El agua se deslizaba suavemente por la vieja cortina raída de la ducha. Las negras esquinas del cuarto de baño y el tono apagado de sus azulejos confirmaban la antigüedad y la ausencia de limpieza.
Una silueta, difuminada por el vaho producido por el agua caliente, se proyectaba en el espejo del armario metálico puesto arriba de la pila. Una mano apoyada en la pared, la otra a la débil barra que sujetaba la cortina. Abajo,  en el plato, un fino reguero de sangre se mezclaba con el agua perdiéndose por el sumidero.
Isaac  cerró el grifo del agua, cogió la toalla blanca, áspera como la lija y haciéndose con esta un pareo alrededor de la cintura, salió del cuarto de baño y se sentó sobre la cama de la habitación de aquel sombrío hotel.  Cogió un pequeño botiquín que había en el último cajón del armario ropero y sacó gasas y alcohol, dispuesto a curarse la herida que tenía en el abdomen.
En la mesita de noche, un viejo libro con las tapas rotas. Y una bala.
*****
Alberto bajó las escaleras de la casa donde vivía alquilado y puso dirección al bar de siempre a tomarse un café con coñac, tradición que seguía a rajatabla desde hacía ya varios años. Madrileño de casta, hijo y nieto de madrileños, Alberto Pachón se había criado en las afueras de Madrid. Desde muy pequeño la afición de su abuelo por los libros le había marcado la vida, haciéndole soñar con una vida de escritor de renombre. Nada más lejos de la realidad.
Su pasión por la escritura le había hecho salir de las calles, alejándole del  paso de las cárceles, hogar de sus viejos amigos. Pero la calle no olvida. Te marca. Y ese mundo, esa violencia que había vivido en sus propias carnes, imprimió un carácter insociable en Alberto. Un carácter duro, acentuado por litros de alcohol, por nubes de humo y bares grises que hicieron que fuera un genio como escritor, pero un escritor maldito.
Alberto era un habitual de la noche madrileña, de los sórdidos y oscuros rincones donde escritores como él, sin más tesoros que sus letras, acudían a diario a beber y a cagarse en su perra vida.  También a escribir.
La noche de un frío Jueves de Febrero, Alberto se encontraba como tantas otras noches en su mesa preferida del Pub Rouge.  
Aquél era su local preferido. El dueño era perro viejo y sabía atender bien a los buenos clientes como él. Siempre que iba allí por las noches, tenía la última mesa del  fondo reservada, lejos de miradas indiscretas. Se podía permitir la licencia de fumar cuando se le antojase algún cigarro de hachís sin que nadie le increpara. El ritual siempre era el mismo. Se sentaba en la mesa de madera, abría su ordenador portátil y pedía una copa de Ginebra o una botella de Tequila –dependiendo de cómo hubiese ido el día–. Luego, bebía y escribía. Y el tiempo se convertía en algo efímero. Secundario.
Ese día el día había sido duro y tocaba tequila. Reposado. Marca El Jimador, aunque alguna vez le daba por beber alguno de José Cuervo –le recordaba a un amigo y los sabores a veces le hacían transportarse a tiempos más felices–. De fondo, una ranchera que siempre pedía al tabernero cuanto tocaba tequila, El corrido del caballo blanco,  de Alfredo Gutiérrez.
Preparando ya el tercer trago de aquél licor de agave, entro por la puerta ella. El pelo negro, oscuro como la noche y lacio, cayéndole hasta casi alcanzar la cintura. Los ojos rojos de haber llorado, pero duros como su alma. Edad indeterminada, probablemente su belleza le hacía parecer más joven de lo que realmente era –de todas formas, a nadie le importaba–. La mirada perdida y la barra de aquel antro como único objetivo esa noche. Sin más pretensiones. La gente no iba a esos locales en noches cerradas a hablar de ilusiones.
Sin embargo, durante unos segundos la mirada de aquella mujer se cruzó con la de Alberto. En lugar de alcanzar la barra donde le esperaba el tabernero analizando su perfilado cuerpo, giró a la izquierda y se dirigió al fondo del local, a la última mesa, donde se encontraba aquél hombre que le había mirado de forma diferente a como estaba acostumbrada que la mirasen el resto de hombres. 
No le hizo falta preguntar. Ella se sentó en la mesa. Alberto dirigió una mirada al camarero que lo miraba sorprendido y al poco tiempo se encontraba llenando dos vasos de tequila, uno para él y otro para su extraña compañera.
– ¿Fumas?  –preguntó Alberto sacando un paquete arrugado del bolsillo de su chaqueta.
– ¿No me vas a preguntar mi nombre? –Le respondió su nueva acompañante mientras sacaba del paquete que le ofrecía Alberto un cigarro.
– No me hace falta saberlo.
– Susana  –respondió ella encendiéndose el cigarro con un Zippo de gasolina que había encima de la mesa.
El resto fue rodado. Fluido como el agua que baja por un rio serpenteante. Pasaron toda esa noche bebiendo, arreglando el mundo y poniendo en orden sus almas. Eran confidentes de los de una noche, con los que uno puede desahogarse completamente porque quizás después del último trago no vuelvan a verse jamás.
Y Alberto escribió. Escribió sus propias miserias, escribió la vida de ella a medida que ésta se la contaba.
Detalló entre tragos de tequila como, años atrás, ella estuvo enamorada de un escritor y como  había conseguido escapar de él y de la espiral de drogas y alcohol en la que se encontraba sumida.
Las horas se sucedieron y aquella noche las almas de aquél escritor y aquella mujer fueron una.  Letras, alcohol y belleza se fueron sucediendo. Ella hablaba, hablaba como nunca lo había hecho y Alberto la escuchó. Supo escucharla.
*
Años atrás Susana había conocido en Barcelona a un joven escritor que por entonces ya se daba a conocer en círculos literarios. Se llamaba Isaac Pizarro. Hijo de escritores de renombre, Isaac había cultivado esa afición desde pequeño, ganando varios premios en diversos certámenes de la ciudad condal. De la misma manera, se había convertido en un hombre elegante y apuesto, siendo la envidia del resto de sus compañeros de letras y objeto de deseo de cientos de jóvenes que leían sus libros con el mismo fervor con el que miraban su rostro aniñado cuando se dejaba caer en los selectos locales de moda de la época.
Una noche de verano, tomando un Gin Tonic en una terraza de la playa, conoció a Susana. Alta, con pelo negro azabache y tez morena, –herencia árabe de sus antepasados que probablemente repartieron igual belleza cientos de años atrás antes de la reconquista– había sido el centro de atención de todos los hombres del local desde su llegada. Sin embargo ella sólo había fijado sus ojos en los de Isaac, encontrando de manera recíproca la mirada de éste puesta en ella. 
Salieron fuera del local. Bebieron aquella maldita Ginebra que tantos problemas les daría en el futuro y se besaron.  
Desde aquel día fueron inseparables. Una de las parejas de moda en Barcelona.  Lo tenían todo, fama, dinero y amor. La belleza de aquella mujer unida al talento de aquel hombre. Durante muchos años todo fue perfecto, Isaac continuó ganando premios y ella se convirtió en su parte gemela, su media naranja. No había ningún secreto entre ellos, la simbiosis perfecta entre dos personas. Y todo, en cuestión de dos años, se esfumó.
El éxito de Isaac le exigía escribir novelas constantemente. Aquello producía en el escritor un estado de estrés que sosegaba con cada fiesta, con cada reconocimiento que recibía y aquella mirada de admiración de su mujer. Ese fue su error. Creer que aquella mirada de admiración se extinguiría cuando ya no hubiesen novelas escritas. Cuando ya no hubiesen fiestas ni certámenes a los que acudir. 
Emprendió entonces una carrera contrarreloj para buscar ideas, para sacar inspiración donde no la había. Todo le era poco. Quería escribir, necesitaba escribir a todas horas. Empezó a frecuentar cada vez más locales nocturnos. Esa Ginebra selecta de la que disfrutaba en ocasiones esporádicas se tornó usual, habitual y finalmente, necesaria. Sus salidas nocturnas dejando a su mujer en casa fueron cada vez más habituales, hasta llegar un punto en el que no había noche en la que aquel hombre, otrora escritor de renombre, regresara a su casa bebido. Nunca tocó a su mujer, la quería demasiado. Sin embargo esa mirada de admiración de Susana fue cambiando a otra de impotencia, de rabia por ver como su marido se perdía poco a poco en ríos de alcohol. 
La fama de Isaac fue desapareciendo mientras él continuaba sumido en la bebida. Nadie le llamaba, no recibía invitaciones a certámenes ni a fiestas nocturnas. El amor de Susana por aquel escritor le hizo comenzar a beber, acompañarlo a los mismos lugares en los que él había perdido su alma. Siguieron juntos, pero nada fue igual.  
Una noche, arruinados por completo y en la habitación de su casa, mientras la luna caía sobre la ciudad de Barcelona, Susana le susurró a Isaac un te quiero al oído y lo abandonó. 
De esto ya hacía dos años. La vida de aquella mujer había consistido en ir dando tumbos  por diferentes ciudades, Valencia, Cádiz, Madrid, trabajando en lo que podía y gastándose lo poco que ganaba en ginebra. La maldita ginebra.
Isaac había hecho lo propio buscándola por todo el país, buscando su mirada, parando en bares de carretera con una foto de ella, siguiendo su pista sin llegar nunca a encontrarla.
*
Alberto tomó nota de todo cuanto le fue contando su nueva compañera. Todo lo apuntó en aquel viejo libro de hojas en blanco que solía llevar y en el que hacía los borradores de sus ignorados libros. También escribió sobre sus sentimientos, cómo había conseguido amar a una mujer en una sola noche. Se habían conocido hacia unas horas y ya se querían. Mientras Alberto escribía ella le miraba, le observaba atenta, con los ojos vidriosos efecto del alcohol. De vez en cuando él levantaba la vista y la miraba.
–Seguramente yo también recorrería el mundo detrás de esta mirada –pensó recordando a Isaac mientras la miraba a los ojos.
Apurando el último trago de la botella de Tequila la besó durante largos minutos. El dueño del local les avisó de que ya había llegado la hora de cerrar, la sala estaba vacía y habían tenido una hora más gentileza del local hacia su cliente. La pareja pagó y se dirigió afuera. 
En la puerta del local la pareja se volvió a abrazar. Había llegado el momento de decidir si iban a seguir juntos o se iban a separar para siempre como ya les había sucedido a los dos en situaciones similares. Y decidieron sin palabras que aquella no iba a ser su última noche.    
Alberto le dijo a Susana que esperase en la puerta del local mientras él cruzaba la calle y arrancaba su coche para recogerla. La luz de un coche se encendió al final de la calle. 
Todo sucedió muy deprisa. Aquel coche aceleró  en dirección a la figura de Alberto. Susana vio la secuencia y gritó al escritor para que se apartase a la vez que corría hacia él. Alberto se giró y grito a la mujer que no se acercara pero era demasiado tarde. 
Susana logró alcanzar a Alberto pero el coche, que ahora intentaba esquivarlos, chocó con la parte izquierda del frontal contra los dos, haciendo que salieran despedidos  varios metros, dejando el cuerpo inerte de la joven sobre el cuerpo del escritor, inconsciente pero aún con vida.
El conductor del coche bajó y se dirigió, entre sollozos, al cuerpo de la mujer. Comprobó que no tenía pulso y gritó, maldijo a Dios y a todos los hombres mientras la agarraba y la besaba. Luego se levantó, cogió el libro que se le había caído a Alberto durante el atropello y se subió en el coche para desaparecer en la noche.
*****
Isaac acabó de ponerse la última gasa y abrió el mueble-bar buscando algo con lo que mitigar su sed. Y su dolor. Abrió una pequeña botella de ginebra  y pegó un largo trago. La herida que se había hecho semanas atrás se había vuelto a abrir y le causaba un dolor espantoso. La bebida, una vez más, le servía como calmante, su láudano particular. 
Desde el accidente de coche no había hecho más que beber y recordarla. Recordar su mirada. Y recordarle a él. Recordar la cara de aquel escritor que la había tenido entre sus brazos, que había disfrutado de ella hasta el momento de su muerte. Nada tenía que haber salido así. El muerto debería haber sido él, no ella. Pero una vez más fue ella la que eligió. 
Isaac juró matar a Alberto. Juró acabar con la vida de la persona que le había robado la suya. Cogió la única bala que tenía, el libro que había encima de la mesita de noche y se los guardó. Bajó las escaleras y pagó en  recepción la habitación de aquel miserable hotel donde había estado escondido todos esos días y se metió en el coche en dirección al hospital donde había estado internado Alberto a causa del accidente.
Cuando llegó a la puerta del hotel, aparcó su coche y esperó la salida de este. Se había enterado a través del periódico de la salida del hospital del escritor que había sobrevivido a aquel atropello mortal donde perdió la vida una mujer. Mientras esperaba, cogió aquel libro que no había tenido valor a leer hasta entonces y descubrió que el hombre al que estaba a punto de matar también la había amado. 
Leyó durante dos horas todo lo que aquél hombre había escrito, todo lo que aquél desconocido había detallado en ese libro, su relación con Susana, sus días felices y su tormentoso final. Todo lo había escrito por boca de ella y ahora él lo leía, por fin tenía delante lo que tanto tiempo había buscado, tenía sus sentimientos, los sentimientos de ella, encerrados en palabras de un desconocido pero, al fin y al cabo, su mente, sus palabras.Y a ella.
Isaac vio salir a Alberto del hospital. Era curioso, nadie le esperaba. Llevaba una desgastada  chaqueta negra, idéntica a la que llevaba el día del atropello. Probablemente la misma.
 Salió del coche y se dirigió hacia la puerta donde salía el madrileño. Se puso frente a él, en la puerta del hospital. Seis o siete metros de separación. Alberto reconoció su libro en las manos de aquel hombre que le miraba fijamente a los ojos. 
Isaac lanzó el libro al suelo. Se percató de que un policía había estado comprobando la matrícula de su coche y le gritaba que se girase, pero hizo caso omiso. Seguía mirando fijamente al hombre que tenía enfrente.  Sin más dilación sacó las manos de los bolsillos. En su mano derecha una pistola plateada, en la izquierda el puño cerrado. 
El policía ante la pistola que sacó el escritor encañonó a Isaac mientras le gritaba que tirase el arma. Los dos escritores se tenían frente a frente y parecía que nada les importase. Alberto tampoco escuchaba, observaba a aquel hombre que, pistola en mano, clavaba su mirada dentro de su alma.
Isaac levantó la pistola y apuntó al corazón de Alberto. Una mirada de gratitud y un disparo de fondo.
El cuerpo de Isaac se desplomó en el suelo mientras Alberto intentaba digerir la última mirada que le había regalado ese hombre. 
El policía, con la pistola aún humeante, corría hacia la figura de Alberto mientras apuntaba de nuevo al cuerpo inerte de Isaac.
En la mano derecha del escritor muerto, la pistola. De su mano izquierda cayó una bala. 
Era de noche. Alberto salió de comisaría, cogió el coche y se dirigió hacia el Pub Rouge.  Entró, saludó al dueño del local y se sentó en la mesa del fondo. Esta vez pidió Ginebra. Y escribió.

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