El niño miraba fijamente a los ojos de su madre inmóvil desde su sitio, inquiriéndole con el descaro propio de un niño de su edad. A los seis años la educación aún no ha conseguido domar la naturaleza. Los valores impuestos por nosotros, las normas, las formas  que rodearán y moldearán su  conducta,  a la edad del joven Santiago aún no son lo más importante, los genes empujan fuerte y va implícito en la propia naturaleza del niño el preguntar, el querer aprender. Respuestas. Hasta que morimos siempre buscamos respuestas.

–Santiago –responde su madre con una voz suave, con cariño–, aquí es donde nos conocimos tu padre y yo.
La mirada de Raquel también está fija, pero en otra dirección distinta a la de su hijo. Mira al horizonte tranquila, calmada. Sentada en aquellas grandes rocas al borde del acantilado donde se escucha el batir de las incansables olas que anuncian una y otra vez el empuje del mar bravío, a modo de heraldos reales que advierten la inminente presencia de reyes.  Y ante tanta demostración de grandeza descansan madre e hijo sentados, como dos peces rémora a lomos del gran tiburón, en las grandes rocas del acantilado.
–Mamá aún no se qué hacemos aquí. ¿Jugamos a lanzar piedras y hundir barcos?
Raquel se gira por un momento hacia su hijo y sonríe tímidamente mientras acaricia la cabeza del pequeño que mira al suelo distraído, cogiendo pequeñas piedras.
–Luego jugamos, Santiago. Deja esas piedras y mira al mar, respira hondo y siente la majestuosidad de lo que tienes delante, de la gran dama blanca que es la espuma del mar. Nosotros somos gallegos hijo  y nuestra vida está ahí abajo, junto a esa espuma y esos barcos.
El niño hace caso a su madre y deja por un momento las piedras para agarrarse a las crines de la imaginación y cabalgar a otros tiempos, a otros lugares en los que él es el amo y se convierte por cortos espacios de tiempo en pirata, en marinero bravío y en capitán de un buque de guerra y sonríe con la certeza de que nada le va a pasar, dominando desde aquel promontorio sus miedos y sus ansiedades, moldeando sus aventuras y evadiéndose temporalmente de todo cuanto tiene a su alrededor.
Raquel continúa observando aquel mar que se va tornando dorado con el avance de la tarde. Su hijo parece haberle hecho caso y ahora permanece en la misma posición que ella, recostados, con los brazos anclando el peso de su cuerpo, absorto.
Por momentos cree adivinar entre el constante goteo de barcos que desfilan allí abajo dirección noreste camino del puerto después de una larga y dura jornada, la estela blanca del Ribeiro, el barco de su marido. Y sabe que no es cierto pero eso le da igual. Imagina en aquel  barco el rostro de su marido y lo recuerda apoyado en la proa mientras entran en puerto, con una botella de ribeiro en la mano, celebrando entre risas el buen día de pesca, dándole gracias al gran jefe de espuma blanca por alimentar a los suyos por unos meses más.  Y sonríe ampliamente hasta llega a soltar una tímida carcajada que su hijo interpreta, engañado,  como si ella estuviera observando también la divertida pelea entre piratas que se desarrolla en su pequeña cabeza.
–Cuando sea mayor, seré patrón de un barco como papá.
Santiago gira la vista hacia su madre divertido, imaginándose vestido con  su casaca de terciopelo grueso y camisa de lino, guardando en su fajín dos dagas y otras dos pistolas en la bandolera.
–Ya hablaremos de eso cuando seas mayor –responde Raquel  sin volver la vista a su hijo.
La mujer sabe que luchará por el futuro de aquel niño e intentará evitar a toda costa que su hijo se embarque durante semanas en un pesquero por una miserable paga que a menudo no cubre las necesidades de una familia media como la suya,  intentará que la mar no le robe a un hijo. La pérdida de su marido hace ya tres años fue algo casi imposible de superar.  La profunda tristeza en la que se vio sumergida con un niño de apenas dos años y una paga por viudedad miserable no fue precisamente una ayuda para superarlo. Y no le quedaban fuerzas para volverlo a superar.  Y se sabe consciente de que miles de hijos embarcan a diario, hijos de madres viudas, hijos que no conocen otra forma de ganarse el jornal.
El marido de Raquel se hizo a la mar ese día en condiciones adversas, consciente del peligro. Su afán por ganar algo más que asegurase la estabilidad de su familia le hizo coger una carta a ciegas en el tarot de su vida. Y sacó la carta trece del Arcano mayor.
Aun así, Raquel no odiaba al mar. Al contrario, lo amaba. Porque de ahí nacían las ilusiones de miles de hombres, de miles de familias a diario. Y porque ningún gallego podría jamás odiar el mar. Ellos formaban parte del mar.
–Mamá, ya es la hora.
La voz del niño despeja los pensamientos de Raquel, la cual observa por última vez en aquel día cómo el imponente sol se acuesta por el oeste fundiéndose con el mar, regalando una fina estela dorada a todo aquél que lo observa.
La mujer agarra la mano de su hijo mientras se pone en pie. Le da a su hijo un pequeño ramo y ella agarra el otro, repitiendo el ritual de todos los primeros de mes. Los dos lanzan con fuerza el ramo hacia el gran vacío del acantilado. Como un tributo al dios del agua, como un mensaje de amor eterno a su marido. Al mar.
A su lado, mientras se alejan paseando entre la escasa vegetación que deja el viento crecer en aquel acantilado, decenas de mujeres vestidas de negro lanzan sus ramos al vacío. Y con ellos, sus sentimientos.
 El mes que viene regresarán.

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