Capítulo final de Sin nombre. El primer capítulo lo podéis leer aquí: http://www.desdegaleras.com/sin-nombre-capitulo-1/

El viaje en avión desde Italia había sido tranquilo, sin sobresaltos. El hecho de llevar doscientos mil euros y una pistola en la maleta le preocupaba hasta pasar la aduana de México. Una vez allí sabía qué contactos tocar y cuáles no. Era consciente de que si levantaba alguna sospecha, cualquier chivato de la organización criminal más extendida del mundo, como era la suya, no dudaría ni un instante en levantar el teléfono y llamar enseguida a Italia. La mafia pagaba bien a sus chivatos, eran sus ojos, sus oídos en los lugares más remotos o impensables. Cualquiera podía ser de la mafia; un vendedor ambulante que pasea su carro; una limpiadora que saca brillo al suelo de la entrada del hotel; el guardia jurado de cualquier centro comercial; el policía al que solicitas ayuda por un intento de robo o asesinato. Cualquiera.
La voz de la azafata paseando el carrito por el pasillo central del avión le despertó, sacándolo de aquél mar de pensamientos y dudas que le mantenían absorto.
– ¿Agua, señor? ¿Quizá algún zumo o un bollo?
Saboreó la dulce voz de aquella mujer que muy educadamente le miraba a los ojos.
– No. Prefiero un bourbon o un ron, si no es molestia. Solo, con hielos.
– En unos minutos se lo traigo, señor.
La guapa azafata  no pudo reprimir una sonrisa que Salvador interpretó como un gesto tremendamente dulce de una mujer terriblemente hermosa. Siguió repartiendo agua, zumo y bollos con el carrito en dirección a la cabina, donde finalizaba su servicio y preparaba a los ocupantes del avión los pedidos especiales.
Mientras la guapa azafata le traía la bebida, Salvador pensó por un momento en su hermano. Le preocupaba sobremanera lo que habría sido de él. Seguramente habrían ido a buscarle para saber su paradero. La alta posición de su hermano en la mafia –la misma que él– evitaría a torturas o amenazas pero si Pinto los había delatado a los dos, la situación cambiaría y su hermano Santiago se encontraría en un serio problema. Confiaba en que Pinto fuera lo suficientemente inteligente para delatarle únicamente a él. Y lo era. Si hubiera delatado a los dos hermanos habría cavado su propia tumba, ya no habría parecido una acción individual de un traidor con ganas de hacerse más rico de manera rápida –algo común en aquél mundo– sino un plan organizado y orquestado en el que él también habría sido sospechoso. Y la mafia no es tonta. Y si sospecha, tarde o temprano cantas, es sólo cuestión de tiempo. De tiempo y dolor.
– Aquí tiene su bebida, señor. Que tenga un buen viaje.
Otra sonrisa de aquella belleza y su cuerpo se desharía como un helado. No era el tipo de mujer con el que estaba acostumbrado a tratar. Se la veía educada, tímida, con buen porte y saber estar. Su delicada situación le impedía intimar más con ella, pedirle el teléfono o iniciar ese antiguo juego de seducción que se da entre un hombre y una mujer cuando se gustan.
– Muchas gracias, bombón.
Su descaro fue bien recibido por la joven que, a modo de despedida, le regaló una última sonrisa que sumió a Salvador en un agradable sueño hasta la llegada de aquél Boeing a México.
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Las voces de la gente recogiendo sus maletas en el avión le despertaron. La mezcla de nervios y alcohol había actuado como un eficaz somnífero, impidiendo que el mafioso italiano se despertase durante el aterrizaje.
Tras bajar del avión llegaba a un punto negro de su periplo: la aduana. Entre la puerta de salida que significaba el comienzo de una nueva vida libre de mafias  y él, se encontraban seis guardias fuertemente armados, dos perros y su maleta con un arma y una cantidad desproporcionada de dinero sin declarar.
El sistema de registros del aeropuerto era de lo más curioso. Un semáforo a la altura de los guardias indicaba la suerte que correría Salvador ese día. Si el semáforo se iluminaba con una luz verde, el viajero podía pasar tranquilamente. Si por el contrario el semáforo indicaba rojo, los guardias inspeccionarían minuciosamente la maleta y el italiano acabaría con sus huesos en la cárcel, donde le esperaba con toda seguridad la muerte a manos de algún preso pagado por la mafia. En definitiva, se estaba jugando la vida al color que iluminase aquél maldito semáforo de manera aleatoria. Menuda forma de morir más absurda después de tantos años, pensó por un instante. Por culpa de un maldito semáforo.  Salvador apretó fuertemente los dientes y mantuvo la compostura, su turno llegaba.
– Que pase una magnífica estancia en nuestro país, caballero.
La voz del agente de aduanas le sonó como música celestial para sus oídos. Una explosión de júbilo recorrió su cuerpo pero mantuvo la compostura. Esos policías no tenían cara de buenos amigos y él no pensaba darles un motivo para registrarle. No ahora que esa maldita luz verde le había dado otra oportunidad.
Alquiló un coche en las oficinas del aeropuerto y se dirigió a la zona deprimida de la ciudad. Necesitaba un nuevo pasaporte  –toda precaución era poca– y sabía dónde encontrarlo y cómo tratar con aquellas personas. La ventaja de un mafioso de nivel como él era el saber desenvolverse igual de bien entre los estratos sociales más bajos de cualquier país como entre las clases más altas y pudientes. Hacía años había llevado un asunto con un cartel mexicano, –tres toneladas de cocaína ocultas en un pesquero con destino directo a Cerdeña– y sabía cómo debía tratar con esos tipos. Ese mismo día ya tenía pasaporte mexicano, una casa a su nombre en un pueblo pesquero cercano apartado de miradas de curiosos y una ranchera negra como las que conducían los del cartel mexicano cuando fue a concretar los detalles de la operación hace años a México DF.
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Los meses siguientes fueron bastante tranquilos. Aunque la sombra de una visita de la camorra planeaba de manera constante sobre sus pensamientos, el día a día en aquél apacible lugar le hacía llevar la espera de una manera fantástica. Aun así no perdía la buena y efectiva costumbre  de dormir siempre con su Jericho debajo de la almohada. Pasaba largas jornadas pescando en aquellas aguas azules turquesas o tomando ceviche de caracola y tequilas bajo la sombra de aquél platanero que, a modo de guardián, desplegaba sus grandes hojas en la entrada de la casa. Alguna pelea en la taberna situada calle abajo con algún pescador pasado de copas había sido su emoción más fuerte. No quería que nadie supiera su paradero, ahora se llamaba Facundo Guzmán y lo que menos le interesaba era descubrir su verdadera identidad. Demasiados nombres en muy poco tiempo. Demasiados secretos guardados con sangre que podían florecer en cualquier momento. Evitaba emborracharse en público para no hablar más de la cuenta  –el alcohol, gran enemigo de cualquier secreto – y solía buscar compañía femenina en un prostíbulo cercano. Su intención era pasar así un par de años, quizá tres, y regresar a Italia para matar a Pinto, aquél canalla malnacido hijo de mil demonios. Luego se volvería a México, se casaría con una buena chamaca y dedicaría el resto de sus días a pescar, comer, follar y, quien sabe, quizá sobrevolar la selva los fines de semana con una vieja Cessna a la que había echado el ojo en un local de Cancún semanas atrás, cuando fue a Cancún a llamar a su hermano  –su única llamada desde que estaba ahí– para contárselo todo: su nueva vida, su nueva identidad y sus nuevos planes.
Aquella noche era viernes e iba bebido. Tocaba liberar testosterona por lo que metió en el bolsillo de su pantalón un buen fajo de billetes y se dirigió al burdel  que había en la carretera cercana a su casa. La muchacha que le atendió era una bella mulata de piel suave como el nácar de una caracola de mar. Decidió subirse con ella a la habitación. Un embriagador perfume de frambuesa inundaba la sala pero no era colonia la fuente de aquél olor. La joven mulata  –Rosita decía llamarse, aunque él sabía que mentía, como era normal– había cambiado el tabaco por un moderno cigarro electrónico que desprendía olor a frambuesa con cada exhalación. La muchacha le contaba a Salvador que era una forma de ambientar su pequeña sala y de paso evitar la huida de clientes, alejados por el mal olor que deja el tabaco en cualquier boca. A las pocas horas, la imagen era esperpéntica: una sala pequeña con vasos de bebida tirados por el suelo, restos de cocaína por ambas mesitas de noche y un mafioso italiano abrazado a una bella puta mexicana durmiendo desnudos sobre una cama vestida con sábanas de raso.
A la hora y cuarto de quedarse dormidos, Salvador se despertó. Allí las horas costaban dinero y prefería dormir en su casa, tranquilo. Se puso los pantalones, la camisa y se metió en el bolsillo el cigarro electrónico que tan bien olía.  Seguro que tienes más, pensó .La joven muchacha seguía durmiendo. Por un momento la observó. Su piel desnuda color aceituna y esas largas pestañas que sobresalían de sus ojos cerrados hacían de ella algo hermoso de contemplar. Cerró la puerta con suavidad, pagó a la madame del burdel en el piso de abajo y se dirigió hacia su casa.
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  Un rayo de sol le despertó pasadas seis horas de sueño, según indicaba el despertador digital sobre la mesita de noche. Había perdido la noción del tiempo desde la juerga de anoche con aquella puta de piel morena. Siempre perdía la noción del tiempo. Al fin y al cabo uno tenía derecho a vivir y eso implicaba en ocasiones bajar la guardia. Cegado momentáneamente por la luz que ya entraba a borbotones a través de la ventana entornó los ojos para poder buscar los pantalones, dirigiendo la mirada hacia el viejo sofá de la esquina donde solía dejar la ropa amontonada cuando llegaba borracho. La silueta perfilada por el sol no dejaba lugar a dudas, había alguien en aquella habitación sentado, observándole.  En cuestión de segundos deslizó la mano bajo la almohada buscando instintivamente la pistola. La maldita pistola que parecía habérsela jugado en el momento necesario, desapareciendo cuando más la necesitaba, dejándole solo y desnudo frente al tipo que lo contemplaba desde el sofá y al cual no conseguía todavía ver con claridad.
– Tranquilo hermanito no la busques más, te la he guardado yo. No es seguro dormir con una pistola bajo la almohada. Ya sabes, te puedes hacer daño.
No podía creer lo que estaba escuchando. Esa era la voz de su hermano. De su querido hermano. Un torrente de alegría inundó su cuerpo al escuchar esas palabras. Escupió en sus ojos y volvió a abrirlos con más fuerza, distinguiendo ahora claramente el rostro de su hermano sentado en el sofá,  con las piernas cruzadas y balanceando el tobillo derecho, en esa actitud tan chulesca que tanto le caracterizaba. Salvador le miró a los ojos con una amplia sonrisa.
– Maldito loco. Te podía haber pegado un tiro, debías haberme avisado, canalla. No te esperaba aquí, no esperaba a nadie en mucho tiempo. Haz el favor de darle un abrazo a tu hermano.
Salvador se incorporó poniéndose en pie con los brazos abiertos y se dirigió a su hermano, el cual también se puso de pie.
– Te he preparado el desayuno. Cómetelo.
Sobre el escritorio de madera había unas tostadas con mantequilla y un vaso con café. La pistola en la mano derecha de Santiago llamó la atención de Salvador.
– ¿Por qué llevas un arma? ¿Te han seguido?
– Te he dicho que te tomes el desayuno.
La frialdad en las palabras del hermano y aquella pistola sumieron en un mar de confusión por un momento a Salvador, el cuál no comprendía nada. Ni un abrazo, ni una sonrisa. Lo único que le interesaba a su hermano era que se comiera aquellas malditas tostadas y ese café.
– Pero Santiago, dame antes un abr…
– No te lo volveré a repetir, cómete las putas tostadas.
Esta vez la pistola apuntaba al pecho de Salvador. Un largo escalofrío atravesó su cuerpo.  De repente, como piezas de un puzle empezaron a encajar una a una todas las preguntas que se había estado haciendo durante el tiempo que llevaba en aquél país tropical. No había sido Pinto el traidor, su viejo amigo y compañero no tenía nada que ver en esto, quizá incluso podría estar muerto, se preguntaba ahora. Era su propio hermano, su propia sangre la que le apuntaba al corazón con aquella pistola que reconocía con facilidad ya que era la suya, su Jericho 941 FS.
– Deberías arder en el puto infierno por esto.
Los ojos inyectados en sangre apuntaban directamente a la cara de Santiago que seguía apuntando al pecho de su hermano.
– Ya habrá tiempo para eso, hermanito. De momento me espera una vida llena de lujo y poder en Italia.  Matarte confirmará mi inocencia ante el jefe y de paso me ayudará a subir ese peldaño que tanto esperábamos los dos. No podíamos ser los dos y lo sabes. Simplemente me adelanté a ti, no es nada personal, ya sabes que te quiero. Y ahora haz el favor de comerte de una vez las putas tostadas, ningún hombre debería morir con el estómago vacío.
– Eres una rata, no mereces llevar tu apellido. Sucia rata.
– No tengo todo el día. Basta ya de sentimentalismos, hermano. Haz el favor de morir como un hombre. En media hora llegarán todos aquí y tengo que tener listo todo. No quiero que sea otro el que te quite la vida.
Santiago amartilló la pistola acercándose a su hermano dos pasos, incrementando la tensión entre ambos. Salvador se sentó en el escritorio y pegó un largo trago al café. Luego cogió una tostada y antes de darle un bocado se giró nuevamente hacia su hermano.
– Siempre seré más hombre que tú, incluso muerto. Y con un sentido del honor que jamás entenderás.
El resto sucedió muy rápidamente. Otro paso más de Santiago hacia su hermano, el dedo en el gatillo y una tostada en el aire directa a su cara. Pum. Un sonido ensordecedor y un abrecartas en la mano de Salvador desgarrando la carne de su hermano a la altura de las costillas. Ahora es Salvador el que sujeta a su hermano del cuello mientras le hunde una y otra vez aquél abrecartas plateado que había en el escritorio. Las lágrimas brotan de los ojos del mafioso y su mano izquierda sujeta con fuerza el cuello de Santiago, manteniéndolo de pie, mientras continúa entrando y saliendo el metal en su cuerpo ya inerte.
– No tuviste que hacerlo, no tuviste que hacerlo jamás,maldito.
Las lágrimas desbordan sus curtidas mejillas hasta que el brazo derecho con el que sostiene el abrecartas comienza a fallarle. Salvador suelta el cadáver de su hermano que cae como un muñeco de trapo sin vida al suelo y se deja caer él también. Se siente aturdido e instintivamente se lleva la mano al hombro. Ese disparo no había sido una bala perdida. Descubre en su hombro un agujero del que brota la sangre a raudales.  Rompe la camiseta de tirantes que lleva puesta y se hace un torniquete en el hombro. Tiene que salir pronto de allí, en breve llegarán los demás y es imposible hacerles frente,  menos en esas condiciones. Coge el teléfono móvil y marca el número de Pinto, sin embargo éste le cuelga. Al cabo de un instante le llega el mensaje. “No puedo hablar, voy con ellos. En diez minutos estaremos ahí, Escapa”. Su fiel amigo Pinto, al que tanto había odiado. Coge todo lo que hay sobre la mesita –el teléfono, las llaves del coche y el cigarro electrónico que le robó a la puta– y sale a la calle tapándose  instintivamente el hombro con el brazo izquierdo.
La gente observaba con una mezcla de miedo y curiosidad a aquél tipo cubierto de sangre con el torso desnudo y un trozo de tela atado al hombro. Salvador se subió al coche y cambiando de dirección con un derrape que cubrió la calle de polvo,  desapareció por la carretera que va paralela a la playa.
****
Un viejo recorte de periódico sobre una pared limpia como una patena rompía la decoración de aquella sala. “Encontrados muertos tres italianos pertenecientes a la camorra napolitana en la playa de Xcalak, Quintana Roo” rezaba el titular. Una suave brisa entraba por la ventana.
– Levanta. Me han dado un chivatazo, vienen hacia aquí. Debemos hacer las maletas. Te dije que Colombia no era un buen destino, demasiada coca, demasiados carteles. A las diez nos recogerá Gabriel, le salvé la vida hace seis años a su hijo, cuando cumplí condena en Nápoles. Él nos llevará a Argentina. Tienes los papeles falsos con tu nuevo nombre sobre la mesa, al lado de tu pistola.
Salvador mira a Pinto desde el sofá y esboza una pequeña sonrisa. Se incorpora, coge su cigarro electrónico y vuelve a inundar de olor a frambuesa la habitación. Enfunda su pistola, coge la documentación y guarda en su bolsillo el recorte de la pared. Pega un largo trago a la taza de café y ayuda a su amigo a hacer las maletas. Les espera un largo día.

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