Las diez y cuarto de la noche. Santiago seguía corriendo calle abajo, tenía la camisa y los pantalones manchados de sangre y las fuerzas le empezaban a flaquear.
Minutos antes se había partido la cara con Eusebio el panadero, vecino del barrio, un tipo menudo de cuello ancho y muñecas fuertes al que ya se la había jurado en otras ocasiones. La cosa ya venía de atrás. Santiago no le perdonaba la falta de respeto hacia él y sus hijas el otro día en el bar –Eusebio se había puesto gallito, con unas copas de más, ciscándose en los muertos de Santiago por una deuda no pagada  hacía años, riéndose de él y de sus hijas ante la mirada de asombro del personal del bar–
-Delante de mis hijas no. Esta me la vas a pagar, canalla –había pensado Santiago ante la trifulca con el panadero.
El sábado de esa misma semana, yendo a casa de su hermana, Santiago lo vio riéndose, zafio y grotesco, en la puerta del bar. Tras un cruce de miradas fugaz, sin mediar palabra y anticipándose a  la reacción del panadero, le lanzó un puñetazo en el mentón que dejó al otro aturdido, con una mirada de sorpresa que rápidamente se iba tornando en rabia, en ira acumulada. Santiago le volvió a lanzar otro con la zurda –su brazo bueno- pero el panadero era un tipo rápido de reflejos, curtido en peleas callejeras desde muy joven y pudo reaccionar a tiempo, lo suficiente para evitar el puño de su oponente y golpear a Santiago en el estómago haciendo que este cayera al suelo.
El resto sucedió de manera muy rápida. El panadero se lanzó inmediatamente encima de Santiago y empezó a golpearle en la cara. Puñetazos duros, de nudillos cerrados y bien dirigidos –el panadero era respetado en el barrio porque sabía terminar peleas, y no precisamente dialogando- que hicieron que Santiago casi perdiese el conocimiento. En un momento de lucidez, antes de recibir el que probablemente sería el golpe definitivo y perder de vista la cara de aquél canalla, Santiago agarró un trozo de adoquín suelto saliente del bordillo de la acera que tenía al lado de su nuca y golpeó al panadero con todas sus fuerzas en la cara.
Eusebio el panadero se fue redondo al suelo. Había sonado a algo roto. No sabía si había sido la nariz o los dientes ni tenía tiempo de pensar en ello. Rápidamente se incorporó como pudo, todavía sin ningún dolor debido a la excitación del momento, aunque la sangre resbalándole por la cara y las manos –no sabía si suya o del que estaba tendido a su lado- era un fiel recuerdo de lo que acababa de suceder. Oyó gritos a la izquierda, miró y vio como venían hacia él un grupo de tipos jurando en arameo y no precisamente con cara de buenos amigos. Por las voces reconoció a Antonio el  Pajarito  y a  Josué el Carmona, aunque veía a seis o siete más junto a ellos. Eran los amigos de Eusebio. Corriendo como un galgo bajó por la calle de Sagunto, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
***
Santiago giró por la esquina de la calle de los leones, cogiendo la avenida del puerto, dirección al mar.
 Había corrido hasta los Jardines del Real, callejeando nervioso, con el sonido de las voces de sus perseguidores retumbando en su cabeza. Cogió un autobús de la EMT que hacía su ronda nocturna, bajándose en la parada más próxima al puerto, respirando aliviado al ver que nadie le perseguía ya.
 Al enfilar la avenida, se paró a descansar en el patio de una vieja finca abandonada e hizo balance de las heridas de la pelea. Una costilla rota, quizás. Las piernas no le fallaban aunque le dolía enormemente el tobillo y la nariz –aunque seguía sangrándole–  no parecía rota. No se explicaba la sangre de la cabeza hasta que, palpándose, notó que también tenía una brecha en la ceja.
–El cabrón sabe pegar –se dijo–,  pero lo peor se lo ha llevado él.
Siguió dirección al puerto, esta vez andando a un paso más corto, renqueando debido al dolor del tobillo. Probablemente se lo había torcido al caer al suelo durante la pelea y hasta ahora que se había enfriado, no se había dado cuenta. 
Mientras andaba, empezó a pensar en sus hijas. Las había dejado solas en casa, cosa que tenía que hacer habitualmente –su madre se había ido hacía años a trabajar a otra ciudad, encontrando a otro hombre con más dinero que Santiago y abandonando a su familia desde hacía ya seis años–.Pensó en Lucía. Era la mayor –once años– y la vida le había enseñado a madurar mucho antes que las niñas de su edad. Confiaba plenamente en ella. Sabía que cuidaría a la perfección de la pequeña Isabel, que con sus siete años y medio aún no se enteraba de mucho. Aún así,  el amor por sus pequeñas y la preocupación de dejarlas solas hizo que buscara en su chaqueta y con un euro que encontró en ella, marcó el teléfono de su casa.
– ¿Dígame?  –Respondió una voz frágil y dulce que hizo sonreír a Santiago.
–Lucía, soy yo, papá. Me ha surgido un problema y no voy a poder ir en unas horas por casa, quizás hasta mañana. Llamar a vuestra tía, decirle que os recoja a las dos y os lleve a su casa, luego os lo explicaré, tengo poco tiempo para hablar.
–Tranquilo papá, la tía Lucía ya está en casa, ha bajado al coche con Isabel y ahora subía, ¿quieres hablar con ella?
–No, déjalo, no tengo tiempo. Decirle que os lleve a las dos a su casa. Hoy dormiréis con ella.
–Papá ya estoy contado los días para irnos a Cartagena. Estoy algo nerviosa pero sé que vamos a hacer amigos nuevos allí.
–Tranquila cariño, ya verás como todo nos va a ir bien. Cuida de tu hermana y hacerle caso a vuestra tía. Os quiero.
Santiago colgó el teléfono y más tranquilo siguió andando hacia el puerto. Su hermana también se llamaba Lucía, le había puesto ese nombre a su hija en honor a ella, como una muestra de afecto. Era el único apoyo que había tenido en esta perra vida. Ahora debía empezar una nueva vida trabajando en el astillero de Cartagena solo con las niñas y lo que más le iba a costar superar era separarse de su hermana. Aún así estaba contento por alejarse de ese puto barrio, de esa miserable vida.
                                                         ***
Cuando llegó al puerto giró a la izquierda caminando paralelo a éste. La herida le dolía así que decidió tomar otro descanso corto sentándose en un banco, apenas unos minutos, no quería que nadie le viera por allí a esas horas lleno de sangre y tener que dar explicaciones.
Al sentarse, una puta que se buscaba la vida frente a la dársena número tres del puerto, se  acercó a pedirle fuego. Santiago la miró unos segundos. Era alta, algo delgada y huesuda, no debía de tener más de veintisiete años pero tenía la mirada cansada, de alguien que ya ha ido y ha vuelto del infierno varias veces. Luego, sin decir una palabra, sacó su mechero y le dio fuego. La joven, al verle en semejante condiciones y agradecida por el gesto,  le ofreció un cigarro. Cogió el cigarro pero no se lo encendió.
–Para luego  –pensó mientras se guardaba el cigarro en la chaqueta,  volvía a levantarse y enfilaba ya el último tramo que le quedaba para llegar al mar.
Cojeando llegó por fin al malecón de los pescadores. El olor a salitre empezó a hacerse intenso, eso le reconfortaba. La herida de la nariz había dejado de sangrarle y la ceja, aunque hinchada, parecía haberle dado una tregua. Tampoco respiraba bien debido a la costilla pero lo que no aguantaba era el dichoso dolor del tobillo.
Fue andando a través de las gigantes rocas contra las que chocaba el mar de la noche.  Habían dos o tres viejos pescadores que no le hicieron ningún caso al verle lleno de sangre –hay pocas cosas que puedan sorprender a la gente de mar– pero siguió hasta el final del malecón, quería estar solo. Cojeando y apretando los dientes para aguantar el dolor que amartillaba su tobillo consiguió llegar a un viejo colchón raído que se encontraba abandonado por algún pescador en las últimas rocas del malecón. Allí se dejo caer,  frente al mar, con una mezcla de dolor producido por sus heridas y alivio por haber llegado a un lugar reconfortante, con su Mediterráneo a escasos centímetros, golpeando constante aquellas rocas.
Sacó el cigarro arrugado que le había dado la puta. Buscó en sus bolsillos el mechero para encenderse el cigarro y junto al mechero sacó un papel de fumar que envolvía una pequeña piedra de costo. Sonrió. Ni se acordaba que la llevaba. Probablemente se la habría dejado ahí alguna noche –solía darse el capricho de salir al balcón a fumarse un canuto cuando las niñas ya estaban durmiendo–.
Se lió el porro y  se tumbó completamente sobre el viejo colchón que a él, a esas alturas de la noche –ya eran las dos de la madrugada– le parecía extremadamente cómodo. Hacía buena noche. Miró al mar y observó el reflejo que sobre éste hacía la luna, creándole una fina capa de plata. Llenó sus pulmones de humo y exhaló pensando en todo lo sucedido hasta ahora. La pelea con Eusebio el panadero, el sonido de su cabeza al golpear contra la piedra y los gritos de sus amigos persiguiéndole por las calles de la ciudad. También el sabor a hierro en su boca, su sangre corriéndole por manos y cara y ese dichoso dolor en el tobillo.
El hachís hacía su efecto y templaba su alma. Sus recuerdos cambiaban. La voz de su hija mayor, ese cigarro que le había dado la puta y aquel colchón frente al mar. Su mar.  
Volvió a darle de nuevo otra calada, honda. El rumor de las olas y ese momento tan confortable empezó a hacer mella en su cuerpo cansado.  Con una mueca, sonrió. 
A fin de cuentas –pensó– no había sido una mala noche.  

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