(Por @Berenicered)

Abrió los ojos. Era inútil intentar dormir, no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Los restos de tequila de la noche anterior que se negaban a abandonar su cuerpo hacían que su mente trabajara a ritmo de tortuga coja. Llevaba algo más de veinticuatro horas sin dormir, pero no estaba cansada, aunque le dolía un poco la cabeza.
Había sido una de esas noches largas que se hacen cortas. Sin pensarlo demasiado, se había metido en un coche con un desconocido, había cenado con un montón de ellos, bebido, charlado y bailado. Y, ahora, sentía en su espalda el calor de ese primer desconocido que la subió en su coche. Ese desconocido que lo era y no lo era. Que le había acariciado hasta borrar sus huellas y dejarlas en su piel.
Se habían pasado la noche buscándose el uno al otro desde la seguridad que ofrecen los grupos grandes y ruidosos. Cruzando miradas mientras asentían distraídos a conversaciones que oían, pero no escuchaban. Rozándose al cruzarse de camino a la barra. Podía enumerar cada vez que él había puesto su mano en la espalda, que ella había acercado discretamente sus pechos a su brazo, así, como quien no quiere la cosa.
Se le daba fatal coquetear, se sentía torpe y acababa evitando hacerlo. Si él no hubiese dado el paso, se habría ido a dormir a la habitación de al lado con otro “¿Y si…?” a la espalda. Pero lo había dado, un paso tras otro que les llevó a la cama. No habían podido dejar de tocarse en toda la noche. Los finales se convertían en los siguientes comienzos. Ahora, habían declarado una pequeña tregua, exhaustos tras horas conociéndose. No tenía ni idea de cuál era su color favorito ni la primera película que había visto en el cine. No sabía qué libro tenía sobre la mesilla de noche, pero sabía cómo era su tacto, conocía su sabor y su olor. Se había sentido cómoda y segura a su lado desde el primer momento. Eso era lo único que le importaba ahora mismo allí tumbada totalmente desnuda.

 

 Acopló su cuerpo todo lo que pudo a la curva del de él. Notó que se despertaba. Inmediatamente sus manos empezaron a recorrer su cuerpo otra vez como si fuera la primera que lo hacían, buscando en cada rincón no sabía muy bien el qué. No quería para nunca. Jamás volvería a vestirse. Se quedaría viviendo en esa cama para siempre. Escondida del resto del mundo, sin volver a sentir miedo, sin pensar. Se dio la vuelta buscándole. Sabía que se acabaría, que la realidad le daría una hostia para hacer que volviera a ella, pero pensaba hacerla esperar un poco más.

Texto escrito por @berenicered. Mil gracias por tu tiempo, por querer pasarte por aquí y por este fantástico relato.

Podéis seguirla en twitter: @Berenicered
Y por supuesto, en su fantástico Blog: Trazos en rojo

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