa que tanto le recodaba al burdel de donde se lo llevó. Valoró nuevamente la opción de largarse de allí pero decidió finalmente que no. Estaba cansado de huir. De noches en vela tumbado con una pistola en la mano, atento a cada ruido. De atracos a bancos, de robos, de asesinatos. Del sucio dinero que todo lo había podrido a su alrededor. De los que otrora eran amigos y ahora lo buscaban para llenarle el cuerpo de plomo. De mujeres astutas que jamás lo habían amado. De traiciones. De mentiras y falsas promesas. De perder la esperanza tantas veces.
Otra luz y el vapor de agua con aromas de nuevo inunda sus pulmones. El tiempo jugaba en su contra pero seguía decidido a continuar allí.  Empezó a recordar qué le había llevado a descansar en aquella playa desierta con un balazo en el hombro (por fortuna la bala había entrado por el hombro y salido por detrás por lo que la herida no era mortal en principio aunque el riesgo de desangrarse lentamente también le acechaba) y a punto de ser liquidado por sicarios del capo más importante del sur de Italia.
*****
Hacía unos meses descansaba plácidamente bajo las grandes hojas del platanero que daba sombra al jardín de su casa en Cancún. Aunque español de nacimiento había pasado la vida escapando de hogares de acogida y reformatorios. Luego vinieron los robos con más o menos fortuna y finalmente su inclusión en la camorra napolitana que lo catapultaría a lo más alto del crimen organizado. Fueron buenos años. Londres, Berlín, Ámsterdam, París, Nápoles, ninguna ciudad escapaba a sus golpes, el dinero corría a raudales, su vida se empapaba de billetes, putas, drogas, coches de lujo y cualquier cosa que pudiera desear. Una mañana su jefe de Nápoles le llamó personalmente, algo que no había hecho jamás.
Ciao Salvador, vediamo noi stessi. E ‘importante.
La grave voz del anciano helaría al más sanguinario asesino sabiendo de quien era dueño.
Course. Sto arrivando.
Salvador le respondió consternado. Fue breve y colgó. Algo iba mal. Una llamada del Capo no era jamás una buena llamada. Se vistió rápidamente, calzó sus botines y enfundó una Jericho 941 FS regalo de su jefe, el mismo que ahora le estaba citando para, probablemente, darle matarile. Cogió uno de los teléfonos móviles de prepago que siempre llevaba encima —evitaba ser rastreado por la policía— y marcó el teléfono de su único amigo leal, de la única persona por la que pondría la mano en el fuego.
– ¿Diga?
Una voz grave respondió con firmeza al teléfono.
 – Santiago, hermano. Me ha llamado el jefe en persona. Quiere verme.
Salvador necesitaba el consejo de alguien y aunque ya estaba acostumbrado a bregar con muchos asuntos delicados sabía que su hermano, miembro también de la organización y sangre de su sangre, probablemente era en esos momentos la persona a la que debía escuchar.
– Salvador, ¿dónde andas? Todo el mundo te busca. El jefe se ha enterado de lo de Sicilia. No vayas a por el dinero, te tienes que largar ya y cuanto más lejos mejor. Te he reservado un vuelo a Cancún. En la taquilla 27-A del aeropuerto encontrarás documentación falsa y tu billete. Esto se ha puesto muy negro, estás jodido hermano. Yo  recogeré tu dinero y me encargaré de encontrar al chivato que ha dado el soplo. Nos reuniremos allí dentro de ocho meses. Cuídate por favor. Yo seré quien te llame.
De repente el teléfono se colgó y Salvador descendió a lo más profundo del abismo. A la soledad más completa. Fueron solamente unos segundos. Segundos en los que un largo escalofrío atravesó el cuerpo de aquel hombre recordándole lo que era el miedo a la muerte. Algo ajeno a él durante bastante tiempo.
****
 Lo de Sicilia había sido un golpe rápido, limpio. Aprovechando las fiestas  y el caos imperante en la ciudad habían atracado su propio negocio —un club de putas de los cinco que tenían repartidos en aquella ciudad y que les servía para blanquear el dinero proveniente del narcotráfico— haciéndose pasar por miembros de la mafia calabresa. Nadie sospechó nada. El botín fue tremendo, casi cuatro millones de euros que habían decidido esconder en una cabaña comprada a tocateja a un viejo jubilado en el Bosque de Capodimonte, cerca del famoso palacio. Era su jubilación personal, un dinero que en un futuro se repartirían entre los tres cuando decidieran abandonar aquella vida, cuando estuvieran hartos de huir y luchar. El día siguiente, todo Nápoles y Sicilia se enteró de aquel golpe que se saldó con tres hombres de la mafia calabresa muertos a manos de los de la camorra. Allí las cosas se solucionaban así. Los ajustes de cuentas eran frecuentes y las muertes tranquilizaban a ambos bandos. A menudo morían miembros jóvenes que no importaban a unos ni a otros y que zanjaban problemas que de otra forma podrían convertirse en guerras de bandas que nadie quería empezar. La mafia no dejaba de ser una sociedad dentro de la propia sociedad, con sus normas y sus luchas internas y, como en cualquier organización, criminal o no, los más desfavorecidos eran los que acababan por pagar el pato.
Desconocía quién era el hijo de puta que podía haberlo delatado aunque era evidente. En el golpe de Sicilia solo participaron su hermano Santiago, su mejor amigo Pinto y él, por lo que la cosa estaba más que clara. Deseaba con todas sus fuerzas tener delante al hijo de puta de Pinto y arrancarle él mismo el corazón con sus propias manos. Aquél trabajo les había asegurado el futuro a los tres y por más que lo intentaba Salvador era incapaz de asimilar cómo su mejor amigo le había clavado ese puñal en la espalda. La traición era algo imperdonable y las lágrimas que momentáneamente surcaron los bordes de su desgastada cara sellaban una promesa hecha desde lo más profundo de su ser. Algún día nos volveremos a ver, hijo de puta —susurró apretando los dientes e intentando contener una rabia que se apoderaba de él por momentos—.
****
La noche pasó rápida en un motel de carretera. Una habitación pagada al dueño por cinco veces su valor aseguraba su total discreción y la ausencia de preguntas. Odiaba las preguntas. Cuando se hizo de día acudió al aeropuerto. Miró hacia los lados comprobando que no había nadie y abrió la taquilla 27-A que le había dicho su hermano. Su sorpresa fue mayúscula al mirar el interior de la taquilla. Un pasaporte con identidad falsa y tres fajos de dinero cuyo color predominante era el morado. Allí debía haber unos doscientos mil euros. Lo suficiente para establecerse en aquél país y vivir a cuerpo de rey muchos meses. Incluso años. Si antes quería a su hermano ahora lo adoraba. Necesitaba darle ese abrazo que jamás le había dado, decirle que le quería, que era su hermano. Su ausencia de padres desde pequeños, la participación en numerosos asaltos, los asesinatos, todo les había unido de manera significativa. Como si de gemelos se tratase cualquier cosa que a uno le sucediera el otro la sentía como suya. Eso les había ayudado a prosperar en la organización, a protegerse las espaldas hasta llegar a lo más alto. A fin de cuentas la camorra también era política y qué mejor manera de ascender que apoyarte en tu hermano para subir más alto.
Pi, piii, piiii. El detector de metales sonó al atravesar la línea de seguridad.
– Por favor, deje todos sus objetos en esta cesta, incluido el cinturón.
El guardia inspeccionaba visualmente a Salvador mientras éste mentalmente recordaba donde había dejado la pistola Jericho que se había enfundado el día anterior. Finalmente recordó que estaba en la maleta que por suerte había pasado la prueba del escáner —el guardia encargado de la pantalla no le había prestado demasiada atención— por lo que se desató el cinturón tranquilamente y sonrió al guardia mientras atravesaba de nuevo el detector, esta vez sin que éste sonara.
– Perfecto caballero, puede continuar. Que tenga un buen viaje.
Cogió la maleta y subió al avión nervioso, consciente de que su vida iba a pegar otro giro de tuerca más, el giro de tuerca definitivo que le llevaría a acabar sus días como siempre había soñado, tumbado en la playa y alimentado a base de daiquiris y mezcales servidos por bellas mulatas o con una bala alojada en la cabeza y metido en algún bidón repleto de cal.

(Continuará…)



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