Granada, 14 de mayo de 2009.

 

Sobre la fina gravilla que cubre la calle resuena el rítmico sonido de sus botas, pisando enérgicamente el pavimento plagado de charcos, consecuencia de las lluvias que habían estado cayendo durante toda la semana. Los pasos son firmes, diligentes, reflejo de su carácter fuerte y a menudo, porfiado. Sus largas y estilizadas piernas levantan la vista incluso de aquellos que pasan más despistados. Sin embargo, esa glauca mirada que proyecta sobre sus pasos, capaz de horadar las paredes, avisa, a modo de cascabel de serpiente, a todo aquel desconocido que ose mentarle una sola palabra: cuidado.

Bajo el brazo sujeta con fuerza un libro envuelto en papel. Al terminar la calle gira a la izquierda y continúa bajando por un callejón oscuro, con apenas visibilidad. En su mente, inquieta, resuena una y otra vez la misma canción, ¿Where is my mind?, de Pixies. Siempre recurre a la misma canción cuando está nerviosa, eso la tranquiliza. Cantar mentalmente para ella es como un seguro, un cerrojo que impide pasar a ese miedo que por todos medios intenta evitar. No es el miedo de saberse caminando en un callejón lóbrego a esas horas lo que la atenaza, sino las consecuencias de lo que está a punto de hacer.

Al llegar al final del callejón observa a un perro que descansa en la esquina sobre una improvisada cama a modo de cartones tirados en el suelo. Observa al animal, seco, alrededor del suelo mojado y sonríe. «Hay que ver el valor que adquiere la más insignificante de las cosas cuando no tienes nada más que eso», piensa. En ese momento, el perro se percata de su presencia y la observa, sin moverse, mientras ella atraviesa con la mirada al can de la misma manera. Es un perro callejero, de tamaño medio, sin raza determinada, quizá una mezcla de perros de caza, a saber. En su cara se observan cicatrices ya cerradas, reflejo de múltiples peleas; porque más allá del calor de los hogares, de la protección de las paredes, todo es pelear. A ojo le calcula unos seis años, lo cual equivale a diez en la calle. Todo envejece antes en la calle. Ella lo sabe bien. El perro vuelve a cerrar los ojos —uno de ellos entornado, siempre atento— y ella continúa su diligente camino.

Cruza una calle mejor iluminada para sumirse de nuevo en la oscuridad de otro callejón. Al fondo del mismo sobresale un cartel luminoso cuyos neones se encienden y apagan constantemente, probablemente debido a un fallo eléctrico producido por la antigüedad del letrero. Al acercarse un poco más, comprueba las dos palabras del viejo letrero averiado que descansa mal anclado, parpadeante y sombrío, sobre la fachada de la taberna:

 

EL HOLANDÉS

 

Es allí donde ha quedado. Su corazón se acelera. Sin embargo, respira fuerte y entra con paso decidido. Ella no es cualquier persona, porque cualquier persona no estaría dispuesta a hacer lo que está haciendo ella. Esta reflexión la piensa una y otra vez, repitiéndola en su mente, mientras abre la puerta de madera que la separa del comienzo de una nueva vida, plagada de incertidumbres. Y de esperanza.

Una densa nube de humo la sumerge de lleno en aquel ambiente cargado nada más entrar. De fondo suena Speak Low, de Sarah Vaughan. Observa durante unos instantes el interior de la taberna, intentando memorizar detenidamente todos aquellos detalles insignificantes que, en el caso de que las cosas salgan mal, podrían salvarle la vida. El lúgubre local es alargado y estrecho. La larga barra, situada a la izquierda, da cobijo a una hilera de sillas ocupadas por hombres que beben solos, sin hablar. Ajenos a cualquier estímulo externo, codo con codo sin cruzar ni una palabra, abstraídos, ausentes de cualquier estímulo que no sea su mente navegando a la deriva sobre cubitos de hielo y canciones de jazz. Por la proximidad al puerto deduce que son, en su mayoría, marinos. Fantasmas desconocidos que hoy deciden beber aquí, esperando su próxima salida; mañana ya se verá. Sus edades son variadas, aunque ninguno parece tener menos de cuarenta. Sus pieles, envejecidas por las largas horas de sol y bañadas por el salitre del agua de mar, les otorgan más años de los que cualquiera de ellos quisiera tener. A la derecha del local se sitúan las mesas, pegadas a la pared. Son pequeñas y acompañadas de dos sillas, cada una; aquello no es un lugar de reuniones familiares ni festejos. Allí se va únicamente a beber. Y a olvidar. Los cristales que separan la taberna de la calle están empañados por el frío. Y sucios. Aunque no lo suficiente para ocultar la luz de un relámpago que anuncia de nuevo tormenta, la lluvia no tardará en regresar. El camarero la observa serio, sin dirigirse a ella ni ofrecerle nada, sentado detrás de la barra mientras con un trapo, no demasiado limpio, seca una copa de coñac que acaba de fregar. Al fondo observa que se encuentra el baño, el cual dispone de una pequeña ancla de metal —otrora dorada— clavada en la desvencijada puerta de madera. Al lado hay otra puerta que, según deduce por lo largo del local, será una salida trasera que dará con suerte a una calle por la que, en una hipotética situación de peligro, podría escapar. La mesa contigua a esa puerta se encuentra ocupada por un hombre que bebe, pausadamente, en una copa de cristal. El resto de mesas están vacías, todos los ocupantes de la taberna se encuentran sentados frente a la barra por lo que deduce que es él. El hombre se encuentra de espaldas a ella y no consigue verle la cara, aunque, por otro lado, jamás lo ha visto, por lo que sería incapaz de reconocerlo a no ser que oyera su voz. Decide avanzar y sentarse frente a él. Respira hondo, una vez más.

Al caminar hacia la mesa, junto a la barra, miradas de soslayo se clavan suavemente en su piel. Se siente observada, escrutada por la mirada vacía de los allí presentes. Quizá sean miradas de hombres que, al observarla, evoquen la imagen de su mujer —o mujeres—, esperándolos en sus hogares, en otros puertos, o quizá muertas ya; quizá sólo sean miradas ávidas de sucio y oscuro deseo, de sombríos pensamientos regados por años de soledad, de desabrido sexo en los baños por dos miserables billetes o quizá, tal vez, miradas de desprecio por interrumpir sus aciagos pensamientos. Le da igual. Necesita su mente clara, despejada. No le importaría discutir el propósito de esas miradas con cualquiera de los allí presentes, incluso con una botella de vidrio rompiendo alguna nariz; se sabe valiente y capaz. Pero no es el momento.

Retira la silla y se sienta frente a aquel hombre. Ha llegado el momento.

 

*****

 

Bojan escudriña a la joven que tiene delante antes de hablar. La mira sin hacer muchos movimientos, revisando un rápido recorrido con los ojos sobre la esbelta figura que tiene delante. No quiere ponerla en alerta o asustarla, provocar que cometa algún error que anticipe los acontecimientos. Así que la mira de arriba abajo, sin hablar. Simplemente la observa, retiene en su memoria los gestos de la joven, su ropa, intenta adivinar si es una profesional o una simple ladrona aficionada, si ya ha conocido a gente como él o simplemente intenta mantener el tipo. Por cómo se ha sentado frente a él, observándole fijamente a los ojos de manera firme y decidida, juraría que aquella mujer no es de las que tiene miedo y que esta no es la primera vez que tiene algo valioso entre las manos, lo cual le crea un nuevo problema, aunque nada que no pueda solucionar esforzándose un poco más y por supuesto, estando más alerta.

Bojan no es su verdadero nombre —nadie en su mundo dice su verdadero nombre—, lo eligió porque le parecía bonito y sobre todo, por su significado: batalla. Una larga cicatriz recorre su cara desde la sien hasta la comisura del labio. Al contrario de lo que cualquiera pueda pensar, la cicatriz no se la hizo en ninguna pelea, ni en un accidente de trabajo, no. La cicatriz que recorre su rostro fue la manera con la que su padre le recordó, hace muchos años, que a este mundo se venía a sufrir y a estar jodido, desde pequeño. Una noche, mientras el serbio —que contaba entonces seis años— dormía junto a su madre en la pequeña habitación de la humilde casa en la que vivían alquilados, la puerta de la calle se abrió y apareció él, su padre, borracho como una rata, dispuesto a pagar su reciente despido con cualquier alma que encontrase por su camino. Y fueron ellos. A su madre la sacó de la cama agarrándola del cuello, tirándola contra la mesa mientras el joven gritaba y agarraba a su padre de la pierna. Fue en vano. Un rodillazo que partió el tabique nasal del niño y le hizo retroceder hacia la cama estremecido de dolor, sirvió como primera y única advertencia. Los gritos de la mujer y el niño se oían por toda la finca, pero ningún vecino corrió en su auxilio. Malditos y cobardes vecinos. Tras violar a su madre y dejarla inconsciente en el suelo, le tocó el turno a Bojan. El padre, cegado por una ira acusada por el exceso de alcohol, agarró la botella por el cuello y la partió contra la pared. Después se dirigió hacia la cama, donde el niño se retorcía del dolor mientras dos hileras de sangre salían de sus orificios nasales en rápida carrera a ninguna parte. El padre cogió la cabeza del niño y mientras éste gritaba e intentaba zafarse, le rajó lentamente la cara con el cristal de la botella.  «Ya es hora de que aprendas lo que es esta mierda de vida, pequeño sinvergüenza». Aún hoy, a menudo, recuerda esas palabras, selladas a fuego para siempre en su memoria, pronunciadas por el mismísimo diablo, salidas de la más absoluta negrura que envuelve las almas del ser humano. Su madre murió a los tres días, víctima de las heridas producidas aquella siniestra noche. Bojan mató a su padre años después, aunque no obtuvo la paz que buscaba. Ya era tarde. La guerra vino después. Se convirtió en una máquina de matar, sin piedad, sin remordimientos. Acabado ese dramático episodio que sumió a la península balcánica en un infierno inimaginable, llegaron las persecuciones por la infinidad de crímenes cometidos por ambos bandos. Bojan pasó tres años en prisión hasta que logró escapar junto a seis reclusos más, escondidos en un camión de lavandería, aprovechando un descuido del conductor al salir de la penitenciaria. Pasó a la clandestinidad con pasaporte e identidad falsa —más fácil de conseguir en su país que un paquete de tabaco—, y así contactó con su actual banda de ladrones de arte, formada por antiguos excombatientes, al igual que él, y financiados, en parte, por más de un coleccionista privado sin escrúpulos. Un compañero español le puso en contacto con la mujer que ahora tenía delante y que, tras una negociación telefónica, debía traer una edición del Quijote exclusiva y muy singular fechada en 1948 en Argentina, con ilustraciones de Don Quijote vestido de gaucho y que, probablemente, alcanzaría un valor de veinte mil euros en el mercado. Bojan por mucha menos cantidad de dinero había matado.

En la negociación se pactaron doce mil euros en billetes de cien a cambio del libro. Al preguntar por la procedencia del libro, la mujer afirmó que era parte de una herencia. Ambos sabían que aquello era falso.  Si hubiera sido una herencia, aquella hermosa española habría vendido por mucho más dinero aquel ejemplar y no habría tenido que recurrir al peligroso mercado negro donde, asesinos como él, sedientos de dinero y obras de arte, campan a sus anchas. Preparó el dinero tal y como había pedido la mujer y se desplazó al lugar acordado, con cierta desconfianza —natural en su profesión— tras hablar con aquella joven que expresaba, con una voz firme y decidida, de todo menos miedo.

La idea del serbio era fácil: matar a la mujer, quedarse con el libro y, por supuesto, con el dinero. Llevaba siempre un puñal sujeto a su bota izquierda y por supuesto, su vieja pistola. No sería difícil, pensó. Aun así, debía estar atento. De hombres confiados están los cementerios llenos.

 

*****

 

La joven mira fijamente al serbio. La mirada del hombre recorre su cuerpo lentamente, analizándola, intentando interpretar cada gesto. Ella se mantiene firme, impertérrita, sin mostrar ni un ápice de debilidad frente al hombre que tiene la llave de su nueva vida. Le ha costado mucho llegar hasta esa silla; noches en vela cuidando de aquel anciano en su hogar, tres años trabajando como asistenta, ganándose la confianza del viejo marqués que, finalmente, le dio la combinación de la caja fuerte donde guardaba, además de títulos nobiliarios y demás papeles para ella inservibles, el viejo volumen del Quijote. Habría sido todo perfecto si no se hubiera impuesto el cariño en su relación con aquel hombre. Malditos sentimientos. Aquel anciano, otrora importante, se encontraba ahora solo, enfermo y prácticamente arruinado. La única forma posible de tener una vejez decente era con continuos cuidados, los cuales no eran baratos. La jubilación del anciano era ese libro y ella lo sabía. Pero también era su salvación. La única manera de conseguir el dinero suficiente para empezar una nueva vida junto a Santiago.

Quería a rabiar a aquel hombre y él la quería a ella de la misma manera. Eran una pareja como cualquier otra, llena de sueños y decepciones, de luchas, sonrisas y altibajos. Las cosas no habían ido bien en los últimos años, como a millones de españoles. La crisis y la falta de trabajo hicieron que Santiago, desesperado con su situación, cometiese varios delitos de robo —jamás con violencia, el joven no dañaría ni a una mosca— tras quebrar su empresa, delitos acumulados por los que el juez le pedía entrar en prisión durante siete años. Toda una vida.

La única forma posible de salvar aquella situación era largarse a algún país sudamericano bajo una nueva identidad y comenzar una nueva vida, trabajando en algún negocio humilde; un puesto de comida frente a la playa, una pequeña cafetería, lo que fuera. A menudo fantaseaban con adquirir una caravana y recorrer todos los países posibles con ella, sin más compañía que la suya propia y la carretera. Tan lejos…y tan cerca.

Ahora todo eso podía hacerse realidad, todo era posible gracias al viejo volumen del Quijote y al montón de dinero alojado en esa mochila bajo la mesa, junto a ese tipo siniestro.

 

—¿Por qué lo haces?

El serbio no deja de mirar a la chica mientras formula la pregunta, intentando adivinar en su mirada la verdadera intención de todo esto.

—Por amor —responde la chica mirándolo fijamente, relajada.

Bojan sonríe, dejando entrever sus dientes posteriores, todos ellos enfundados en oro, dándole al visaje un aspecto siniestro.

—Por amor se hacen muchas locuras…y se cometen muchas equivocaciones.

—¿Has traído el dinero?

El serbio vuelve a sonreír. La chica tiene agallas.

—Por supuesto. Yo soy un hombre de palabra. Espero que tú también.

La chica abre su gabardina y saca lentamente del bolsillo interior el volumen del Quijote debidamente envuelto. Abre con paciencia el papel y enseña a una distancia prudencial el libro al serbio, el cual lo identifica al instante.

—Eso ya lo veremos. Lo haremos a mi manera, si no te importa —aclara ella mientras vuelve a guardar el libro en el bolsillo interior de su gabardina.

—Soy todo oídos.

El serbio observa atentamente el interior de la gabardina buscando un arma a la vista, pero no halla nada. Quizá sea una imbécil asustada, haciéndose la dura, piensa. Quizá sea más fácil de lo que pensaba. Mientras divaga adivina una bonita silueta en la mujer, adornada por una larga melena, negra como sus más profundos pensamientos. Es hermosa, desprende vitalidad, fuerza. Unos ojos verdes oscuros, color aceituna, iluminan una bella nariz que termina en unos labios carnosos, rojos, repletos de sangre y deseo. Le da pena tener que matar a mujeres tan hermosas, aunque no es la primera vez que lo hace y probablemente no será la última. Una auténtica pena, piensa.

—Voy a coger la maleta con el dinero. Me levantaré y dejaré el libro encima del retrete, en el cuarto de baño que hay a mis espaldas. Luego saldré por esa puerta —dice señalando la puerta trasera del local, que se encuentra a su lado— y nunca más volverás a saber de mí. Ni yo de ti, espero.

Bojan digiere las palabras de la mujer a una velocidad vertiginosa. Analiza lo que le acaba de oír, no le parece mal trato. Cuando la mujer salga del baño, después de haber dejado el libro, podría levantarse y volverla a meter adentro, matándola allí mismo. Sin embargo, rechaza esta opción, demasiado escandalosa en un local público, aunque dada la clientela, duda si alguien levantara el culo de su silla al oír algo de escándalo. La mujer lleva botas, no podrá correr mucho y en plena noche de tormenta, el mejor escenario posible para deshacerse de ella es la calle, el lugar más discreto. Nadie rondará por allí esas horas, tan solo tiene que seguirla y encontrar el lugar adecuado para matarla, al abrigo de alguna sombra.

—De acuerdo, así lo haremos. Procura no intentar nada o esto acabará mal. No me gustan los contratiempos, soy una persona seria. Si tú cumples, yo cumplo —miente.

—De acuerdo. Fin de la conversación.

La joven, antes de que el serbio pueda darle alguna respuesta, se agacha y coge la maleta con el dinero. De repente su corazón se acelera, su pulso se dispara y su boca se seca como si de un puñado de arena se tratara. Ya no hay marcha atrás, todo ha comenzado.

Tras levantarse, mira por última vez fijamente al hombre que tiene delante, el cual no deja de observarla sereno, quieto, sin moverse.  Da media vuelta, observa a los clientes del bar que siguen bebiendo, ajenos a todo y se dirige al cuarto de baño. Tras abrir la puerta, apoya la maleta en la pila del lavabo y la abre. Está todo el dinero, perfectamente ordenado. Sonríe. Abre la gabardina, saca un paquete y lo deposita encima de la taza del inodoro, tal y como habían acordado. El corazón sigue latiendo muy fuerte, pero ha logrado recomponerse, temía que le flaquearan las piernas o desmayarse allí mismo, pero lo ha logrado, se ha mantenido firme. Abre la puerta del cuarto de baño y se dispone a abandonar el local cuando se cruza con el serbio, que en esos momentos se dispone a entrar.

—¿Ya te vas? Pensé que querrías quedarte encerrada aquí conmigo, pasar un buen rato —le espeta Bojan mientras la agarra del brazo.

—Suéltame ahora mismo, hijo de puta. Allí encima está tu libro, ocúpate de tus cosas —le responde la chica, mientras logra zafarse del recio brazo del serbio, el cual ya tiene la vista puesta en el libro.

Bojan deja marcharse a la mujer, la cual abandona el local por la puerta trasera tal y como había dicho. No tiene mucho tiempo, debe coger el paquete y no perderla de vista hasta abordarla en algún patio o callejón, donde le sea más fácil hacer su trabajo. El serbio da cuatro pasos y coge el paquete, apoyado en la taza del inodoro. Retira el papel que envuelve el volumen del Quijote y lee su portada:

LA META

ELIYAHU M. GOLDRATT

Jeff Cox

 

Bojan lanza el libro al suelo. No se lo puede creer, esa hija de puta se la ha jugado. Saca un silenciador de su bolsillo, luego saca la pistola que lleva sujeta al cinturón y enrosca el largo tubo metálico al arma. Abandona el bar pistola en mano, sin que nadie se dé cuenta. Esa zorra va a pagar con su vida lo que acaba de hacer. A fin de cuentas, el plan es el mismo, pero sin tener que seguirla escondido, piensa. Al final de la calle ve la silueta de la mujer, casi a punto de fundirse con la sombra. Camina hacia ella decidido, con paso rápido, pero sin llegar a correr. Va alcanzando poco a poco a la joven que camina rápidamente, mochila en mano, cincuenta metros delante de él.

Al llegar al final de la otra calle la mujer desaparece girando una esquina. Bojan se pone nervioso, amartilla el arma y acelera el paso dando alguna zancada. Al girar la esquina, observa a un perro viejo, sucio, descansando sobre unos cartones bajo un alféizar, protegido de la lluvia que en esos momentos es muy intensa. No hay ni rastro de la mujer. El serbio grita al animal para que se aparte, está nervioso y quiere acabar cuanto antes con esto. Sin embargo, el animal, lejos de apartarse, se abalanza sobre él. Bojan intenta zafarse del animal y busca refugio en un patio próximo. Se apoya contra la pared para tener un lado cubierto mientras el perro no para de morderle la pierna. Sin embargo, no es una pared lo que encuentra su espalda, sino un cuerpo el cuerpo de una mujer. Nota un leve pinchazo en el cuello, reacciona rápido pero sólo alcanza a coger una jeringuilla vacía. Después, la oscuridad.

 

*****

Granada, 23 de Junio de 2009.

 

Llaman a la puerta. Gabriel de Santaella, marqués de Vilzón, se levanta y lentamente se dirige a la entrada. Al abrirla se encuentra a un joven mensajero al otro lado, sonriente.

—Buenos días, ¿es usted Gabriel de Santaella?

—Efectivamente, soy yo.

—Traigo un paquete para usted, viene con sello de Costa Rica, pero sin remitente. Será alguna admiradora secreta —bromea el joven—. Firme aquí y aquí.

Gabriel coge el bolígrafo digital y como puede, hace un garabato en la máquina que sujeta el muchacho.

—Pues esto ya está, caballero. Que pase un buen día.

El repartidor entrega el paquete al anciano, que lo abre meticulosamente, intentando no dañar el papel, reflejo de su carácter ordenado. Al abrirlo se encuentra con su vieja edición del Quijote. Una lágrima recorre su rostro mientras recuerda con ternura a su asistenta. Que te vaya bien allá donde estés, piensa.

 

*****

 

Costa Rica, 20 de febrero de 2013.

 

—Deberíamos poner gasolina en el siguiente pueblo —dice Santiago—, he leído que hasta dentro de cien kilómetros no hay más gasolineras; sólo carreteras, playas y selva

—Sí, cariño.

—No me estás haciendo caso. ¿Qué lees?

—Una edición digital de un periódico de España. Por lo visto han detenido a una peligrosa banda organizada dedicada al robo de objetos de arte. Su líder, un peligroso serbio al que todos llaman Bojan, ha sido arrestado junto a seis ciudadanos del este y dos españoles —dice ella en voz alta.

Santiago agarra su mano, se la lleva a la boca y la besa. Luego, señala con su mano un lugar a la izquierda de la carretera.

—Mira esa playa, podríamos pasar ahí la noche y mañana continuar hacia alguna ciudad del norte. Me gustaría bailar esta noche a orillas del mar, beber ron hasta el amanecer y hacerte el amor. No te puedes negar a ese plan.

—Ya sabes que yo soy más de tequila —responde ella, sonriendo.

—No se hable más.

La caravana se desvía por el lugar indicado segundos antes por Santiago y aparca en la orilla, perdida en la inmensidad de la noche, al abrigo del mar. Una lágrima recorre la mejilla de la joven mientras mira fijamente a Santiago. No siempre los finales son amargos —piensa—, todo es cuestión de voluntad.

 

 

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